Finalmente, llegó el Día B. El balotaje está aquí. Sergio Massa o Javier Milei. Gane quien gane la elección, el resultado marcará un punto de inflexión en la historia argentina. Nada será igual. Ni en la economía, ni en la política, ni en la convivencia social.
Una es la sensación en la previa de que la elección está abierta. Las encuestas ubican a ambos en la zona del margen de error estadístico. La pelota pegó en el fleje de la red, se elevó, empezó a caer y no se sabe de qué lado va a picar. Un país atrapado en la escena inicial de Match Point, la película de Woody Allen.
Sea cual sea el resultado, el balotaje viene a cerrar el largo ciclo abierto en 2001. De algún modo, el país parece volver al punto de partida. Un esquema económico agotado. La autoridad presidencial, vaciada. Un rechazo extendido del establishment político.
Hasta acá llegan las coincidencias. Esta vez, la crisis le quema en las manos al peronismo y se arruga su credencial del partido-bombero que viene a apagar el incendio. Aún agujereada, la malla de contención social todavía aguanta a los más vulnerables y evita el estallido. La elección presidencial canaliza el malestar y le da una válvula de escape. Y el “que se vayan todos” no es un grito desgarrado al aire. Se corporiza en un candidato: Milei.
Especialistas en las patologías económicas crónicas del país coinciden en que con 140% de inflación anual no hay otra terapia por fuera del shock. En cualquier caso, la discusión es sobre la dosis y cómo se mitigan los efectos secundarios.
Con Cristina y Macri fuera de las boletas pero todavía dentro de la población políticamente activa, el sistema político argentino atraviesa una transición de liderazgos de resultado abierto. Pero no sólo cambian los jugadores: se rearma el tablero. El diseño final dependerá de lo que suceda hoy.
Massa parece llegar mejor desde el lado de la oferta. Salió envalentonado del debate y un peronismo con abstinencia de jefatura se muestra cohesionado detrás de su figura. En el último tramo, el exintendente de Tigre cosechó apoyos inesperados, como la Sociedad Rural Argentina. Quince años después de la 125, podrían germinar nuevas relaciones entre el peronismo y el mundo agropecuario.
Milei, por el contrario, parece conectar mejor con la demanda. La expectativa de cambio y la pulsión antiperonista son dos corrientes potentes que pueden arrastrarlo hasta la Casa Rosada. Incluso, a pesar de la estructura precaria con la que navega y sus bandazos en el timón.
image.png
Milei versus Massa, un duelo entre dos candidatos completamente opuestos.
Foto: Luis Robayo/Pool via AP
A su modo, ambos son candidatos incompletos. El libertario funciona bien como vocero. Conecta emocionalmente con una sociedad enojada tras una década de frustración económica y que se siente bullyneada por la dirigencia, pero le calzan mejor la chaqueta negra y la campera azul deportiva que el traje de presidenciable.
A Massa el perfil ejecutivo le brota por cada poro, pero carga con la mochila de la gestión —de la que es no sólo ministro de Economía sino también el presidente de hecho— y le cuesta presentarse como vendedor representante del cambio.
El balotaje acentúa el formato oligopólico del mercado político. No compiten todos los que quieren, sino los que pueden. Las barreras de entrada son altas: se necesita un partido político, candidatos y mucho dinero. Los votantes-consumidores encontrarán sólo dos productos en la góndola electoral.
La primera vuelta mostró los apoyos genuinos con que cuentan Massa y Milei. El balotaje generará una mayoría artificial, inflada sobre todo con sentimientos negativos. El libertario busca el tanque de bronca. El ministro, el surtidor de miedo.
Con el 37% de las generales Massa está más cerca del 50% pero debe seducir a un electorado más hostil. Los votantes de Bullrich y un sector de quienes apoyaron a Juan Schiaretti parecen más cercanos a la propuesta de Milei, pero su radicalidad y su propia figura despiertan dudas en un sector no menor de ese electorado. “La clave son los sectores universitarios no peronistas”, dice un experimentado armador político de la provincia. Se verá si en ese segmento, históricamente favorable a Juntos en elecciones nacionales y al Frente Progresista en las locales, Massa pesca voto oculto.
Con el llamado a las urnas se termina una campaña que se libró en todos los frentes. En las calles y en las casas. En los medios y en las redes. Entre los dirigentes y la militancia silvestre. Una campaña donde fueron protagonistas las piezas hechas con inteligencia artificial, pero también las fake news, que apuntan a difuminar la frontera entre lo verdadero y lo falso y a reforzar los prejuicios de quienes están expuestos a ellas.
Como un meteorito del espacio exterior que se desgrana cuando ingresa a la atmósfera, la sospecha que agitó Karina Milei sobre la integridad del proceso y la confiabilidad del resultado —un hecho sin precedentes para una democracia que lleva cuarenta años de elecciones limpias y transparentes— se redujo a un pedido de medidas preventivas ya contempladas en el Código Electoral.
En este marco, un escenario en el que una de las fuerzas se imponga por un margen estrecho será un test de responsabilidad dirigencial. Si priorizan el resguardo del andamiaje institucional sobre las ventajas electorales de cortísimo plazo.
>> Leer más: La Cámara Electoral se reunió con los apoderados de Unión por la Patria y La Libertad Avanza
Por ahora, tanto un eventual gobierno de Massa como una posible gestión de Milei aparecen más incógnitas que certezas. Si gana el ministro, no tendrá luna de miel: deberá lidiar con una sociedad cansada de esperar resultados. El 10 de diciembre caducarán las excusas y será, ahora sí oficialmente, su gobierno.
Además, Massa será el jefe de un nuevo peronismo. Buscará jibarizar al kirchnerismo y fichar a opositores para el promocionado gobierno de unidad nacional, que tendrá sólo tres semanas para acoplarse y llenar todos los casilleros del organigrama estatal. El gran interrogante es si Massa y su equipo tienen la pericia técnica y la muñeca política para conducir un ajuste con contención social y administrar las tensiones que aparecerán en el camino. Pueden ser actores corporativos, como entidades empresarias, sindicatos y movimientos sociales. O bien políticos, tanto opositores como integrantes de la misma coalición. Hola qué tal, diría Cristina.
image.png
Macri y Cristina, dos figuras en declive pero que siguen gravitando al interior de sus espacios.
Si Milei es quien se impone en las urnas el país estará frente a un experimento inédito. Será el turno del hermano menor dentro de la gran familia de la derecha radical global. Donald Trump venía de la jungla de los negocios y tenía el respaldo del Partido Republicano. Si bien era un diputado marginal en la política brasileña, Jair Bolsonaro había hecho su carrera política y contaba con el apoyo de un sector importante de las Fuerzas Armadas cuando la crisis del PT y la implosión de la centroderecha tradicional le abrió una oportunidad para llegar al poder.
Con una estructura armada con lo que encontró en el camino, sin experiencia en gestión, una acentuada rigidez ideológica y una personalidad volátil, se verán en la corta transición los alcances del acuerdo con un Mauricio Macri que busca conservar el ADN de la versión más dura del PRO, ahora en un nuevo cuerpo.
Habrá que ver en la conformación del gobierno cuánto amarillo se mezcla con el violeta, el grado de flexibilidad de Milei para tejer acuerdos en el Congreso y una cuestión central: cuál es la estrategia que tiene en carpeta para llevar adelante su ambicioso programa de reformas pro mercado. En este terreno podrían combinarse gradualismo económico con shock político y abrirse una serie de frentes de conflicto —con el kirchnerismo, organismos de derechos humanos, colectivos de la diversidad— que tornarían todavía más espesa la atmósfera pública.
Sea el candidato de UxP o el postulante de LLA, le tocará enfrentar una sociedad que agotó su paciencia tras una década de frustraciones y una situación económica crítica. A ese combo explosivo se suma una sociedad partida, que podría dejar a la grieta entre kirchnerismo y antikirchnerismo como una simple rajadura en una pared. Después de un año agobiante, con cinco votaciones para los santafesinos, el año electoral llega a su fin. Será Massa o Milei. Pero a partir de hoy nada será igual.