Fue la mañana rosarina más triste de los últimos tiempos. Dolor. Impotencia. Injusticia. Emoción. Lágrimas. Consternación. Tomás Felipe Carlovich, una de las máximas leyendas del fútbol rosarino, falleció ayer a los 74 años cuando los médicos del Hospital de Emergencias Clemente Alvarez intentaban realizarle “una cirugía de salvataje” que no toleró y así pasó a la inmortalidad. El ídolo charrúa y emblema rosarino del fútbol en estado puro, el Rey del Potrero, había sido internado el miércoles pasado luego de sufrir un brutal castigo por el robo de su bicicleta, el medio de movilidad que utilizaba a diario y reflejaba la simpleza de un personaje extraordinario desde lo humano, más allá de haber sido un exquisito con la pelota en los pies. Un delincuente cobarde le apagó la vida. Lamentablemente se fue físicamente el Trinche y a toda la ciudad futbolera, sin distinción de camisetas como ocurre con los grandes personajes que están en el corazón del pueblo, se le piantó un lagrimón. El mito del Trinche seguirá alimentando la rica historia del fútbol local. Por eso ayer a la tarde el mismo Gabino Sosa de manera improvisada tenía la puerta abierta y varios “hinchas de la pelota”, con barbijo y apelando a la distancia social, peregrinaron por el estadio de barrio Tablada para darle el último adiós simbólico al ídolo adorado.
Desde el miércoles la ciudad estaba pendiente de la salud del crack, por eso ayer la pésima noticia de su muerte conmocionó a una Rosario que respira fútbol por cada uno de sus poros. La forma traumática y horrorosa en que perdió la vida, por un arrebato a traición que terminó en un crimen, no hace más que ponerle otro signo de emotividad a una vida que transitó siempre desde la humildad, el llano, la vereda y con la pelota siempre a ras del piso como sus ambiciones.
Es que el Trinche fue un jugador bohemio, que siempre estuvo lejos de las luces de la fama o el marketing que muchas veces en el profesionalismo contemporáneo termina siendo más importante que el balón. Carlovich fue un distinto dentro y fuera de cancha. Un genio de a pie, un fenómeno también para su enorme cantidad de amigos y conocidos, que ayer no encontraban consuelo ni en la puerta del Heca hacia donde varios se dirigieron, como tampoco desde sus hogares producto de una cuarentena que además impidió el velatorio multitudinario que se merecía.
El Trinche Carlovich siempre jugó al fútbol como sentía la vida, de frente y sin especulaciones, con las convicciones y los valores personales por sobre el alto precio que suele imponer el negocio profesional para progresar. “No era todo jugar, era dura la mano. No era como ahora que te ponés una camiseta y te dan fortunas, usás una vinchita y te dan otra fortuna. No eran tiempos de tanto marketing, de tantas cosas como se manejan ahora, que te ponés unos botines y también te dan fortunas. Yo acá jugando en Central Córdoba tenía unos botines que sabés cómo los cuidaba, un sólo par de botines. Ahora salen los jugadores a la cancha y dicen que está húmeda, van al utilero y le dicen dame un par para la humedad, está lloviendo, dame para la lluvia, hay sol, dame un par de botines para el sol. Es así. Igual lo veo bien, ojo, sólo marco cómo cambia la cosa, nada más, antes no había tanto”, graficaba Carlovich sobre esta dimensión hiperprofesional del fútbol, que para él estaba muy lejos de la esencia del juego que ubicaba en el potrero.
Porque a su entender “el fútbol se aprende en el potrero, en el barrio, ahí te salen las cosas con la pelota”, aseguraba con su franqueza habitual. “Yo me puse contento cuando una vez para los reyes me regalaron una pelota chiquita, una pulpo, de goma, sabés quién era yo con esa pelota. ¡Qué Maradona! Después mi vieja me hacía pelotas de medias. A la pelota de cuero la conocí varios años después y pesaba como veinte kilos”. Otro concepto que refleja su esencia humilde y soñadora.
El Trinche Carlovich jugó en las inferiores de Rosario Central, en Sporting de Bigand, luego disputó dos partidos oficiales en la primera de Central (ante Atlanta y Los Andes en 1969) y su carrera siguió en Centenario de San José de la Esquina, Flandria, Central Córdoba (cuatro períodos), Independiente Rivadavia, Colón, Maipú de Mendoza, Andes Talleres de Mendoza, Newell’s de Cañada de Gómez y Argentino de Monte Maíz. En Central Córdoba salió campeón de la Primera C en el recordado equipo de 1973 y logró el ascenso de la misma divisional en 1982. Allí construyó su leyenda de ídolo charrúa, junto con próceres de la talla de Gabino Sosa y Capote de la Matta. Si ayer hasta Maradona lo despidió con honores.
La pelotade fútbol está de luto. La Rosario futbolera tiene una mueca de tristeza y exige justicia por otra de las tantas víctimas de una violencia urbana que lamentablemente no para de contabilizar muerte y dolor. El Trinche pedaleó siempre la vida desde la humildad, el sacrificio, el compañerismo, el perfil bajo y la delicadeza para convertirse en un amigo fiel del balón. Hoy lo llora el potrero. Pero cada vez que ruede una pelota en algún rincón profundo de la ciudad, siempre estará la sonrisa del Trinche avalando las travesuras de los jugadores carasucias. “Daría la vida por jugar un partido más”, dijo el Trinche en una de su últimas entrevistas. Para todos los amantes del fútbol él fue y será siempre un gran campeón. Descanse en paz, fenómeno.