La foto con Martín Llaryora y Rogelio Frigerio muestra a tres socios, pero también a tres potenciales competidores en el todavía lejano 2027. La Argentina viene de dos décadas de alternancia partidaria pero de continuidad de dominio geográfico. Gobernó el partido del Amba.
Para llegar a la zona de definiciones con chances de una candidatura, cualquier dirigente del interior deberá cubrir con tiempo tres casilleros: gestión, conocimiento y estructura. Y a esa base agregarle un relato tentador y una marca novedosa. No hay restauración posible.
Desde su entorno lo incentivan, pero Pullaro le dice a los suyos que no le interesa una candidatura nacional. Sólo piensa en Santa Fe, repite.
En un momento donde el sistema político está en ruinas, la mejor forma de nacionalizar es exacerbar el provincialismo en defensa propia. Con un Milei todavía con escudo popular y decidido a asfixiar a cualquier organismo que dependa del oxígeno de fondos nacionales, la confrontación directa es una estrategia desaconsejable.
Por eso los gobernadores combinan gestualidad cooperativa con guerra de guerrillas: cuando no tienen alternativa asoman, golpean y repliegan.
Por lo pronto, Pullaro, Llaryora y Frigerio recibieron a Guillermo Francos y le plantearon, siempre con una sonrisa, un petitorio de demandas envuelto con un aval a la ley Bases. Son varios los reparos que tienen los gobernadores sobre la ley Bases y el paquete fiscal. El piso de Ganancias, el amplísimo blanqueo (más en una ciudad azotada por el narcotráfico como Rosario) y el régimen para grandes inversiones son algunos de ellos.
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Además, los gobernadores pueden dar luz verde a la ley, pero lejos de ser peones de los mandatarios provinciales, la mayoría de los legisladores tienen juego propio y responden a otras jefaturas.
Se suma un factor extra. El ministro del Interior es un canciller pacifista de un presidente belicista y que no tiene a los acuerdos en su kit de herramientas. Eso hace que cualquier entendimiento sea precario y pueda derrumbarse al primer tuit de Milei, que volvió a presentar al Congreso como un nido de ratas.
Maximiliano Pullaro hace equilibrio
Por lo pronto, Pullaro busca ecualizar con el signo de los tiempos. Allí entran la mano dura con el delito, que genera resquemores en el ala progresista de su coalición por la “tentación bukelista”. Pero también la búsqueda de eficiencia de empresas públicas como la EPE —incluso habilitando el debate sobre su eventual privatización— y con el programa Asistencia Perfecta, denunciado por los gremios docentes como un presentismo encubierto.
Para no desbalancearse, el gobernador compensa con proyectos de intervención barrial, el relanzamiento del Nueva Oportunidad, políticas culturales, el reconocimiento de los pueblos originarios. Incluso, el recuerdo de Miguel Lifschitz.
Con el peronismo a la deriva y reducido a una oposición testimonial, la amplia alianza de Unidos es un sistema político en sí mismo. Con sus alas y sus propias pujas de poder. En el núcleo que conduce el PRO santafesino y se ve amenazado por la pretensión de la vicegobernadora Gisela Scaglia de liderar el partido consideran que es un error que se pretenda licuar las diferencias de la coalición en una mezcla de centro.
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Gisela Scaglia y Federico Angelini, líderes de los espacios que pugnan por la conducción del PRO santafesino.
Con afinidad ideológica y funcionarios como Federico Angelini en el gobierno de Milei, en el grupo que postula la continuidad de Cristian Cunha como presidente del PRO amagan con hacer las valijas y dejar la alianza en la que invirtieron desde el pozo.
Sería una apuesta de riesgo abandonar una coalición que podría estar inaugurando un ciclo político largo en la provincia para aliarse a una fuerza sin anclaje territorial ni figuras convocantes y que está atada a la suerte del experimento anarcocapitalista de Milei.
Un mandamiento violado
Sin intenciones de moderarse, Milei sigue ocupando el centro de la escena. Imprime la agenda y el tono del debate público, donde corrió todos los límites de lo que se puede decir y hacer. Eso no quita que pese al exitismo que propala el aparato comunicacional de la casa de gobierno aparezcan luces de alerta en el tablero de control.
En su pelea con las empresas de medicina prepaga el gobierno violó uno de los mandamientos sagrados de Milei (”respetarás el libre mercado”) para dar una señal hacia la clase media. Es uno de sus pilares electorales y de los sectores que más viene sufriendo las inclemencias del ajuste, sin el paraguas de la seguridad social, las paritarias o un capital de respaldo.
Con la decisión de desandar la desregulación que impulsó el cuestionado DNU 70/2023, el gobierno paga un costo simbólico pero puede vender que toma nota del descontento social y tiene la flexibilidad necesaria para corregir. Como dijo Milei en febrero, en Corrientes: “Soy loco pero no soy boludo”.
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La inelasticidad del apoyo a Milei respecto al comportamiento de las variables económicas sorprende a los especialistas. “Sostiene su nivel de aprobación, a pesar de que caen sus fundamentos y empeoran las expectativas. La confianza reside en él”, dice un consultor, que introdujo la variable religiosa en sus mediciones. Descubrió que la adhesión a Milei es fuerte entre los creyentes, independientemente de la religión. Personas que se aferran a una creencia más allá de las penurias de la vida material.
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Para el gobierno, el Congreso es otro enigma que no termina de resolver. Milei no logra pasar de pantalla y tilda a toda la política. Si la Casa Rosada y sus alfiles legislativos no dan un salto en sus habilidades para la negociación, la segunda versión de la ley ómnibus podría ser otra vez desguazada. Y que queden, en el mejor de los casos, sólo la carcasa y el chasis.
Aun en el caso de que la ley pase la prueba de Diputados, queda el test todavía más difícil del Senado. Allí peronistas, radicales y federales ya armaron una mayoría para herir al mega DNU, que ni la Corte Suprema ni los diputados se animan a rematar.
El dietazo
Con el dietazo culposo y a mano alzada al final de la sesión, los senadores reforzaron la narrativa anticasta de Milei, justo cuando el presidente había dejado un flanco abierto. Al mismo tiempo que Milei se ufana de llevar adelante el mayor ajuste de la historia de la humanidad, elevó al rango de ministros a tres secretarios: su hermana Karina (general de la Presidencia), a Daniel Herrera Bravo (Legal y Técnica) y Eduardo Serenellini (Prensa) y le dio status de secretario de Estado a su vocero, Manuel Adorni. Un salariazo menemista pero sólo para los funcionarios más cercanos.
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Es una oportunidad desperdiciada para el peronismo, enfrascado en una precoz disputa por los liderazgos mientras sigue sin abordar sus dos crisis más profundas. Una es sociológica: a qué sectores sociales representa. La otra es programática: qué demandas recoge y cómo las articula en una propuesta alternativa. En lugar de reforzar los pilares de una casa con peligro de derrumbe, varios peronistas empezaron por el techo.
A sus anchas en el Foro Llao Llao, un Milei al borde la apología del delito llamó héroes a quienes fugaron dólares y arengó a los referentes de la incipiente liberburguesía. Son aguerridos defensores del libre mercado al mismo tiempo que varios de ellos reciben subsidios impositivos del Estado. En el caso de Marcos Galperin, por 100 millones de dólares.
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Milei arengó a los empresarios más afines en el Foro Llao Llao.
Una prueba difícil
La movilización de este martes de la comunidad universitaria será un desafío difícil para el gobierno. La educación pública superior es un activo valorado por la sociedad argentina. Según el estudio de marzo de la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública (Espop) de la Universidad de San Andrés los científicos son el sector social con mayor imagen positiva: 75%.
Las usinas comunicacionales del oficialismo salieron a anunciar un acuerdo por el presupuesto, que las universidades negaron, en un intento de vaciar por abajo la marcha o deslegitimarla.
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Como preventivo, Milei dará este lunes una cadena nacional. Allí, pese a que las sociedades no celebran balances contables, festejará el superávit fiscal. Un número que, según lo reconocen hasta los talibanes de la ortodoxia, se basa en la licuación de salarios y jubilaciones y la postergación de pagos y no es sustentable bajo esos parámetros. Es lo que advierten el FMI y fondos de inversión, que ven al libertario como un emprendedor con una idea interesante pero quieren verla funcionar antes de financiarla.
En ese terreno frágil, Milei confía en que todavía la política no le presenta rivales. Está solo en el centro del ring y su único adversario es la realidad.