¿Qué se puede hacer salvo ver películas? cantaba Charly García. Y la respuesta que daría María Zacco es viajar. Por eso toma sentido "Las ciudades y el cine", con el subtítulo "Las películas como pasaporte", el libro que la periodista de la agencia internacional Ansa lanzó recientemente por Ediciones Paidós, que será presentado el miércoles, a las 18, en La Maza Teatro, en Buenos Aires, con la moderación de los críticos de cine Leonardo D'Espósito y Fernando Juan Lima. Escenario dialogó con María Zacco, en una entrevista en la que contó por qué motivo eligió hacer este libro; cuáles son los puntos de contacto en los que confluyen el cine y las ciudades que conoció, incluso como periodista del suplemento Viajes de Clarín; y qué películas la llevaron de las narices a un viaje inolvidable que no tiene fecha de regreso.
—¿Por qué las películas pueden ser un pasaporte?
—Porque es la posibilidad de viajar. Para gente que no puede es la primera posibilidad de viajar, o para alguien que es muy chico, que nunca viajó. Es como los libros, que te permiten acceder a distintos mundos mucho antes de que puedas conocerlos. A mí me parecía interesante hacer ese abordaje y unir dos temas que me gustan mucho. Yo suelo escribir crónicas de viaje en Clarín hace mucho tiempo y en revistas también, y entonces quería unir los dos mundos con el tema del cine. Me parecía que había un cruce interesante, por un lado porque los viajes y las películas suelen tener una estructura parecida: un comienzo, un desarrollo y un desenlace, y en el medio hay un punto de giro.
—Y algún que otro conflicto.
—Claro, aparecen personajes amigos, enemigos, de todo. Y por otro lado, porque quería plantear el mismo viaje desde el cine y desde la manera de viajar. Y hablo de la manera porque hay una diferencia entre turista y viajero. Un turista, por ejemplo, buscaría un libro sobre las ciudades y el cine que le diga tal película se filmó en tal lugar y le haga una lista de las locaciones, que también están en mi libro, pero ya está. En cambio, el viajero se deja llevar. Vos caés a un lugar como si fueras un extraterrestre y te dejás llevar. No estás en París esperando que te sirvan el bife de chorizo a punto, no, es París, tenés que ir y entregarte a la manera de relacionarte con la gente, de conocer los lugares, a la manera de comer. Y creo que siempre hay que dejarse sorprender, esto del punto de giro de las películas tiene que ver con llegar a un lugar y entregarse a un lugar. Si lográs esa actitud, que no es fácil, a mí me costó mucho y finalmente lo logré. Cuando te despojás de todo lo que traés, de todo lo conocido, siempre te pasan cosas maravillosas, conocés gente interesante, lugares de esa ciudad o de otro lugar donde vayas que ningún otro turista conoce.
—Se dice que cuando ves una película buena nunca salís igual que como entraste al cine. ¿En un viaje también te pasa? ¿Hay películas para conocer sensiblemente un lugar?
—Totalmente, por ahí pensé en Berlín, por ejemplo, como pasa en la película de Billy Wilder "Uno, dos, tres", de los años 60, en blanco y negro. Cuando él la estaba rodando se produjo un cambio fundamental en Berlín, pasó que ellos terminaron de rodar, se fueron a dormir, y a la mañana siguiente estaban levantando el Muro de Berlín. Ellos tenían escenas pautadas del otro lado y ahí surgieron anécdotas que cuento en el libro, porque Wilder tiene un humor bastante ácido y psicopateó bastante a la policía y a los militares como para poder ir del otro lado. Cuando lo lograron, el protagonista en moto llevaba un globo con las palabras "Rusos, vayan a casa" y ahí se armó un lío tremendo. Así que en la película vos tenés una Berlín en la primera parte y otra Berlín en la segunda. El se ríe de un empresario de Coca Cola que quiere instalar la bebida en Europa, se ríe de los nazis, se ríe de todo.
—¿Hay una película que vos puedas decir "en esta me pegué un viaje de verdad", ya sea por su paisaje, por su vida, por su cultura?
—La que más puedo citar es "Una noche en la Tierra", de Jim Jarmusch, la uso en el principio y en el fin del libro. Es un viaje que no te muestra prácticamente nada, son todos viajes en taxi durante la misma noche en distintos países en diferentes lugares de la Tierra, y lo que te muestra es la verdadera esencia de los habitantes en esas ciudades. Ellos mismos son las ciudades y hacen las ciudades. Esa película es la que me pegó de manera descomunal. Otras pueden ser las viejas películas de romanos, como se las suele llamar, que te abren mundos que no conocí. Hubo otra que me partió la cabeza que es "Orlando", protagonizada por Tilda Swinton, es una película de los 90 que incluye una transformación de hombre a mujer, y atraviesa varios lugares y varios siglos, en una suerte de realismo mágico. Los lugares van cambiando con el tiempo y no tanto, eso es lo que más me impactó.
—¿Se puede hablar de un viaje en una película de ciencia ficción?
—Sí, desde ya, porque te propone otro tipo de viajes, por ejemplo "Metrópolis", de Fritz Lang, era una crítica a la deshumanización, te permite un viaje a un momento histórico, ya que la película es de 1927.
—¿Qué película argentina te parece que es un viaje en sí misma?
—En el libro usé varias que tienen que ver con principios de los 2000, y una es "Medianeras", porque tiene que ver con una historia de Buenos Aires que se repite. Es una película abordada con cierto sentido del humor, pero de esa fragmentación ya hablaba Ezequiel Martínez Estrada en su libro "La cabeza de Goliat", donde se refería al centralismo de Buenos Aires y decía que era una ciudad tan fragmentada que uno necesitaba del mínimo contacto sensorial. En el tranvía, por ejemplo, decía que necesitaba esos roces furtivos con la gente en una sociedad que ya no se miraba ni se tocaba. Estaba hablando de 1890, imaginate hoy. Es una característica de Buenos Aires, por eso también a nivel arquitectónico es tan dispar, tan distinta, tan caótica, igual que nosotros.