María Isabel Ghiglione está sentada en un confortable sillón del living de su
casa del macrocentro de la ciudad. Ya transcurrieron más de 12 horas desde que dos desconocidos la
sorprendieron en ese mismo ambiente de la vivienda y la mujer aún está shoqueada. Todavía memora
con nitidez la crueldad con la que actuaron los intrusos: la golpearon, le cortaron el pelo y
amenazaron con quemarla con cigarrillos para llevarse el dinero que tenía en la propiedad.
Finalmente, los malhechores se llevaron 500 pesos, 100 dólares y unos pocos euros que la mujer
tenía ahorrados.
María Isabel tiene 76 años y vive sola desde que su esposo, el abogado Armando
Shea, falleciera nueve años atrás. Su hija de 29 años murió un año después deprimida por no poder
soportar el dolor que le provocó el deceso del padre. Ayer a la tarde, el desorden en la vivienda
de dos plantas que se levanta en Zeballos 1019 era descomunal: los cajones revueltos, libros y
objetos tirados en el suelo, ropa diseminada en las habitaciones eran las muestras inequívocas del
paso de los asaltantes.
Visitas indeseadas.A las 3 del lunes, María estaba leyendo en el living de su
vivienda cuando la sorprendieron dos hombres que se sentaron a su lado. Para acceder al lugar, los
maleantes habían escalado hasta el balcón de la propiedad, forzaron una ventana de la habitación
principal y después descendieron por la escalera de la casa hasta el living.
Atónita, la dueña de casa escuchó la frase de rigor. "Dame la plata", le
ordenaron los maleantes mientras un vendaval de puñetazos asestados por los recién llegados
sacudían la cabeza de la mujer. María se quedó inmóvil por los golpes y les indicó a los ladrones
dónde tenía guardado el dinero. Uno de los malhechores recorrió unos pasos y recogió el efectivo
depositado en un armario.
Sin embargo, el botín no conformó a los intrusos. Sus exigencias de más dinero
se redoblaron al mismo tiempo que las trompadas surcaban el rostro de María. A pesar de los golpes
la mujer intentó escapar de los malhechores, pero no llegó muy lejos. Enseguida, los ladrones se
interpusieron en su camino aunque fueron vanos los esfuerzos de la dueña de casa para explicarles
que no tenía más dinero. Eso incrementó la crueldad de los delincuentes.
Brutalidad sin freno. "Uno de los tipos me cortó el pelo con un cuchillo y el
otro quemó el sillón con un cigarrillo", recordó la mujer. Entonces, los malhechores decidieron
buscar más plata en todos los rincones de la casa. Abrieron un armario del living, revolvieron los
cajones y arrojaron al suelo todos los libros que encontraron a su paso. Después fueron a la planta
alta y desordenaron la ropa y los objetos que había en las dos habitaciones. La búsqueda de los
ladrones resultó infructuosa, pero el desorden fue desmesurado.
Cuando ya habían transcurrido más de dos horas, el atraco llegó a su fin. "Yo
les pedí (a los ladrones) un crucifijo de madera que tenía en el living. Ellos me preguntaron para
qué lo quería y les respondí para que se fueran", recordó María Isabel. Curiosamente, la respuesta
de la mujer alentó a los intrusos a marcharse, que se levantaron y se fueron con el botín.