Para los cristianos, María es la madre de Jesús, la madre de Dios en la tierra. Una figura cuya popularidad se remonta a los primeros tiempos del cristianismo. Si bien en la teología católica la adoración se reserva solamente a dios, María está, no obstante, en una especie de lugar intermedio y recibe una veneración especial, de calidad superior a la de los santos, que, en cierto modo, la acercan a la trinidad divina compuesta por dios, Jesús y el Espíritu Santo. Por supuesto esto es en términos teológicos. En la cotidianidad, los fieles hacen en buena medida lo que quieren porque la religión se vive y se experimenta sin prestar demasiada atención a lo que dicen y piensan los intelectuales de la Iglesia. A un devoto mariano que va a un santuario a buscar contención emocional, paz espiritual o acompañamiento frente a un problema, le importa poco lo que escriben y elucubran teólogos y teólogas. Para los creyentes, la Virgen María es una figura absolutamente central, por momentos incluso tanto o más importante que dios y el propio Jesús. La verdadera artífice, además, de los milagros recibidos y no solo una mera intercesora.
Un ejemplo interesante es el de la llamada Virgen Desatanudos, de la que se hizo devoto el actual papa Francisco durante su estancia en Alemania. La imagen, pintada por Johann Georg Melchor Schmidtner a finales del siglo XVII, representa a María desatando cintas que expresan los pesares y penurias de los fieles. Lejos de presentarla como una mera intercesora, Schmidtner pinta a María actuando de manera directa y la ubica en un lugar estelar. Su elección no es excepcional. En la edad media, los pintores solían colocar a la Virgen al mismo nivel de la trinidad, tensando al máximo el monoteísmo de por sí sui generis del cristianismo.
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Conmemoración día de la Virgen de Rosario, acto en el monumento con distancia social por la pandemia del Covid19 (2020).
Foto: Silvina Salinas / La Capital
María: una y muchas
¿Por qué es tan popular María en el catolicismo? Desde la antropología se suelen subrayar sus vínculos con deidades femeninas previas al cristianismo, vinculadas a la fertilidad y a la abundancia. Sin ir tan lejos, creo que una de las razones principales es su sorprendente plasticidad. La Virgen María es una, marca de distinción de lo católico, y, al mismo tiempo, en sus diferentes advocaciones, múltiple y heterogénea. Un culto en cierto modo "a la carta" delineado mucho más "desde abajo", por los creyentes de cada lugar y en cada tiempo, que "desde arriba" por los especialistas religiosos.
Desde el punto de vista de la pervivencia y expansión del catolicismo estos rasgos de lo mariano han sido fundamentales. María permite que lo católico se localice y enriquezca con cada cultura sin por ello poner en tensión la dimensión universal de la Iglesia. María expresa tanto un contenido religioso global, como, al mismo tiempo, la infinidad de manifestaciones y reinvenciones regionales realizadas por los creyentes. Cada advocación, en este sentido, funciona metabolizando lo universal y lo particular del catolicismo. Una dinámica que puede apreciarse con claridad en los numerosos santuarios latinoamericanos, donde los fieles viven diferentes experiencias religiosas al tiempo en que participan de multitudinarias fiestas populares.
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La Virgen de Port Lligat. Salvador Dalí Domenech le presentó la obra al Papa Pío XII en audiencia para su aprobación, que le fue concedida (1949).
Fuente: www.salvador-dali.org
Además, desde el punto de vista de los devotos, mientras dios está lejos, en el cielo, María está cerca, al lado de cada católico. Por supuesto, también lo está Jesús, pero, a diferencia de lo que sucede en el mundo evangélico, entre los católicos Jesús tiene en María a una "competidora" con peso propio. Tanto por lo que significa la Virgen en la vida religiosa de los devotos, como por la centralidad que tiene en términos institucionales.
Me gusta explicar esto recordando un capítulo de Los Simpson en el que Homero es enviado en contra de su voluntad como misionero al Pacífico. Una vez en el avión, desesperado, al ver que no puede escapar, Homero grita: "Sálvame Jebús". Más allá del yerro en el nombre, un católico habría invocado probablemente a alguna Virgen en esa situación.
Catolicismos en tensión
Cuando hablamos de la Iglesia católica o del catolicismo solemos presuponer muchas veces que se trata de un actor homogéneo y, en consecuencia, construimos sentencias del tipo: la Iglesia dice o la Iglesia hace, el catolicismo quiere o el catolicismo rechaza... Sin embargo, la Iglesia y el catolicismo están bastante lejos de ser una entidad uniforme. Si tuviera que definirlos rápidamente diría que son, más bien, una constelación de actores, atravesados por ideologías, tendencias teológicas, espiritualidades, formas de vivir la religión y concepciones sociales y políticas distintas, incluso contrastantes. Un terreno, además, en el que esas diferencias –a veces solapadas, a veces visibles– se transforman frecuentemente en disputas y conflictos. Dicho de otra manera: un campo en donde sus participantes disputan la definición de las fronteras y los contenidos del catolicismo. El papa existe, claro está, y tiene autoridad. La Iglesia contemporánea, a diferencia de la medieval o la colonial, es efectivamente una institución centralizada y con una cierta capacidad de control. Pero, de nuevo, insisto, no hay que perder de vista que la autoridad –incluida la del papa– no deja de ser recurrentemente resistida o, lo que es más habitual, desconocida sin mayores consecuencias. Además, el papado es la cabeza de la Iglesia pero también, al mismo tiempo, uno más de los actores que disputan espacios y poder en el mundo católico. Un actor importante, no hay dudas de ello, pero no necesariamente el más determinante ni siquiera en cuestiones dogmáticas. Desde ya, incapaz de imponer su voluntad a ese universo de grupos y tendencias que forman la Iglesia. El papado de Francisco ofrece infinidad de ejemplos al respecto.
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Acto día de la Virgen en Rosario (2018).
Foto: Sebastián Suarez Meccia / La Capital
María y la unidad de la Iglesia
En este contexto, María funciona como una fuerza capaz de metabolizar, no sin tensiones, todo este universo de diferencias. Lo vemos cotidianamente en las peregrinaciones que se llevan a cabo a lo largo y a lo ancho del país. En estas celebraciones, todavía al día de hoy, María puede portar tanto una corona de oro y piedras preciosas, como en tiempos de las grandes coronaciones de la primera mitad del siglo XX –expresión de una Iglesia monárquica e intransigente–, como un poncho mapuche, en sintonía con los lineamientos del Concilio Vaticano II. Puede exhibir la banda de generala, con la que solían ataviarla los católicos integristas, o ir acompañada de pancartas denunciando injusticias sociales y diferentes formas de violencia, en donde resuenan los ecos de las teologías de la liberación y del pueblo latinoamericanas. En los santuarios marianos, todos estos catolicismos, ubicados políticamente a años luz de distancia unos de otros, se reflejan, sin embargo, en María. Una suerte de punto de condensación de la multiplicidad de rostros que componen el caleidoscopio católico.
Por todo ello me parece difícil imaginar en nuestros días la persistencia de la unidad de una Iglesia tan heterogénea en su interior sin el rol desempeñado por María. La fuerza centrípeta probablemente más importante del catolicismo contemporáneo. La que, de hecho, evocando a la Virgen de Bergoglio, se encarga de aflojar muchos de los nudos que desafían la siempre tensa unidad de la Iglesia.
(*) Dr. Diego Mauro, es investigador independiente en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET), docente y coordinador del Doctorado en Historia, forma parte de la Red de Estudios de Historia de la Secularización y la Laicidad (REDHISEL) y coordina el Observatorio de Culturas Religiosas también de la Universidad de Rosario (UNR)
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