A continuación, se replica un artículo elaborado por el periodista Orlando Verna y publicado el 21 de agosto de 1999 en el diario La Capital.

Por Orlando Verna
Fito Páez se prestó a tomar parte de una sesión de fotos en una terraza, para que a sus espaldas se viera su ciudad natal, Rosario.
A continuación, se replica un artículo elaborado por el periodista Orlando Verna y publicado el 21 de agosto de 1999 en el diario La Capital.
Páez está de parabienes. Vive quizás en esos momentos mágicos en los que todo tiene un cauce deseado. La Ceci -cómo él llama a su esposa Cecilia Roth-, Martín -su hijo rosarino- y el rock llenan cada una de sus moléculas. Tanto que le parece fantástico presentar su último disco “Abre” en el Auditorio Fundación, allí donde decidió que dedicaría su vida a la música. “Dale”, dice fito como un niño, ante la propuesta de La Capital de hablar no del disco, no de la música -aunque resulta medio imposible-, sino de Rosario, de la ciudad, de sus lugares, hoy y ayer.
“Para cualquier persona es inevitable ser parte de la geografía en la cual vivió 20 años. Sea tu lugar de origen o no. Este es el mío, entonces de una manera u otra estoy muy involucrado con lo que sucede en esta ciudad”, se explaya sobre su rosarinismo, etiqueta que comparte con el Negro Olmedo y el Che Guevara. Piensa en Rosario con una sonrisa, un amor a la distancia, un amor que eligió para abrir la gira nacional de “Abre” y en la que también nació su hijo Martín.
Un tipo experimentado, Páez, en eso de adoptar. Tiene varias ciudades adoptivas, entre ellas Madrid, La Habana, Buenos Aires, lugares en los que vivió y en los que dice haber hecho grandes amigos, haber establecido lazos muy fuertes conociendo la historia de las personas y del lugar. “Me encantaría vivir en una mezcla de La Habana, Nueva York, Rosario, Buenos Aires, México y Bali, una mezcla de todo eso sería fantástico”, imagina.
Pide un faso y no le dan. Pide una gaseosa y el mozo está a su servicio. Es Fito. Aquel que solito decidió partir en busca de horizontes y mercados, pero que nunca dejó de estar cerca, como su ciudad. “Siempre vuelvo a Rosario. Me quedo en casa de amigos, tomamos unos tragos, salimos de copas a un bar, me pego largas caminatas de noche como de cuatro o cinco horas. Coki (Debernardi) es mi gran compañía, nos hemos caminado varias veces Rosario”. Acepta que le gusta más divertirse de noche: “Porque de noche estoy más cómodo, hay más gente durmiendo, hay menos actividad psíquica”, confiesa.
Las caminatas le permitieron descubrir una ciudad nueva y se sorprende por los cambios en la estructura urbana. “Cuando yo vivía aquí no teníamos contacto con el río. Eso es lo que más me gusta de la ciudad actual. Es un gran cambio, genial. Hubiera aportado mucho más imaginario para nosotros, esa generación que vivimos en una ciudad más gris, encerrada, de espaldas al río”.
Pero las sorpresas no son sólo buenas. Fito no está convencido de que los cambios hayan sido todos para mejor. “El cinturón de pobreza que rodea a la ciudad no estaba hace 20 años y eso es algo muy serio”, dice sin sorprenderse de los comentarios de los rosarinos sobre su propia ciudad. “Parece que esta intendencia ha sido buena, según lo que se escucha. Ha sido una intendencia más humanista -y recalca con el cuello la afirmación-. Es extraño estar en un lugar donde la gente hable bien de su intendente”. Explota en una carcajada, explica que ve ciertos avances, si bien descree en el progreso.
Es Fito, el humanista, así recalcado con el cuello. Le preocupa más la gente, sus vivencias, que la mole de cemento. “Si en un lugar la gente no tiene buen rollo, si no es solidaria ni cálida, no hay progreso que valga” (N. de la R.: en agosto de 1999 era intendente de Rosario Hermes Binner).
De gente vive la ciudad y esa gente continúa revoloteando en la cabeza de Páez. Cuenta que no significa que siempre estén en sus pensamientos, pero sí son los personajes que lo transportan. La lista comienza con Cachilo, el croto-poeta. El silencio templa su memoria. “El Negro (Olmedo), Liliana (Herrero) -tiende un puente al pasado-. Porque para mí aquella época de andar por Rosario la asocio directamente con Liliana. Adrián Abonizio, Juan (Carlos Baglietto), me acuerdo de un montón de cosas. Es injusto pensar solo en dos o en tres. Pedro Guastella, Quique Pessoa, Chiquito Gómez. Gente que estaba siempre ligada a todo lo que estábamos haciendo”.
El mundo del espectáculo aborigen se cuela en sus recuerdos y la reflexión sobre su relación con los medios de los medios de comunicación de la época es inevitable. “En la tele y la radio había poco espacio para la música local, pero tampoco había una escena local de la cual hablar, se estaba formando en esa época. Algunos tipos vinieron y dejaron registros en el diario La Capital, por ejemplo”, con el que dice haber tenido un amor especial. “De hecho es el primer diario en el mundo en el que se escribió sobre mí. Por eso hay algo afectivo, bonito”, se la cuenta.
Esas relaciones de amor y odio marcaron a fuego la vida de Páez. Amado y odiado con la misma intensidad después de lo que sus detractores consideran al traición después de “El amor después del amor”, Fito confiesa que su vida estuvo signada por esas dicotomías. “En mi vida todo ha sido así. Tomá esta y yo me iba para otro lado. Parece parte de mi sistema inmunológico. A ver, ¿ustred qué va a ser cuando sea grande? Ingeniero agrónomo. Okay. Y agarré una guitarra eléctrica (risas). Todo ha sido así y me gusta no saber qué ocurrirá”.
Un dicotomía que le permite estar exultante, sin asperezas. Enfundado en su remera blanca, su jean gastado y sus anteojos de lentes rosados, Fito parece más un adolescente que un padre de 36 años.
Lo mismo, claro está, le sucedió con el fútbol, un lugar común en una ciudad apasionada como Rosario. “La Academia y Newell’s no escapan a la dicotomía argentina”, reflexiona mientras aclara que la verdadera historia de su fanatismo por Rosario Central. ”En mi casa todo estaba armado para que sea de Newell’s. Yo tenía la camiseta de Newell’s e iba a la cancha con la familia Barberio. Hasta que un día, a los 12 años, le dije a mi papá que me llevara a la cancha de Central, que quería saber cómo era y se acabó. Este es mi equipo y se acabó”.
Para Páez todo eso es Rosario, su gente y la pasión por una cosa o la otra. Elementos que parece que él desea compartir con los suyos. No sabe si volverá a vivir aquí, aunque comentó un proyecto de comprar una propiedad en la ciudad. “Cada vez que vengo es para pasarla bien. Esta ciudad me da vigor, vitalidad y buen rollo. Lo único que me molesta es algo que me jode en cualquier ciudad del mundo. Es ese pachorrismo general. Pero esta es una ciudad muy querida para mí, ¡ojo!, que la ciudad son las personas. Un lugar sin la gente es un cacho de ladrillo y hormigón armado”.
Mira sin objetivo y se ríe. Volvió en el tiempo, recordó sus días de adolescente, al mismo tiempo que se embelesa con sus amigos. Todo eso está, ahora, aquí. Queda el futuro, Martín, su familia. Y Martín también necesitará referencias en la que nacieron él y su padre, y Fito inventa cómo hará para explicársela, para definírsela. Argumenta que Rosario es una ciudad portuaria que ha vivido de espaldas al río. Una ciudad banquera, con una clase media muy fuerte. “Es una ciudad como cualquier otra ciudad del mundo, con la diferencia que uno llegó al mundo aquí. No me gustaría caer en un patético chauvinismo. No sé cómo contaría a Rosario, no sé cómo se cuentan las cosas que uno ama. Dejame que llegue el momento”.


