Si hay un personaje pintoresco que está grabado a fuego en el inconsciente colectivo argento, preferentemente futbolero, ese es Guillermo Coppola. Es por eso que Star + decidió lanzar una serie de seis episodios sobre la historia de esta figura pública que reúne todos los condimentos necesarios para decir que “tuvo una vida de película”. ¿Por qué un representante de un futbolista puede tener una historia propia? La respuesta parece sencilla, y la dice su alter ego en la serie, Juan Minujin: “no es cualquier futbolista, es Diego Armando Maradona”. Pero Coppola fue mucho más que eso. Y la serie lo pinta de cuerpo entero. Es que representa ese ADN tan tallado en cierto ideario de éxito fácil, identificado en el tipo piola, charlatán, hábil con los números, que encima es seductor, medio mentiroso y medio habilidoso, y que sin tanto estudio universitario y mucha labia pudo llegar a estar al lado del mismísimo Papa, de Pelé o de empresarios de la talla de Enzo Ferrari. Ese personaje popular, de amplia ductilidad para hablar frente a los medios y caer siempre simpático aún en las peores circunstancias, también pasó por la cárcel por aquella famosa causa de “la droga plantada dentro del jarrón”, y se volvió a reinventar mientras su figura crecía a pasos agigantados en el corazón de Diego, entre amores y odios, pero principalmente en el de la gente. En ese contexto, “Coppola, el representante”, dirigida por Ariel Winograd, se convierte en una ficción disfrutable, graciosa, muy bien producida, con una ambientación de época lograda.
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El pantallazo de los años 80 y 90, con mix de efectos de VHS, del canal Volver y de imágenes documentales provoca tanta empatía como nostalgia. Cualquier persona contemporánea de esos tiempos, que asoman tan lejanos, puede observar aquí cómo la televisión y los diarios copaban la escena cuando no existían las redes sociales. Todo se tapaba con mayor facilidad, y si había un billete los silencios se compraban sin temor de que explote ningún video en YouTube. De esta manera, y con estos recursos, se aprecia cómo este “manager, no representante” era capaz de seducir a Yuyito González o a una modelo chilena que se le cruzó en el camino, y cómo disfrutó y sufrió también ser el hombre que estaba full time detrás de las hazañas y los caprichos de El Diez. Es más, el trabajo de la dirección es tan acertado, que no afecta para nada que no aparezca en escena ningún actor en el rol de Diego Maradona, lo que no se pudo hacer por cuestiones contractuales. Aunque Diego se ve solo en imágenes de archivo, la galería de personajes populares que desfilan es asombrosa. Desde la ya citada Amalia “Yuyito” González (Mónica Antonópulos), que tuvo un hijo con Coppola; hasta Susana Giménez (María Campos), quien obviamente los invitará a su living; pasando por Poli Armentano (Joaquín Ferreira, el villano de “Buenos chicos”), en un capítulo dedicado a su memoria tras el mediático asesinato del empresario de la noche; Carlos Menem Jr. (Agustín Sullivan); la pareja de moda que encarnaban Karina Rabollini (María del Cerro) y Daniel Scioli (Federico Barón), antes de entrar en la política ; y Alejandra Pradón (Adabel Guerrero). Pero más allá de los famosos sorprende también la interpretación de Santiago Bande, como Coppola joven, de llamativo parecido a Minujin. Y aquí un punto y aparte. Porque Juan Minujin, precisamente, es el gran responsable del éxito de la serie. Su interpretación y su caracterización es excelente, simplemente porque en cada gesto, en cada texto, se ve respirar al mismísimo Guillote.