"¿Y esto qué es?” La pregunta fue lo primero que me salió cuando escuché el sonido de una caja registradora en un parlante y al segundo unas monedas que caían en el otro. El disco lo pudo haber traído Fernando, Rodolfo, Reinaldo, David o Marcelo. O quizá Delia o Flavio, quién lo sabe. Esta vez no fui yo, pero apareció en el altillo de la casa de calle Iriondo para que gire en mi Wincofón gris. Alguien dijo “escuchá esto”, sacó un vinilo de una tapa negra y un arco iris multicolor proyectado a través de un triángulo, y puso “Money”, así, sin más. De pronto apareció la base de bajo de un tal Roger Waters, y la voz y la guitarra de otro tal David Gilmour y creo que escupimos la Coca Cola que estábamos tomando en esa tórrida tarde de verano del 73. O quizá era más adelante, nunca los discos llegaban a la Argentina en el mismo año de lanzamiento. O, para ser más exacto, nunca nosotros teníamos el disco del momento. Se escuchaba lo que se tenía, lo que se conseguía, lo que iba de boca en boca. Y así apareció Pink Floyd en nuestras vidas. De a poco ese disco nos abrió una ventana a un rock psicodélico desconocido hasta ese momento, y descubrimos que Floyd traía algo que era mucho más que un sonido disruptivo. Y fue su mensaje antisistema, antibelicista, que levantaba banderas contra la sociedad de consumo, contra el poder pornográfico que movía el mundo. Pero no estaban en contra de todo, porque pedían una educación liberadora para no ser otro ladrillo en la pared (“The Wall”), y defendían el medio ambiente cuando el tema no era trending topic, y también hablaban de la diversidad cuando ni existía esa denominación. Los Floyd levantaron la voz, el sonido y las banderas. Hoy mi hijo Julián tiene dos tatuajes de Pink Floyd en su cuerpo, me acaba de contar que escuchó con sus amigos ese disco en el equipo de mi casa de calle 3 de Febrero, en donde ayer pegué en la heladera un imán de la tapa de “El lado oscuro de la luna”. Aquel disco que escuché hace 50 años en mi pieza con mis amigos ya mutó en otra cosa, que atraviesa generaciones y quedará en el tiempo. Porque, como le pasa seguramente a todos y todas los que amamos el rock, “El lado oscuro de la luna” todavía te hace escupir la Coca Cola cada vez que lo escuchás.



























