En el último tiempo, las declaraciones del papa Francisco en Grecia sobre la situación de los refugiados generaron un fuerte impacto a escala mundial. De igual manera, el prolongado y cordial encuentro que mantuvo con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, a finales de octubre de 2021, fue minuciosamente analizado por los principales medios de comunicación. Situaciones como éstas hubieran sido francamente inimaginable para los católicos de las décadas de 1860 y 1870, cuando los Estados Pontificios agonizaban y Pío IX dinamitaba las vías de comunicación entre el catolicismo y la modernidad. Por entonces, lejos de cualquier forma de diálogo, las encendidas críticas del papa hacia los Estados, la soberanía popular, las naciones, la opinión pública y el liberalismo dominaban la vida de la Iglesia. En ese contexto, en 1878, cuando León XIII se sentó en la silla de Pedro, muchos pensaron que su papado sería el último. Como había ocurrido con los califatos en el mundo musulmán, la monarquía absoluta que encabezaba el papa en Roma se parecía cada día más a una pieza de museo.
Sin embargo, en pocas décadas, contra todos los pronósticos, la Santa Sede y el catolicismo lograron reinventarse exitosamente. El catolicismo social, apoyado finalmente por Roma tras la encíclica Rerum Novarum de 1891, se convirtió en una ideología política y social vigorosa, capaz de generar un verdadero "despertar" en las organizaciones católicas. En paralelo, además, el Vaticano fortaleció sus redes diplomáticas y sus vínculos con las Iglesias nacionales, principalmente en Europa y América.
En 2013, un siglo después de aquellos cambios, acorralado por los numerosos casos de abuso sexual y pedofilia, las denuncias de corrupción en el banco vaticano y la red de complicidades dentro de la Iglesia, el papa Benedicto XVI pateó el tablero y renunció.
"...Francisco ha intentado superar la crisis interna y poner en movimiento a los católicos. Si bien las reformas institucionales siguen un curso más bien lento, como era esperable, sus propuestas políticas y teológicas..." "...Francisco ha intentado superar la crisis interna y poner en movimiento a los católicos. Si bien las reformas institucionales siguen un curso más bien lento, como era esperable, sus propuestas políticas y teológicas..."
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El Papa Francisco en Lesbos. Gira por zonas de refugiados que ingresan por Grecia e Italia
Fuente: www.migrants-refugees.va
En este marco de profunda crisis institucional, tras su llegada al papado, Francisco inició una serie de reorientaciones y reformas que recuerdan, salvando las distancias, la táctica seguida por León XIII. A diferencia de lo ocurrido durante el Concilio Vaticano II, cuando se reivindicó abiertamente la idea de reforma con una impronta rupturista, León XIII introdujo cambios de hondo calado pero de manera progresiva, evitando presentarlos como grandes quiebres y subrayando más bien la idea de continuidad. En estos ocho años, emulando dicha estrategia, Francisco ha logrado avanzar más de lo esperado y aumentar las expectativas de los sectores reformistas de la Iglesia. Las tensiones internas, claro está, no han dejado de crecer, pero, al menos por ahora, el reconocimiento internacional alcanzado por Bergoglio y su forma de introducir los cambios le han ayudado a mantener las fuerzas centrífugas bajo control. Aunque todavía es muy pronto para evaluar la profundidad y pervivencia de las reformas, queda claro que Bergoglio acertó políticamente cuando apostó por mirar más a León XIII que a Juan XXIII.
La "gran transformación": el papado de León XIII
Si bien León XIII no rechazó las posturas intransigentes de Pío IX, a diferencia de él comprendió que la derrota militar del papado podía ser, en realidad, la base para reconstruir la Iglesia sobre nuevas bases. No ya como un Estado "absolutista" en constante crisis y retroceso, sino como un "imperio espiritual" de proyección global con una influencia potencial mucho mayor. En 1885, en la encíclica Immortale Dei, hizo explícito el cambio cuando señaló que la Iglesia era una sociedad principalmente espiritual, cuya naturaleza nada tenía que ver con el control de un territorio sino con la construcción de una comunidad transnacional de fieles.
Tres años después dio otro paso fundamental al sostener que los católicos y la Iglesia podían convivir con las diferentes formas de gobierno existentes y no sólo con las monarquías, puesto que la Iglesia no se oponía a la libertad sino a sus excesos. Dicho de otro modo: había una libertad buena y una mala. La modernidad y el lenguaje político liberal, por tanto, dejaban de ser manifestaciones del mal absoluto para pasar a ser un territorio en disputa que podía cristianizarse.
Por último, en 1891, con la sanción de la encíclica Rerum Novarum, León XIII hizo del catolicismo una ideología política moderna. A través de la encíclica, la Iglesia propuso un diagnóstico de los problemas sociales −que asociaba al avance del liberalismo−, y postuló una vía de solución basada en la conciliación de clases y la justicia social, principios que los católicos estaban obligados a respetar. Asimismo, delineó una suerte de utopía cristiana: la "nueva cristiandad". Las católicos, en consecuencia, no debían quedarse de brazos cruzados esperando el regreso de Jesús y la vida en el más allá, sino lanzarse a hacer todo lo posible por construir el Reino en la tierra.
Con estas encíclicas, sin decirlo abiertamente, León XIII llevó a cabo la transformación más importante del catolicismo contemporáneo. En unas pocas décadas, el papado dejó de ser una pieza de museo y se convirtió en la cabeza de un poder espiritual global y en el referente de una ideología que, en muchos países, compitió tanto con el liberalismo como con las ideas socialistas, anarquistas y comunistas a lo largo del todo el siglo XX.
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El Papa Francisco en Lesbos. Gira por zonas de refugiados que ingresan a Europa por Grecia e Italia. diciembre 2021.
Fuente: www.migrants-refugees.va
Francisco en el espejo de León XIII
Desde su llegada al papado, Francisco ha intentado superar la crisis interna y poner en movimiento a los católicos. Si bien las reformas institucionales siguen un curso más bien lento, como era esperable, sus propuestas políticas y teológicas han fortalecido al catolicismo como horizonte utópico y, de hecho, lo han colocado en el centro de las discusiones sobre la posibilidad de construir un futuro alternativo, capaz de poner un freno al capitalismo y avanzar incluso más allá. En dicho terreno, en otros tiempos hegemonizado por las izquierdas y hoy colonizado por las ideas neoliberales, Francisco intenta hacer del catolicismo un jugador de peso. En este sentido, en contraste con la Iglesia de Ratzinger, distante y a la defensiva, Francisco como León XIII vuelve a hablar del futuro y reivindica como cristianas las ideas de fraternidad, igualdad, comunidad y pueblo. Las piezas con las que intenta conformar una nueva utopía cristiana en los bordes del capitalismo actual. De momento, la estrategia adoptada ha logrado sacar del ostracismo a la Iglesia y, no sin tensiones crecientes, ha mantenido las conflictos internos relativamente contenidos. El escenario futuro, no obstante, es incierto. El próximo cónclave, sobre el que comienzan a depositarse todas las miradas, dirá si los cambios vinieron para quedarse, y qué lugar le cabe a la Iglesia católica en las próximas décadas.
(*) Diego Mauro, es investigador independiente en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET), docente y coordinador del Doctorado en Historia, forma parte de la Red de Estudios de Historia de la Secularización y la Laicidad (REDHISEL) y coordina el Observatorio de Culturas Religiosas también de la Universidad de Rosario (UNR)
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