¿Qué fue lo que priorizaste en este libro, cómo se dio ese momento en que pensaste «esto lo quiero contar»?
Mirá, sabés que yo no tengo en claro cómo voy encadenando todo. Yo sé que hago un tejido con todas las declaraciones. Cuando hablaste con el entrevistado número cien la historia ya la sabés, lo que no sabés es cómo la vas a contar. No sé, yo me siento en la máquina y algo sale, por oficio o lo que sea, yo sentía que no estaba saliendo bien y cuando lo corregí dije “bueno, no está tan mal” (risas). Entonces yo voy tejiendo y a medida que voy avanzando se me ocurre a quién puedo llamar de los que entrevisté para que aparezca en esa escena. Esto fue un poco más de cinematográfico, cada escena, cada cosa que cuento tiene equis cantidad de entrevistados, que son como si fueran las cámaras, entonces trato de enfocar la situación desde distintas cámaras y así voy avanzando en el libro hasta que se termina.
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Enero de 1988, desayuno en Asunción, Paraguay. Marchi, de musculosa, mira a cámara. Cerati, de gafas oscuras, fuma.
En este trabajo se muestra por ejemplo a un Cerati fanático de Led Zeppelin, cuando muchos suponían que lo suyo era solo el universo del pop. ¿Aparecen otros datos en el libro que los fans también desconocían?
Y, lo que pasa con Gustavo es que es objeto de muchas malas interpretaciones. Gustavo es un músico de rock, y eso es clarísimo. Yo lo sabía y a medida que fui avanzando con los compañeros del secundario, que es ahí donde despunta el rock, me lo iban confirmando, y me contaban más o menos la misma ruta, cada uno con su circunstancia personal, pero pude reconstruir el mapa de cómo le fue llegando la música a él.
También tirás abajo el mito del cheto, no era tan cheto como muchos suponían.
Es que no era nada cheto, la Argentina es un país que vive de declararse su propia mentira, por eso también nos va como nos va. Cuando nos creemos esa leyenda que nosotros armamos, estamos en el horno. Y a la gente le gusta creer, sobre todo a los ricoteros, que Gustavo era un cheto, necesitan ubicarlo, necesitan que sea un cheto para poder estar contra él. No pueden admitir que fue un rockero igual o más que ellos, andá a saber.
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La tapa del libro de Editorial Sudamericana.
¿Circula en redes una declaración en la que vos decís que Cerati es como Messi. ¿Cómo llegás a esa comparación?
Sí, yo pensaba “este pibe es Messi, le sale todo”. Y Charly García sería Maradona, por su sino trágico, y eso me creaba la duda: “¿y en dónde lo meto a Spinetta?” Y dije, conociéndolo a Luis, es una mezcla de Alonso y Bochini, un día es fino pero más de barrio, sin tanto relumbre, un poco por la decisión de él, pero me parecía que era bajarlo de categoría a Luis. Y charlando con Adrián Taverna, sonidista y amigo de Cerati, me dijo “no, el Flaco hubiera sido Johan Cruyff, por lo renegado”. Gustavo tiene eso de Messi, no lo ves en la cancha, y siempre está en un lugar en el que tiene algo que hacer y vos no te das cuenta porque no ves el juego como él, por eso Messi es Messi. Y Gustavo era igual en el sentido musical, era un tipo que tenía un criterio musical tan piola que terminaba consiguiendo un producto final hermoso.
Así como te tocó estar cerca de Charly García, incluso como baterista, también estuviste junto a Gustavo y Soda en producciones periodísticas. ¿Eso te permitió mostrar el lado B, o quizá el costado más profundo del artista?
Yo creo que lo que me da ese lado B como vos decís es el haber sido músico. Al haber sido músico e incluso habiendo transitado por algunos lugares en donde Gustavo estuvo -porque yo toqué en dos grupos en donde había gente que después formó otras bandas donde yo estuve-, me da cierta comprensión más allá de un par de testigos que no hubiera conocido de otra manera. Pero es entender un poco cómo es la cosa musical, y después de tanto estudiar a los músicos te das cuenta cuáles son las dinámicas y cuáles pueden afectarlo. Y Gustavo no era inmune a esas dinámicas.
¿Sentiste que había que cuidarlo a Cerati, por conocerlo tanto desde hace tiempo, o escribiste todo lo que tenías para contar?
Yo nunca me pongo como un freno, sí los cuido a los personajes, los cuido a mis entrevistados, yo tiro datos fuertes y no los pongo en boca de quien me lo dice. Yo cuido a ese alguien y también al sujeto de mis cosas, ahora eso no quiere decir que me lleve a incursionar en el terreno de la mentira, tiene límites. Cuidarlo en el sentido de que si dijo “la puta que te parió” quizá pongo “andate al carajo”, ese es el cuidado, digamos. Pero no es el cuidado de que el ídolo esté inmaculado. No, a mí los ídolos me gustan con el barro, con el olor a chivo, el olor a pata, cuando se tropiezan y sobre todo cuando se levantan:
¿Cuando se levantan después de una gran caída te referís?
Claro, no conozco ningún ídolo que no haya tropezado nunca, y el que no tropezó nunca después no aprende a levantarse. A mí me gusta más ver cómo alguien sufre algún tipo de percance en su carrera y después ver cómo la remonta.
¿Más allá del problema de salud que le costó su vida, cuál fue el peor percance de Gustavo en su carrera?
Primero que al principio las cosas no salían, después se impuso cuando sacaron el disco y les propusieron que hagan temas de los Teen Tops. Ellos dijeron que hacían canciones propias y no de otros, ahí Gustavo se le paró de frente a un productor discográfico cuando él no era nadie. Después se me viene a la cabeza la vez que tocaron en esa discoteca cuando se vino el techo abajo en pleno recital, estaban tocando “Persiana americana”, se cae el techo, hay heridos y hay muertos. Y en vez de decir “cancelamos el show”, deciden hacer el show , dedicárselo a las víctimas de aquel accidente y reducir la producción para que fuera más sobrio y no se viera como una fiesta en la que estaban bailando sobre los escombros. Tuvieron huevos también cuando dijeron “vamos a hacer el show igual” cuando Seineldín copó Villa Martelli, estábamos en las vísperas de un golpe y tocaron igual. Siempre Gustavo, Soda Stereo, el equipo, porque Soda Stereo era un equipo, mucho más grande que tres, todos siempre tuvieron esa cosa de guerreros, de ir para adelante, de hacer el show a cómo dé lugar y hacerlo bien, y me parece que eso te va templando un poco. Y Gustavo después con su carrera tuvo que comenzar de cero, porque por más que fuera Gustavo Cerati la gente no iba a ver a Gustavo Cerati, la gente iba a ver a aquel que cantaba en Soda Stereo y tuvo que luchar mucho contra eso.
¿Por el momento creativo que transitaba Cerati, te parece que su partida dejó un vacío gigante en el rock y el pop de la Argentina?
Sí, cuando muere un músico obviamente te privás de todo lo que podría haber seguido haciendo, salvo en esos casos de quienes eran muy grandes y ya lo habían dado todo, como B.B. King, pero en el caso de Gustavo el rock argentino se quedó sin motor. Y todavía hace falta, si bien el carro se empuja entre todos, Gustavo era un motor impresionante. Estaba haciendo cosas buenas, nuevas, tenía proyección internacional, tenía mainstream y además tenía mucho nivel, falta más gente que salga a hacer canciones que enamoren.
En el final del libro agradecés a quienes no te brindaron testimonios porque ellos de alguna manera “ayudaron a forjar el carácter” de “Algún tiempo atrás”. ¿Por qué motivo escribiste eso?
Y sí, es lo que siento. Mirá, yo me identifiqué mucho con una frase que una vez me dijo Litto Nebbia: “yo soy muy peleador desde chiquito”. Y yo también soy muy peleador desde chiquito, en el sentido de que ahora ya uno sabe elegir mejor los conflictos. Cuando alguien te dice que no quiere hablar, es un percance que después te levantás. A mí me hubiera gustado que estuvieran Charly y Zeta, me parece que hubiera sido un libro más completo, pero no estuvieron y bueno, adelante. Yo creo que esas cosas te ayudan a forjar el carácter, no tuyo, sino el carácter del libro, que no sea una biografía rosa, y que después se pone trágica al final y que los ángeles cantan, esas son las cosas que no me gustan tanto.