El primero que lo contó como anécdota fue un policía maduro que era del Cuerpo Guardia de Infantería. Había pasado más de una década pero el asunto seguía intacto en su memoria. Se trató de la desventura de cuatro ladrones, algunos con largo recorrido en el hampa, que llegaron a robar a una chatarrería de Lavalle y Cerrito dedicada a la compraventa de metales. Se metieron en el comercio en lo que pintaba como un robo más sin contar con que apostado y escondido había un ejército de treinta policías de Investigaciones, Seguridad Personal y del Grupo de Infantería de Respuesta Inmediata. Se habló de minutos de enloquecido tiroteo como el que pocas veces se había visto en Rosario.
Según el veterano uniformado que allí estuvo no fue tan así. La robusta milicia que esperaba afuera abrió una cortina de fuego que masacró a los cuatro asaltantes que no tenían como recular en el amplio local rectangular del depósito. Los cuerpos quedaron tirados en la puerta, fulminados en el acto por disparos que los barrieron en abanico haciéndolos saltar del aire al suelo.
Todo parecía muy extraño para conciliar con lo que contaba oficialmente el jefe de Agrupaciones Especiales aquella mañana de lunes 6 de febrero de 2006. Si había sido un brutal enfrentamiento no parecía probado ante la falta de una trayectoria confrontada de las balas, con ningún policía rozado o herido y sin especial evidencia de daños del lado opuesto desde donde tiraban los delincuentes. Todo tenía el aspecto de una sangrienta emboscada.
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El ingreso de los ladrones a la chatarrería Farago-De Yuliis había sido minutos antes de las 9.30 de aquella mañana. La policía estaba advertida. Según contó entonces el jefe de Unidades Especiales Rodolfo Romero un llamado anónimo a la Brigada de Investigaciones los había puesto en aviso. "Va a haber un asalto de mucha gente armada en una chatarrería de Lavalle al 2100. Háganme caso porque es verdad" habría dicho la misteriosa voz. La nota de este diario del día siguiente dice que los datos los pasó "una persona vinculada al entorno de la empresa que responde al apodo de Chueco".
Un hecho sanguinario, ningún policía herido, cuatro ladrones muertos, un relato que hablaba de ataque inicial de los delincuentes y un llamado anónimo imposible de rastrear porque había sido hecho de un locutorio. Un paquete cerrado para que la aparente cacería en una ratonera no implicara para la fuerza el menor sobresalto, más allá de los sumarios rutinarios a los policías participantes. Pero que dejó en pie un pilón de dudas en la prensa sobre la verdad de lo ocurrido. Hasta que esta semana, 16 años después, alguna luz se proyectó sobre la oscuridad de ese hecho. Fue por dos testigos que lo mencionaron en el juicio oral y público que se está realizando a Esteban Alvarado.
El entregador
Alvarado llegó al juicio de esta semana como jefe de una asociación ilícita que generó una gran cantidad de empresas a partir de sus delitos, como instigador de dos homicidios y por cinco hechos de lavado de activos. Todo lo volcado en la primera semana en las voces de los testigos se transformó en un tratado asombroso y deslumbrante de la criminalidad de los últimos veinte años en Rosario. En esos pasajes quedó perfilada la historia de un líder criminal en sus muchas facetas. La que justamente exhibe el incidente de la chatarrería refiere el momento inaugural de una relación que sería fecunda y sistémica: la de Alvarado con la oficialidad con mando de la policía de Rosario.
Ese intercambio probado que le aseguró cobertura durante mucho tiempo a Alvarado se atalonó en algunos avisos que éste hacía a la policía sobre actividades delictivas de sus entornos. Quedó planteado esta semana en el juicio. Se habló de un robo al supermercado La Reina de bulevar Oroño y Saavedra, del golpe al Hipermercado Makro cometido en agosto de 2004 en la colectora de avenida de Circunvalación y la autopista a Santa Fe. También el atraco a la chatarrería que compraba toneladas de bronce, acero, aluminio, plomo y especialmente cobre, que en esos días cotizaba a 14 pesos el kilo, unos mil pesos de ahora, lo que volvía atractivo diseñar un atraco.
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El martes pasado la testigo Mariana Ortigala, cuyo hermano Rodrigo fue colaborador de Alvarado, contaba que éste antes de traer cargas de marihuana en avionetas desde Paraguay se dedicaba a robar autos a mano armada y a otro tipo de delitos. "Fue aprendiendo un montón con lo de los autos, armó una banda que fue esa banda famosa que murió en la chatarrería", les dijo a los jueces. Se refirió enseguida a Carlos Argüelles, mano derecha de Alvarado que declaró contra él y que fue asesinado en septiembre pasado.
"Carlitos (Argüelles) me contó que Esteban entregó la banda de la chatarrería, cuando los mataron a todos, creo que fue Lavalle al 3500 (sic) una chatarrería, la misma banda que robó en el Makro y que hacia entraderas. Y después siguió con el tema de los autos y después hizo un paso fuerte cuando se juntó con Luis Medina en el tema del narcotráfico”, dijo la mujer.
El jueves llegó el momento de reproducir la voz de Carlos Argüelles, registrada en audio a fines de 2020 con la garantía de una jueza. Fue algo pocas veces visto en un juicio: la exposición en audiencia del testimonio de un testigo muerto. Allí la voz de Argüelles se refiere a la chatarrería: "En el 2004 (sic) él fue a robar una chatarrería y murieron cuatro de sus compañeros. Ya habían ido antes a robar (ahí). Volvieron y los acribillaron a todos, él quedó a cargo porque su compadre Víctor Oviedo (murió), y quedó a cargo del hijastro de éste".
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Víctor Hugo "Chueco" Oviedo era el empleado de la chatarrería que según la policía entregó el robo a la banda de Alvarado. El grupo de Esteban fue a cometer el asalto. Pero esta vez él no estuvo allí. Alguien avisó lo que pasaría. A los cuatro que entraron los remacharon a plomazos de arma reglamentaria.
El Chueco Oviedo, sobreseído por el robo al Makro y compadre de Alvarado, fue uno de los muertos. Los otros fueron Maximiliano Eber, Daniel Aguirre y Jorge Luis Graña, el único sin antecedentes delictivos. Los sumarios administrativos a los policías no determinaron una actuación irregular. La jueza del caso fue Alejandra Rodenas.
Ante los policías los dueños de la chatarrería, un galpón inmenso, relataron que dos meses antes de ese sangriento episodio habían sufrido un importante robo. "Sucedió cuando un grupo de asaltantes interceptó un camión de la firma y se apoderó del rodado y de unos 8 mil kilos de cobre. El asalto ocurrió a pocas cuadras de la chatarrería y habría sido perpetrado por el mismo grupo", señaló ese día la crónica de La Capital.
En lo que se escuchó este jueves ante los jueces en una nueva audiencia del juicio a Alvarado, el asesinado Argüelles habló de lo mismo. "Ya habían ido a robar antes ahí. Volvieron y los acribillaron a todos". La segunda vez, la del exterminio, Esteban no estuvo.
El acuerdo de Alvarado con sectores jerárquicos de la policía provincial es otra muestra de su sagacidad. Lo que se está viendo en el juicio iniciado la semana pasada es la fase embrionaria de esos pactos. Que funcionaban sobre la base de una gratificación a la fuerza que pasaba además, según lo sugerido con claridad, por entregar acciones que pudieran quedar como operativos positivos para la policía.
Un caso significativo está en una de las viejas escuchas entregadas a la Justicia provincial por el fiscal de San Isidro Patricio Ferrari, quien investigó y llevó a Alvarado a ser condenado por el robo de autos en el norte del conurbano bonaerense. Fue antes de 2012. En una de esas escuchas Alvarado habla con el comisario ya condenado Marcelo "Puchero" Rey. El policía le refiere que se enteró de unos autos robados por un grupo que abastecía a Esteban en el lavadero Car Wash de San Juan y Dorrego y se los ofrece para venderlos. "Yo estoy trabajando bien ahora. Deciles que sí, hacé un procedimiento y sumate un porotito", contesta Alvarado. Efectivamente el comisario Rey, que estaba en Sustracción de Automotores, detuvo a los ladrones.
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En estos días de juicio queda muy expuesta la forma en que Alvarado construyó su organización criminal, su liderazgo, sus alianzas, su personalidad y sus pactos con policías de rango. Algo a tal punto afianzado que el propio fiscal bonaerense Ferrari se lo dijo a este diario en 2017 cuando consiguió que lo condenaran a siete años de prisión por robar autos de alta gama que se traían a Rosario. "De las escuchas lo más notorio eran dos cosas", dijo Ferrari. "La principal actividad de Alvarado no parecía tener que ver con lo que nosotros investigábamos, robo de autos, sino con estupefacientes. Y la protección que gozaba de la policía de Rosario era impresionante. Por eso ni avisamos al allanarlo en agosto de 2012 y mandamos a tropas de Gendarmería”, sostuvo.
A raíz de esas escuchas se allanaron en diciembre de 2012 las sedes del Comando, de la TOE y las comisarías 12ª de Ludueña, 14ª de barrio Belgrano y 17ª de Fisherton, todas zonas de actuación de los grupos de Alvarado. Pero nada prosperó. En la Justicia Federal de Rosario las actividades de Esteban tampoco llamaban la atención pese a que la Policía de Seguridad Aeroportuaria desde 2013 elevó 14 informes allí sobre las actividades ligadas al narco de Alvarado y sus conexiones policiales: el primer procesamiento por drogas para él fue a fines de 2019.
Desde el momento que se contó por primera vez lo de la chatarrería fue un evento sospechable y opaco. El momento de alguna explicación le llegó esta semana última, a exactos 16 años después, sobre algo que estuvo asimismo largamente en penumbras: la vigorosa y también larga historia de la sociedad entre Alvarado y la policía rosarina.