En el país del potrero y la gambeta la opinión más autorizada es la de la "gente común". Más allá de lo que planteen los opinólogos profesionales que buscan elevarse a un sitio de presunto "saber". La única verdad es la realidad. En el fútbol el termómetro es la calle, el diálogo cotidiano de la barra de amigos, la mesa de los bares y el run run de la oficina. Y es evidente que el "argentino medio" no se engancha para nada con la imagen híbrida que le devuelve la selección de Alfio Basile. Incluso hay como una especie de resignación y bronca por lo que puede ser, pero no es. Lo concreto es que sobran estrellas, pero falta un universo conceptual que las contenga y las haga brillar al máximo. Argentina hoy es un puñado de buenos jugadores que como un grupo de amigos parece que se juntan en la cancha cinco minutos antes de los partidos y juegan lo mejor posible. No hay plan de juego. No hay estrategia. No hay orden. Hay anarquía y eso se traduce en un equipo endeble y frágil ante el mínimo cosquilleo del rival. La selección hoy está peor que cuando quedó eliminada de Alemania 2006. Es que el Coco ya dilapidó dos años de tiempo precioso y el equipo no tiene una fisonomía de juego confiable. Incluso hay algunos jugadores que a esta altura no justifican la convocatoria, léase Cambiasso y Heinze, entre otros. La defensa sigue mostrando grietas impropias de una selección de elite. Y se sabe que los equipos se arman de atrás para adelante. Y en cuanto a la generación no hay un Plan B por si Riquelme no emboca un tiro libre o Messi no apila a tres contrarios. Sudáfrica está cerca y hay que mejorar para no sufrir en la obtención del boleto al Mundial.




























