El Teatro El Círculo es uno de los emblemas de Rosario. Desde su fundación en 1904, pasaron por su escenario algunas de las figuras más destacadas de la música clásica, el ballet, la música popular y hasta del rock. Pero en esa multiplicidad de géneros, hay uno que se identifica particularmente con la sala y que durante las primeras décadas de su historia la bautizó: la ópera. Después de muchos años de trabajo, El Círculo inaugura en sus catacumbas el Museo de la Ópera, donde se exhiben piezas originales construidas para producciones de los últimos 25 años.
Desde el miércoles 10 de junio, se abrirán las inscripciones para visitas guiadas. Quienes tengan interés, deberán mandar un correo a [email protected].
En una recorrida exclusiva, La Capital tuvo acceso al flamante espacio, que se expande en dos niveles subterráneos, en las entrañas mismas del teatro. Entre centenarias paredes originales y cimientos restaurados, se pueden ver piezas realizadas para las producciones de ópera que El Círculo lleva adelante cada año: escenografías de Walter Gonsolín y vestuarios de Ramiro Sorrequieta, entre otros, que son verdaderas obras de arte en sí mismas. Los elementos exhibidos recorren los últimos veinticinco años de producción, incluyendo la reciente puesta de “El barbero de Sevilla”, que se pudo ver en abril.
“Es maravilloso estar en los cimientos del teatro. Los ladrillos de las paredes, hechos de barro, tienen 122 años. Acá todo es historia. Y esta es la posibilidad de descubrir la base del teatro que ya conocen, que quieren, que admiran y que les ha dado tantas historias. Este es un lugar muy atractivo y desconocido para la mayoría, es lo que todavía nunca se pudo ver del teatro”, contó Guido Carbonell, presidente de la Asociación Teatro El Círculo desde hace más de dos décadas.
El primer nivel del Museo de la Ópera comparte piso con el Museo de Arte Sacro Barnes, donde se exponen más de cien piezas que integran los originales de yeso de la obra religiosa del escultor rosarino Eduardo Barnes. También están allí la vieja caldera del teatro, y una futura sala en preparación donde se mostrarán elementos de la historia de El Círculo.
Cada pieza exhibida tiene una placa con la ópera a la que corresponde y un código QR que, a ser escaneado, permite acceder a información detallada de la producción. Durante todo el recorrido, se escucha por supuesto ópera. El ambiente está totalmente climatizado, así que no hay que preocuparse por las temperaturas usualmente heladas de los subsuelos. Por el momento, se accede sólo por escaleras pero próximamente tendrá un ascensor para asegurar la accesibilidad del espacio.
“Nos llevó tres años de arduo trabajo. Fue muy intenso lo que tuvimos que hacer porque esto estaba en estado desastroso”, narró Carbonell. El lugar funcionó durante gran parte de la historia como depósito. Además, la presencia de la caldera generaba la presencia constante de cenizas. La puesta a punto del espacio incluyó un exhaustivo acondicionamiento estructural, que permita proteger también las obras de la humedad, sin perder su impronta original.
Las dimensiones de las catacumbas son realmente impactantes, absolutamente imprevisibles desde afuera. En el plano del teatro, se puede ver cómo se extienden por debajo de la platea y el escenario, diez metros por debajo de las tablas.
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A las piezas originales, se suma la exhibición de elementos fundamentales del detrás de escena, como contrapesos originales del telón (que datan del comienzo del siglo pasado) con los que se puede interactuar, una trampa todavía funcional (esa pequeña compuerta en el suelo que conecta el arriba y abajo del escenario, permitiendo apariciones o desapariciones dramáticas de personajes) y un espacio de apuntador, ideal para sacarse fotos.
Único en el país
Según apuntó Carbonell, el Museo de la Ópera es “único en el país” por estar emplazado dentro del propio teatro. El Teatro Colón Fábrica de Buenos Aires, que exhibe las producciones de los talleres del Colón, se encuentra por fuera de la emblemática sala. En el caso de la propuesta de El Círculo, su inclusión dentro de la misma infraestructura hace que las piezas se potencien por estar en el contexto para el cual fueran creadas. Una suerte de hilo conductor que no se rompe.
La visita genera una sensación de viaje en el tiempo. El Museo es un gesto de memoria, no solo en torno a esta sala en particular sino hacia la ciudad. Hay algo maravilloso en el hecho de poder habitar hasta el último rincón la sala más imponente de Rosario, de estar paseando entre los cimientos vivos de un espacio que salvó de ser demolido en 1943, cuando fue salvado a manos de la Asociación Cultural El Círculo (de tomó su nombre actual). Aquellos recovecos subterráneos que fueron denominados “La cueva de los ladrones” a finales del Siglo XIX, cuando el proyecto inicial del teatro no encontraba curso, hoy alojan una
Por supuesto, las catacumbas son también la casa de los fantasmas de El Círculo. “Los fantasmas del teatro viven aquí. Hay fantasmas por todos lados, pero este es un lugar especial. El teatro es un lugar donde la ficción y la realidad se identifican, se entremezclan, no se pueden separar del todo”, apuntó Carbonell.
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El presidente del teatro adelantó también que, por sus dimensiones amplias, el Museo se piensa como un lugar donde se puedan llevar adelante todo tipo de actividades culturales más allá de las visitas, como catas de vinos, conciertos o presentaciones de libros. Pero sobre todo, se piensa como una herramienta para profundizar simultáneamente el vínculo de los rosarinos con su patrimonio y con la ópera. Desde hace tiempo, El Círculo trabaja (a través de los conciertos didácticos o las funciones gratuitas) para acercar a la población a la sala y quitarle a la lírica o la música clásica su velo de cultura de élite.
“Es un regalo que hace el teatro a su ciudad, porque como todo museo le pertenece a la ciudad y a la gente. Tiene la finalidad de que la gente se adentre en el mundo de la ópera, que es fascinante, porque es donde confluyen todas las artes”, aseguró Guido.
“La gente viene aquí a ver ficciones que les ayudan a pensar, que sanan, que sensibilizan. Nuestra misión es que la gente salga del teatro transformada, ya sea después de ver ópera, un concierto o un ballet”, cerró.