La dramática renuncia de Fernando de la Rúa lejos estuvo de significar el fin de la peor crisis de la Argentina contemporánea. Luego de su alejamiento del poder, Ramón Puerta, en ese entonces presidente provisional del Senado, se sentó en el sillón de Rivadavia con un solo objetivo: la convocatoria a una Asamblea Legislativa para designar un nuevo presidente. El elegido fue el histórico caudillo puntano Adolfo Rodríguez Saá. Ambicioso e inteligente, Saá no tenía ningún interés en ser un presidente de transición con la única misión de convocar a elecciones presidenciales para marzo de 2002. Lo que realmente quería era terminar el mandato de De la Rúa y, según confiaron algunos de sus más cercanos colaboradores, continuar en el poder otros cuatro años más. Semejante ambición no podía ser tolerada por otros caudillos peronistas, todos ellos gobernadores, quienes ansiaban arribar a la Casa Rosada. En su último día como presidente el puntano se percató en Chapadmalal que los gobernadores peronistas lo habían dejado solo. Rápido de reflejos se tomó el avión presidencial que lo llevó a su San Luis natal, donde cerca de la medianoche del 30 de diciembre de 2001 anunció a todo el país su renuncia como presidente de la nación. Finalmente, el 2 de enero de 2002 asumió como presidente de transición Eduardo Duhalde, señalado por el propio Saá en un reciente reportaje a Infobae como el máximo responsable de su derrocamiento. Como hubiera dicho el gran Martin Scorsese, eran todos unos buenos muchachos.



























