El villano es el malo de la película, el que la gente insulta en la calle, aunque sepa perfectamente que su maldad sea producto de un personaje de ficción, y es aquel que no puede faltar en una novela que respete los tics del género. Astor Monserrat, interpretado magistralmente por Jorge Marrale, se asestó un tiro en "Vidas robadas" y sorprendió a propios y extraños. Mientras en los portales ya piensan que su desaparición es tan cierta como la de Yabrán, lo concreto es que el tratante de blancas al verse acorralado por la Justicia, se encerró en uno de los cuartos de su imponente estancia y se pegó un tiro. El cuerpo en el suelo sobre el charco de sangre era la imagen irrefutable de la partida de Monserrat hacia otro mundo. Pero en la televisión se dan ciertas ecuaciones matemáticas a veces sorprendentes. Es decir, para el caso, si un villano se fue de un canal tenía que aparecer otro, de la misma virulencia, en el canal de enfrente. Y quién mejor que Oscar Ferreiro. Sí, el que la gente pide, el mismo que deslumbró con Luciano Salerno en "Ricos y famosos" y el que interpretó al temible Lombardo en "Montecristo". Con el mismo estigma mafioso, apareció anteanoche en "Socias", el unitario de Pol-Ka con unos de los guiones más divertidos de la televisión argentina. Con la idea de sacarlo del estereotipo del malvado sin claroscuros, aquí llegó con el atuendo de Tono Cohen, un trucho que también es perseguido por la Justicia por sus negociados, pero que ofrece su perfil más humano. El hombre reclama que lo reconozca su hija, que no es otra que Mía Pontevedra, la inocente abogada del trío protagónico que encarna Andrea Pietra. Este villano es arrogante y corrupto, pero daría la vida porque su hija lo abrace. La misma hija que sí puede tenderle la mano a su padre para facilitarle la huida en medio de una persecusión policial. Los villanos iluminan con su oscuridad cada ficción, y su rol es irreemplazable. Por eso si se va uno y llega otro, está cubierto el cupo de calidad en la pantalla chica.


























