“Nadie es profeta en su tierra”, dice el refrán. Aunque, a veces, lo que hace falta no es reconocimiento sino distancia. Irse para poder ver mejor, para entender de dónde viene una historia. En el recorrido de Tomás Quintín Palma, ese movimiento fue clave: dejar Rosario, construir su camino en Buenos Aires y, con el tiempo, volver. No como quien llega por primera vez sino como alguien que ahora puede narrar lo que antes solo vivía.
Después de años de funciones en Buenos Aires y una gira que lo llevó por distintos escenarios del país, el humorista, periodista y actor presentará su espectáculo “La violencia de la ternura” por primera vez en el territorio que lo vio crecer. La cita será el 15 de mayo, a las 21, en el Teatro El Círculo (Laprida 1223). Si bien se trata de uno de los espacios con más capacidad de la ciudad, las entradas ya están prácticamente agotadas: solo quedan localidades en el paraíso. No es un detalle menor: se trata de un regreso con una obra que nació lejos, pero que está atravesada de principio a fin por su origen.
Radicado en la ciudad de Buenos Aires desde los 27 años, Tomás construyó allí su carrera en el mundo del streaming y el espectáculo, con pasos por Futurock, El Destape, Urbana Play y Blender. Ese recorrido también implicó correr el horizonte: fue lejos de Rosario donde pudo tomar perspectiva sobre la vida que lo había formado y convertirla en material escénico. Así nació “La violencia de la ternura”, que primero se desarrolló en el circuito de teatro independiente porteño y luego llegó a salas de la avenida Corrientes. Hoy, después de ocho años de crecimiento y con un éxito sostenido, la obra desembarca en el lugar donde todo empezó.
“La violencia de la ternura” es un biodrama que reconstruye la historia familiar de Quintín con humor y sensibilidad. Y es que Tomás no viene de cualquier familia: es hijo de una dinastía de payasos. Su padre, el reconocido payaso rosarino Marcelo Palma, y su madre, Susana Kreig, acompañaban en escena al célebre Piripincho Rigattuzzo, interpretado por el actor Héctor Ansaldi, que marcó las infancias de los ochentas, noventas y principios del 2000. Criado entre pelucas, títeres gigantes de goma espuma y escenarios precarios, ese mundo fue a la vez refugio y conflicto. Pero la obra no se limita a contar esa historia, la representa casi de manera literal, ya que Tomás comparte escenario con su propio padre.
El regreso abre preguntas inevitables: ¿por qué ahora? ¿Qué tiene de especial esta vuelta? ¿Se puede ser profeta en la propia tierra cuando el reconocimiento llega primero desde afuera?
“Era como que Rosario fuese un superyó que me decía ‘te falta, te falta, todavía no está’. Es el público más exigente porque son mi familia, son mis vecinos y me van a sacar la ficha. Es como querer hacerte el gracioso delante de tu mamá, delante de tu novia: no hay verso que valga”, reflexionó Tomás.
En diálogo con La Capital, el humorista repasó su recorrido, contó cómo fue el proceso de construir la obra lejos de las raíces y reflexionó sobre lo que implica presentarla en su ciudad y junto a su papá.
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Volver a Rosario: la distancia y la exigencia
“Nunca en la vida la hice en Rosario, nunca jamás, ni una vez. Es muy loco”, dijo con contundencia Quintín Palma, todavía sorprendido por la demora en la visita. Durante años, la obra recorrió escenarios de todo el país, pero su ciudad siempre quedó afuera de las giras. No por falta de intención sino por algo más difícil de explicar: la necesidad de tomar distancia. “La verdad que yo no sabía bien dónde estaba viviendo, lo que era bien mi familia, hasta que me vine a vivir a Buenos Aires. Me ayudó la perspectiva de no vivir en Rosario para ver a Rosario, para ver a mi familia”, dijo.
Palma se formó en en la ciudad. Hizo la secundaria en el Colegio La Salle y volvía todos los días a su casa familiar, en el Pasaje Cajaraville de Barrio Martín. Después vinieron años de búsqueda: pasó por carreras como Comunicación Social, Cine y Periodismo, mientras empezaba a vincularse con los medios locales. Pero a los 27 años se fue y en ese movimiento empezó otra cosa: no solo una carrera en Buenos Aires sino también otra forma de mirar lo que había dejado atrás.
“Yo cada vez que iba a Rosario, me amparaba en algún porteño. Les daba un carlito, los llevaba por Oroño, por el río, comían con mi papá, conocían a mis amigos”, contó. En esas visitas, estuvo acompañado por figuras como Malena Pichot, Julia Mengolini, Martín Garabal o Nicolás Guthmann. “Es como una carta de seducción. Los porteños cuando van a Rosario se vuelven locos. Ven cosas que nosotros no vemos. Te dicen que es California algo que para vos era una palmera que siempre estuvo ahí”, afirmó.
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Con esa mirada ajena empezó también a cambiar la propia. Poco a poco, para Tomás, Rosario dejó de ser solo su lugar de origen para convertirse en algo más grande. En ese ir y venir, “La violencia de la ternura” encontró su forma. “Como yo soy rosarino, atraviesa un montón de cosas que muchos saben que existen: lugares, personajes, historias como Tito y Pelusa, Piripincho, el Parque Urquiza. Vas a estar viendo una familia rosarina”, adelantó sobre el espectáculo.
“Yo ahora amo de dónde vengo, quiénes somos, lo que hicimos. Hay una risa de nosotros mismos, pero también una celebración: de nuestros bares, nuestros vínculos, de la alegría de venir de donde venimos y del orgullo”, agregó.
"La violencia de la ternura": una familia en escena
En "La violencia de la ternura", también aparece algo más íntimo: una historia familiar que deja de ser recuerdo para volverse presente. “De chico era todo juego, todo felicidad. Fue espectacular estar todo el tiempo divirtiéndonos. Pero de grande empezás a verlo de otra manera”, contó. “El público ve el conejo que sale de la galera. Pero cuando vos estás en una familia de payasos, el conejo está todo el tiempo con vos. Lo ves fumándose un pucho, cansado, tirado en un sillón. Le ves el culo al mago en la cocina. La realidad y la fantasía están juntas. En definitiva, es mi tío con peluca”, sumó.
Ese cruce entre la fantasía y la realidad es lo que la obra pone en juego. Sin embargo, el humorista admitió que se trata de una historia personal que, al mismo tiempo, se vuelve universal. “Todas las dinámicas familiares son complejas y todos las ven la obra, piensan en su propia familia disfuncional", comentó.
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Durante años, Palma llevó adelante este biodrama con su hermano Nicolás Palma Kreig, quien interpretaba a los payasos Pipistrilo y Piripincho, hasta que decidió sumar a su padre al escenario. A ese movimiento lo definió como “una pesadilla hermosa”. Subirse con un padre a escena y hacerlo para revisar vínculos, tensiones y recuerdos no es algo habitual. “Nadie haría algo así. Mucho menos para intentar resolver traumas arriba de un escenario”, contó. Y sin embargo, sucedió: “Yo había actuado así con él cuando tenía nueve años… después de grande dije 'ni loco laburo con mi viejo'”.
Hoy, esa decisión tomó otra dimensión. Su padre, docente de teatro en Rosario desde hace cuatro décadas, vivió este momento como algo inesperado. “Está enloquecido. Están sacando entradas egresados del 2002, egresados del 2004, exalumnos suyos”, dijo. Lo que empezó casi como una catarsis, terminó convirtiéndose en “un homenaje en la vida real”. “Estoy muy contento de poder darle este regalo y de devolverle todo el amor que me dio”, reconoció Tomás.
Así, “La violencia de la ternura" condensa todo: un recorrido emocional por la ciudad, una historia familiar puesta en escena y un regreso distinto, después de la distancia. Con localidades casi agotadas, el humorista advirtió: “Solo queda el paraíso. Muchos me dicen que no van a ver, pero va a haber una energía tan fuerte. Es como un casamiento, un funeral y un cumpleaños, todo junto. La historia no necesita primera fila: te interpela igual. La energía va a ser tremenda estés donde estés”.
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