Habría que hacer memoria para encontrar una derrota en Central que prácticamente no causara dolor, una bronca efímera y raquítica, fácilmente de canalizar. Posiblemente jamás haya ocurrido en la historia canalla y por eso la rareza sentimental de esta final perdida frente a River en la lucha por el Trofeo de Campeones. No habrá chance de viajar donde los organizadores dispongan en febrero del año próximo para disputar la Supercopa Internacional, pero qué le van a hablar hoy a los hinchas de Central de ese paso que quedó trunco si hace exactamente una semana este equipo de Miguel Ángel Russo se había consagrado campeón de la Copa de la Liga después de largos 36 años sin títulos en torneo locales. Esta vez no hay llantos, hay algún que otro lamento, pero no aparecerá el más mínimo reproche. Nada de eso. Lo que hay hoy en Arroyito es un eterno agradecimiento al plantel, cuerpo técnico y dirigencia por el logro obtenido hace días en el Madre de Ciudades, donde ahora no pudo con River en un partido en el que se vio ampliamente superado y perdió claramente por 2 a 0 que en cierta forma fue mentiroso. Central cierra el año como el último campeón del fútbol argentino y es lo que cuenta.
A esta altura del año Central ya había logrado el brillo que sus hinchas pretenden todos los años, porque la estocada que pegó en la Copa de la Liga fue lo suficientemente importante como para saber que este diciembre de 2023 será recordado por años. Es cierto, el destino puso al canalla frente a una situación de absoluto privilegio, con la posibilidad de mirar al cielo, apuntar una estrella y alcanzarla, pero falló en el intento.
Pero de igual forma Arroyito por estas horas, por estos días, es una mezcla de locura y pasión en la que la razón de a ratos se siente incómoda por no hallar su lugar donde reposar tranquila. Ya lo logrará con el tiempo, cuando la euforia decante y absolutamente todos se convenzan de que nada de esto que sucedió la semana pasada contra Platense es parte de un sueño, que es la vida misma, la realidad.
Pese a no haber podido sortear a River en la puja por el Trofeo de Campeones, para los hinchas estos jugadores fueron “honrosos paladines”; “atletas invencibles” desde aquel clásico que resultó un quiebre, pero sobre todo después de haber logrado la clasificación a las instancias finales del torneo; los que lograron que “brille el símbolo triunfal” al cabo de un torneo local; los que rompieron con los 36 años sin títulos de Liga (hace cinco años, de la mano del Patón Bauza, fue campeón de la Copa Argentina), lo que los convierte en “campeones de campeones”; los que a pesar de haberse quedado con las ganas de este Trofeo de Campeones, para los hinchas son en cierta forma “el orgullo del fútbol nacional”.
El recorrido fue sinuoso, con demasiadas piedras en el camino, pero con una capacidad de resolución asombrosa y una seguidilla de buenos resultados que fueron alimentando un sueño que la semana pasada se hizo realidad, provocando un antes y un después en la historia canalla. Y ese largo peregrinar, con coronación incluida, fue lo que trajo a Central a esta definición mano a mano con River, lo que era la frutilla del postre que finalmente no fue.
Porque el destino marcó que este equipo de Russo debía lograr algo y fue lo que sucedió. Encima a fin de año, en la proximidad de una navidad que está a la vuelta de la esquina y que llegará con el mejor regalo que del fútbol se puede esperar: un título. Seguramente fueron muchísimas las cartitas a Papá Noel que pedían también por el Trofeo de Campeones, pero ningún hincha de Central se enojará ni querrá tomar represalias con el señor de los regalos. El mejor obsequio ya lo había entregado en mano el Papá Noel canalla: Miguel Ángel Russo. Y cómo olvidar que en horas el club de Arroyito celebrará un nuevo año de vida. Pudo haber sido un cuento de ensueño escrito por la distinguidísima pluma del recordado Negro Fontanarrosa, pero con lo ya logrado parece alcanzar.
Central llegó a este partido con el hambre de gloria suficiente, con las ganas de ir por más, con el viento de cola necesario y la decisión de aferrarse a una nueva alegría, pero esta vez River se le plantó con firmeza, pero sobre todo fútbol, por eso el Central campeón sucumbió ante el poderío individual y colectivo del mejor equipo del año.
Este tropiezo en el final no borra en absoluto lo realizado en un año en el que demasiadas cosas cambiaron, en el que Russo puso sobre la mesa un título que llegó dentro del primer año de gestión de esta nueva dirigencia que encabeza Gonzalo Belloso. En esa dirección también debieran apuntar los aplausos y el reconocimiento.
Así se despide del año este equipo Russo, con la sonrisa de oreja a oreja y con un huequito aún disponible en el cuerpo para albergar ese pedacito de alegría que no pudo ser. Pero cuando comience la próxima temporada el escudo deberá ser reformado y eso ya es demasiado. El gran paso que Central podía dar ya lo había dado, ante Platense. Desde ese día la historia ya había sido fortalecida. Central venía de ser campeón y le faltó la puntada final para una segunda estrella en cuestión de días, pero la que logró la semana pasada está ahí, y todavía resplandece como el sol.
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