Debemos al diario que escribió Robert Mossman, meteorólogo y miembro de la Expedición Antártica Escocesa, el testimonio sobre la muerte y el entierro de Allan Ramsay, uno de sus integrantes, en los primeros años del siglo veinte.

Debemos al diario que escribió Robert Mossman, meteorólogo y miembro de la Expedición Antártica Escocesa, el testimonio sobre la muerte y el entierro de Allan Ramsay, uno de sus integrantes, en los primeros años del siglo veinte.
Mossman cuenta que los tripulantes del Scotia enterraron a Ramsay el 8 de agosto de 1903 en una playa de la isla Laurie, la mayor de las Orcadas, al noreste de la península Antártica. La ceremonia fue un sábado en el que no había ni una sola nube. El cielo celeste, el sol refulgente y las cumbres nevadas eran un bello escenario para el funeral. Los miembros de la Expedición Antártica Escocesa habían pasado el invierno atrapados entre los hielos, pero su joven compañero, que ya estaba enfermo y era de una pobre condición física, no pudo llegar a la primavera.
Poco después de las once de la mañana, y aprovechando la calma, el cortejo encabezado por el comandante de la expedición, el capitán Bruce, marchó con el ataúd al hombro por la playa. Unos pasos adelante, rumbo a la fosa, los guiaba un gaitero que tocó un lamento mientras la bandera escocesa, azul y blanca, aleteaba suavemente sobre los tablones toscos. Quizás el chillido de algún ave marina los haya acompañado. Eso es conjetural, aunque agregaría dramatismo. Lo que sí sabemos es que había muchos pingüinos cerca de ellos.
Debido a la dureza del suelo cavaron la tumba de Ramsay con mucha dificultad: hicieron un pozo de un metro de profundidad donde depositaron el cajón, al que cubrieron con los grandes cantos rodados de la costa. Antes de eso el capitán leyó una plegaria. Tiene que haber sido una escena imponente: los rostros serios, la voz plañidera de la gaita en ese escenario desolador, la minúscula dignidad de la tumba allí, un túmulo de grandes ripios de la playa y una cruz de madera. Los días siguientes fueron grises, ventosos y lluviosos, como si el territorio también llorara al hombre que lo había desafiado.
Los compañeros de Ramsay estaban conmovidos, cuenta Mossman en su diario. Es un libraco cosido, de hojas relucientes a pesar del paso del tiempo, repleto de notas a pluma escritas con una caligrafía apretada y diminuta. Se trata del Letts’s Office Diary and Almanac for 1903, un libro que se vendía como diario para uso de viajeros, hombres de negocios y marinos. Era una herramienta para los habitantes del Imperio: las primeras ciento treinta páginas, impresas, ofrecen gran cantidad de información: tipos de cambio, países y sus correspondientes monedas, feriados y formas de gobierno, direcciones consulares, tablas de pesos y medidas y sus conversiones, avisos de seguros, propagandas de bancos.
A continuación seguían las páginas rayadas, en las que Mossman llevó registro del viaje del Scotia. Son anotaciones regulares y casi impersonales (vientos, temperaturas, presión atmosférica, paisajes) hasta llegar a la muerte de su compañero, el jueves 6 de agosto de 1903: “Allan Ramsay, nuestro ingeniero jefe, de 25 años, murió esta tarde, y el triste suceso naturalmente tiñó de profunda tristeza a la Expedición”. Anotó también que “es muy triste que haya muerto a 8.500 millas de casa y de sus amigos. Si hubiera estado más cerca, el objetivo de regresar lo habría sostenido durante la enfermedad, pero es probable que ya había abandonado todas las esperanzas de volver”. En el mejor de los casos podrían haberlo llevado a Stanley (Malvinas), y el estar más cerca y entre más personas podría haber actuado como “tónico mental”. Pero no fue así.
La hoja en la que Mossman consigna la muerte de Ramsay tiene marcas de su tristeza. La edad del difunto está agregada a lápiz, como si con ello, al revisar, Mossman hubiera querido acentuar la injusticia de esa muerte. Y en el encabezado, allí donde aparecen día a día las fechas, el meteorólogo había trazado un recuadro más grueso a pluma alrededor del “Jueves 6”, el mes, y el año, como si no quisiera que esa muerte fuera olvidada.
Mossman terminó sus días en la Argentina, y de manera azarosa pude leer el diario que llevó durante la expedición del Scotia. Hacerlo no estuvo exento de dificultad. No solo porque estaba en otro idioma sino porque tuve que esforzarme por descifrar su letra, intacta y vital casi ciento veinte años después de los sucesos que narraba. En Recuerdos de mi inexistencia, la escritora Rebecca Solnit recuerda un lugar de venta de postales antiguas, en San Francisco, el Postcard Palace, que visitaba en sus tiempos de estudiante y que “solo vendía postales viejas”, casi todas selladas y escritas con “la caligrafía llena de confianza de su época”. Imposible no evocar esa idea de confianza en el futuro al leer el diario de Mossman, su voluntad de registro y de recuerdo.
La muerte de Ramsay vino a mi mente hace unos días, cuando una colega me envió un artículo de una especialista en la Guerra Civil estadounidense, la historiadora Drew Gylpin Faust, con el título La cursiva es la Historia. Cuenta que en un curso universitario, uno de sus alumnos había elogiado un libro pero también se había quejado porque las fotografías de manuscritos de la Guerra de Secesión no le habían resultado útiles, ya que no podía leer en cursiva. De ese curso, dos tercios estaban en su misma situación, y casi el total no sabía escribir así. ¿Y si tenían que firmar? Combinaban vestigios de lo que recordaban con firuletes y garabatos, le respondieron. Faust sostiene que esto no es solo fruto del vuelco acelerado a las pantallas, producto de la pandemia, y el uso de tablets o laptops sino también a una reforma educativa que en 2010 omitió del currículum la escritura manuscrita.
Las consecuencias son alarmantes. No tanto por el abandono de un saber específico y sus consecuencias psicomotrices, que fue lo que se esgrimió en contra de esa reforma, sino sobre todo —sostiene la autora— porque la incapacidad para leer cursiva nos priva del acceso directo a nuestro propio pasado. En poco tiempo necesitaremos especialistas para leer cartas de comienzos del siglo XX como hace treinta años necesitábamos paleógrafos. Esa mediación limitará el acceso a las fuentes. Desde el punto de vista de la investigación, la materialidad de las fuentes primarias, la emoción, la vitalidad del pasado, será algo que los nuevos investigadores no experimentarán, por más transcripciones de las que dispongan. Por no hablar del criterio de selección para ellas, lo que es un filtro más en cuanto acceso al conocimiento. Faust recuerda el caso de Oliver Wendell Holmes Junior, que escribió en un papel su nombre y la dirección de su padre. En el campo de Antietam, en 1862, pinchó el escrito a su uniforme con un alfiler. Si lo herían o mataban no quería ser “uno de los incontables soldados desconocidos de la Guerra Civil”.
De la misma manera Mossman anotó el nombre de su compañero y remarcó la fecha en el diario. No quería olvidarlo él, y tampoco quería que el futuro olvidara a Allan Ramsay, maquinista. Nosotros somos el futuro de esos hombres, pero también lo son los alumnos de Faust. Pero ellos ya no pueden leer ni a Mossman ni otros testimonios.
Hay una cita latina: “verba volant, scripta manent”, que significa que las palabras vuelan y lo escrito permanece, la raíz culta del dicho popular de que a las palabras se las lleva el viento. Alberto Manguel, en su libro Historia de la lectura, comenta que la cita, de un senador romano, es una alabanza de la expresión verbal, por oposición a lo escrito, que es letra muerta. Frente al señalamiento de Faust, esta idea merece ser revisada. Aquello que está escrito vive en nuestras preguntas y en nuestra capacidad de leer lo que fue confiado al futuro por manos y mentes hace un siglo, o desde los primeros intentos por traducir sonidos a dibujos. El camino inverso es peligroso no solo porque pone en riesgo esa voluntad de encuentro de los seres humanos del pasado con nosotros, sino porque coloca en un mismo nivel de volatilidad todo lo dicho, lo escrito, es decir, lo que somos. Nos coloca, además, a merced de alguien que decida qué recuerdos son dignos de memoria, y cuáles no. Y por extensión, qué personas también.
Al anotar en su diario el nombre de su compañero en su diario, Mossman lo preservó del olvido de la posteridad, ya que seguramente él no lo iba a olvidar nunca. Del mismo modo, el combatiente que recuerda Faust pretendía ser recordado y, para hacerlo, escribió su nombre en un papel. Hay algo tan humano en ambas acciones que solo por eso merecen el esfuerzo de preservar ese arte de la escritura a mano, en cursiva. Para ser capaces de acercarnos a sus palabras, para prolongar el poder de esa magia racional. Así no solo sobrevivirá el recuerdo de Ramsay, sino de aquello que nos distingue como seres humanos.
Por Mariano D'Arrigo
Por Javier Felcaro
