Política

"Si la tensión entre EEUU y China baja, la Argentina puede pivotear"

El analista internacional Nicolás Creus planteó, en una entrevista con La Capital, los desafíos geopolíticos en medio de las tensiones entre las dos potencias dominantes

Sábado 02 de Enero de 2021

De acuerdo al analista internacional Nicolás Creus la pandemia está lejos de ser un cisne negro, ya que se esperaba que ocurriera un evento de este tipo aunque no se sabía cuándo ni dónde, y destapó una serie de desequilibrios que azotaban hace tiempo al mundo.

  En diálogo con La Capital, el director de Negocios Internacionales de Terragene y coautor junto a Esteban Actis del libro “La disputa por el poder global” destaca la relación entre Estados Unidos y China como la principal variable para entender la dinámica global y remarca que a la Argentina le conviene la distensión entre ambas potencias.

  —¿Por qué la pandemia no es un cisne negro?

  —El cisne negro es un evento inesperado que no puede ser anticipado. En el libro usamos dos, conceptos en inglés: lo que no sabemos que no sabemos, y lo que sabemos que no sabemos. La pandemia es un ejemplo del segundo caso: sabíamos que podía ocurrir, pero no cuándo ni dónde. Este es un punto problemático, porque los países, al igual que las empresas, se resisten a blindarse ante riesgos que tienen una probabilidad de ocurrencia baja. La gran mayoría de los países no estuvo preparada para enfrentar un evento que ha sido muy disruptivo.

  —Tomando el Covid-19 como síntoma, ¿qué está manifestando del funcionamiento del sistema internacional?

  —A lo largo del tiempo, el mundo fue acumulando una serie de desequilibrios en una especie de olla a presión, y lo que hizo la pandemia fue sacarle la tapa. Además de los desafíos vinculados a la salud pública, se observa un peligro incluso mayor al virus: el riesgo de la falta de liderazgo global. Eventos disruptivos con impacto sistémico plantean la necesidad de la cooperación internacional. En este sentido, la pandemia apareció en el peor momento, cuando el mundo se encuentra atravesado por una disputa por el liderazgo global, protagonizada por las dos principales potencias del sistema: Estados Unidos y China. Son los únicos países que tienen capacidad suficiente para proveer bienes públicos globales, como seguridad internacional y estabilidad financiera internacional. Es importante que entre estos dos países exista cierto nivel de coordinación, más allá de la rivalidad.

 —Un ejercicio contrafáctico: ¿Con un liderazgo más multilateralista en EEUU la gestión de la pandemia hubiera sido diferente?

  —Los contrafácticos seducen pero son difíciles de analizar, porque no ocurrieron. Lo que sí sabemos es que la conflictividad entre EEUU y China es estructural y anterior a la pandemia, incluso previa a Trump. A EEUU le ha costado descifrar a China, manejar y gestionar su ascenso. Estamos en un orden internacional en transición, donde tenemos a un gigante como China que ha experimentado un crecimiento inédito en términos históricos. Biden va a tratar de fortalecer las alianzas tradicionales y revitalizar las instituciones del orden internacional liberal, pero la conflictividad entre ambos países es estructural, por lo que vamos a seguir viendo volatilidad en el vínculo.

  

—¿Cuáles son los escenarios más probables en la dinámica de esa relación?

  —Nosotros distinguimos cuatro dimensiones a través de las cuales discurre la relación entre EEUU y China y se expresa la rivalidad. La primera es la comercial, que es la epidérmica, la que está en la superficie y no necesariamente la más importante. La segunda es la tecnológica, donde se dirime buena parte de la disputa geopolítica y donde las posibilidades de cooperación se vuelven complejas, porque es un juego de suma cero. La tercera es la militar, que es la dimensión latente, para nosotros tienen una probabilidad baja. La cuarta es la económica-financiera, que marca el límite de la confrontación; aquí reside el corazón de la interdependencia: China es el mayor tenedor de bonos del Tesoro de Estados Unidos, por 1.3 billones de dólares. Esta es la principal barrera de contención a una ruptura, que sería muy costosa para Estados Unidos y China, y para el resto de la economía global. Es una diferencia importante respecto de lo que fue la bipolaridad de la Guerra Fría.

  —En este marco, y pensando en la dependencia de la Argentina de dólares financieros de Estados Unidos y de dólares comerciales de China, ¿puede el país pivotear entre ambos o tendrá que inclinarse por uno de los polos?

  —Ciertamente, la evolución del vínculo entre EEUU y China es probablemente la variable más importante a la hora de entender la dinámica internacional. Es una situación compleja: el límite de la confrontación muestra que la cooperación es posible, pero al mismo tiempo difícil por la pulseada tecnológica. La dinámica que asuma este vínculo determinará los mayores o menores márgenes que el orden internacional presente para el resto de los actores. Cuando la polaridad se distiende aumenta la posibilidad de pivotear, pero cuando la tensión entre las potencias crece se hace mucho más difícil construir agendas positivas de manera simultánea con ambos poderes. Argentina hoy tiene intereses con ambos actores y naturalmente le conviene un clima de distensión entre las potencias. Por el contrario, al país se le puede complejizar el escenario si la tensión entre China y EEUU aumenta en el campo tecnológico. De todos modos, es importante lo que haga Brasil, porque condiciona a la Argentina. Si Brasil no acepta el ingreso de Huawei, y es poco probable que lo permita, es difícil que el país lo haga.

  —¿Cuál es su balance de la política exterior argentina en este primer año de gobierno de Alberto Fernández?

  —El gobierno de Alberto Fernández llegó con una agenda donde la deuda ocupaba todo, y en el medio surgió la pandemia. Es difícil en este marco pensar en una política exterior que se salga de esa coyuntura y que no tenga un sesgo reactivo. Ante los riesgos la clave es tener la casa en orden: los países que tienen equilibrios macroeconómicos están en mejores condiciones para responder a este tipo de eventos, porque tienen mayor margen para implementar políticas. La Argentina ya venía con desequilibrios y se encontró además con un evento de impacto sistémico. En este escenario, lo último que necesita nuestro país es un clima internacional tenso.

 —Pensando en el 2021, si tuviera que hacer un análisis Foda (fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas) de la Argentina, ¿qué escribiría en cada cuadrante?

  —Buena parte del riesgo global que enfrentan Estados, empresas e individuos estará dada por externalidades negativas derivadas de los denominados cisnes verdes, eventos disruptivos vinculados con desequilibrios medioambientales, sociodemográficos. Son eventos que prometen aparecer con mayor frecuencia en el futuro inmediato, y que imponen al mundo nuevos desafíos, no sólo tecnológicos sino también en el plano de la cooperación internacional. En cuanto a la debilidad, pondría en el caso argentino los desequilibrios macroeconómicos, que quitan margen de maniobra. La oportunidad está dada por algunas fortalezas que tiene la Argentina pero que no son valoradas. Por ejemplo, la innovación. El país tiene ventajas comparativas en el campo de la economía del conocimiento: cuenta con recursos altamente formados y calificados, y tiene líneas de investigación muy bien desarrolladas, sobre todo en ciencia básica. Hay insumos para empezar a pensar un modelo de desarrollo sustentable, basado en la economía del conocimiento.

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