POLICIALES

Cómo persiguieron a la testigo de un crimen para que cambiara sus dichos

Las escuchas a Claudio "Morocho" Mansilla y su entorno revelaron las gestiones de su pareja para desincriminarlo de un doble homicidio

Domingo 11 de Julio de 2021

“Si no hacés nada, no le ofrecés plata o no tratás de moverte antes de la feria para que la mina haga algo, yo no salgo nunca más”. El pedido de Claudio “Morocho” Mansilla a su pareja para que apretaran a la principal testigo de un doble crimen inició una afiebrada cacería, con hasta siete llamados diarios a lo largo de veinte días para lograr que la novia adolescente de una de las víctimas se rectificara. Ese derrotero fue captado minuto a minuto en escuchas de la causa por la que Mansilla fue condenado días atrás a 25 años de prisión, al final de un juicio que avanzó tras su espectacular fuga junto a otros siete presos de la cárcel de Piñero hace dos semanas.

El hostigamiento a los testigos quedó expuesto en el debate oral y público del que Mansilla participó sólo el primer día. Sobre el final, en sus alegatos de cierre, la fiscal Marisol Fabbro remarcó el “estado de terror con el que llegaron los testigos a declarar al debate, fuertemente intimidados por parte de Mansilla y su séquito” y puntualizó que los allegados a las víctimas no ignoraban los antecedentes del prófugo: “Fueron reiteradas las referencias a que se trata de un peso pesado”.

La noticia de la evasión de Mansilla de la cárcel de Piñero, de donde escapó la tarde del domingo 27 de junio en un golpe comando con apoyo externo, activó en el momento la asignación de custodia a quienes aún debían presentarse a declarar en el juicio por el doble crimen de Kevin Nieri y Leonel Bubacar Aw Borda, del 23 de septiembre de 2018. Desde entonces, dos de las tres entradas al pasillo de Lima al 2100 donde acribillaron a los jóvenes de 16 y 18 años cuentan con vigilancia.

La intimidación a testigos es no es nueva, pero lo singular de este caso es que quedó registrada paso a paso en las escuchas. Por eso en el entorno de la fiscal no se sorprendieron cuando la joven testigo de 17 años intentó desvincular a Morocho, a quien había mencionado en su primera declaración. Por las intervenciones telefónicas sabían que eso iba a ocurrir. Buena parte del alegato fiscal, que los jueces Hernán Postma, Nicolás Foppiani y Pablo Pinto receptaron al condenar a Morocho, se centra en el antes y el después de ese testimonio.

Sospechas

Kevin y Leonel fueron asesinados alrededor de las 23 de un domingo. Un cuñado adolescente de Morocho, Brandon, les había golpeado la puerta para decirles que Mansilla los estaba esperando para conversar. Cuando llegaron a la entrada al pasillo los atacaron desde un auto con dos armas 9 milímetros y una calibre 45. “Los boleteó el Morocho a los dos”, gritó Brandon.

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Mansilla había salido de prisión cuatro meses antes. Tal como se expuso en el juicio, se detectó que junto a su pareja Jésica “Fea” González habían comenzado a vender droga con la modalidad de delivery en los alrededores del Fonavi Parque Oeste. Este era el territorio histórico de Walter Daniel “Dulce” Abregú, un narco por quien se ofrecieron 500 mil pesos de recompensa hasta su captura en 2019, lo que le abrió un frente de disputa.

Dos días antes del doble crimen Morocho había logrado escapar de una balacera en la puerta del pasillo cuando había ido a entregarle un paquete a su cuñado y lo persiguieron quienes serían, supuestamente, soldados de Abregú. Nieri y Bubacar habían llegado al pasillo de calle Lima luego de distanciarse de Abregú. Y como los dos adolescentes presenciaron ese ataque desde la entrada al pasillo, Mansilla sospechó de ellos y los acusó de haber actuado como entregadores.

Testigo en peligro

La novia de Leonel estaba con él cuando lo mataron. Y también entre los familiares que a las 7 de la mañana siguiente iban a realizar trámites del velorio y vieron a Mansilla bajar de un Peugeot 206 bordó y disparar hacia el grupo. “Me lo mataron, no tenía nada que ver. Se enteraron que nombré a quien los mató y me quieren venir a matar mi familia”, dijo la adolescente en un llamado desesperado al 911. La misma tarde la chica contó en Fiscalía cómo había sido la secuencia del doble crimen y reveló que tras ser atacado a tiros Mansilla había amenazado a las víctimas, lo explica el móvil del doble crimen.

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Pero el hostigamiento a la testigo recién comenzó dos meses más tarde, luego de la detención de Mansilla el 6 de diciembre de ese mismo año en Capitán Bermúdez, cuando subía a un Chevrolet Agile gris que, se cree, fue el usado en el doble crimen. “A partir de esa fecha se inicia el derrotero de Jésica González para tratar de contactar a la testigo”, planteó la fiscal. Llegó a realizar más de siete llamadas en un día para dar con ella y lograr que cambiara su declaración.

El mismo 6 de diciembre Jésica se comunicó con una familiar de la adolescente y le reclamó que levante la denuncia. “La levanta y se cae la causa. Porque esto se va a hacer grande. Que vaya esta ortiva a levantar la denuncia, a decir que Brandon no estaba ni vio a nadie. Eso es lo único que tiene que decir”. Según el alegato fiscal, Jésica inventó una suerte de coartada para que se cayera el agravante de la participación de un menor, lo que iba a aumentar la pena.

“Así el loco se come perpetua. El está jugado y yo también, 25 o 30 años no voy a aguantarlo”, señala Jésica en ese diálogo que cierra con graves advertencias si la testigo no cambiaba sus dichos: “Se pudre todo de una vez. Y muerta va a ser por ortiva, por puta. En algún momento va a entrar o va a salir del pasillo, vos quedate tranquila”. Luego González le pide a un conocido que interceda ante un hermano de la chica que estaba preso en la Alcaidía para que la mandara “a la hermana declarar sí o sí. Ella declara lo que tiene que declarar y la causa se cae. Que le diga a la guacha y que apriete a la hermana que está batiendo la cana”.

Más instrucciones

Cuatro días después en una conversación con Jésica, Morocho insiste: “Esto se tiene que hacer antes de la feria. Porque donde me agarra la feria y la mina no hace nada, quedo con reclusión. Fijate qué vas a hacer”. Jésica le detalla las gestiones que venía realizando e incluso comenta que había ido a mirar las entradas al pasillo que no tenían custodia con la intención de que “se lo chupen al padre” de la testigo. “Vos tratá de hablar, ofrecele una plata, algo, y que vas a mandar el abogado”, propone Morocho.

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Advertida de los aprietes a partir de las escuchas, el 19 de diciembre la fiscal solicitó el traslado del hermano de la testigo a otra cárcel. Para entonces Jésica había conseguido el teléfono del padre de la chica: “Tiene que ir a declarar con un mayor responsable y decir que todo lo que dijo fue porque estaba nerviosa, que lo dijo de bronca”, lo instruye, y le aclara que no va a quedar involucrada por falso testimonio por ser menor. El hombre se compromete a “hacer lo que tenía que hacer”.

Dos días después “Fea” logró contactarse con la propia testigo y le pidió, como insiste en otros llamados, que dijera “la verdad”. Esa “verdad” consistía en decir que ni Brandon ni Morocho estaban involucrados en el doble crimen. De ser necesario, debía decirla “directamente ante el juez. Yo sé que vos estás embroncada por todo lo que pasó. Pero lo único que estamos pidiendo es que digas la verdad. Ahora debés estar mal, lo debés extrañar al pibito... todo lo que pasaste. Pero te doy un mes, dos meses más, vos terminás con otro pibe”, le dice Jésica, además de señalarle que con sus dichos estaba “arruinando a una familia”.

Le hizo saber que estaba al tanto de cada declaración que se presentaba tanto en Fiscalía como en Menores, de sus contactos en el Servicio Penitenciario y del lugar donde estaba alojado su hermano.

Retractaciones  

La testigo pidió entonces cambiar su declaración en Fiscalía, pero allí estaban al tanto de las amenazas y no la entrevistaron. Sí logró declarar en el juzgado de Menores que investigaba la participación de Brandon, donde tres días antes de Navidad retiró sus dichos que aludían a la presencia de Mansilla y también a Brandon, de quien dijo que “lo escuchó pero no lo vio” .

Más de dos años después, con el juicio iniciado, la chica fue citada al juicio. Por la dinámica de las audiencias su testimonio se postergó tres veces y quedó para el lunes 28 de junio: un día después de que Morocho fugara de Piñero. La joven a no acudió y le asignaron custodia. Cuando se presentó, tres días después de esa fuga de película, ni se animó a nombrarlo más que “en voz baja y entre dientes”, dijo Fabbro.

Esa retractación, planteó la fiscal, “se entiende evaluando el contexto” y el peligro para su vida y la de su familia. “Se trata de gente humilde, que vive en una casilla precaria de una villa de emergencia. Personas vulnerables, olvidadas por el Estado. Es lógico que haya preferido sustentar la versión de quien tenía el poder suficiente de terminar con su vida y la de todo su grupo familiar al igual que lo hizo con Kevin y Leonel en un abrir y cerrar de ojos”.

El “estado de terror” con el que fueron los testigos al juicio fue una de las razones en las que se sustentó el pedido de 25 años de cárcel para Mansilla. La madre de Kevin fue amenazada con la muerte de toda su familia y vive con custodia desde hace tres años. La de Leonel se mudó a otra ciudad. “El definitiva, todos los testigos llegan a debate fuertemente intimidados por parte de Mansilla y de su séquito”.

Terror cotidiano  

El juicio expuso así una situación frecuente: cuando los testigos deben elegir entre guardar un silencio cómplice o declarar y exponerse a presiones.

La fiscal planteó que en este caso el padre de la testigo debió decidir entre incorporar a toda su familia a un régimen de protección de testigos, lo que implicaba abandonar casa y trabajo e iniciar una nueva vida sin poder volver a contactarse con sus vínculos cercanos, “o alinearse con la delincuencia y encubrir un hecho del cual además ni él ni su hija habían sido directamente perjudicados. Y a cambio de ello se aseguraba la protección paralela tanto de su hijo detenido como del resto de su familia en el barrio”.

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