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Brítez: "Vietnam también me hizo crecer como jugador"

El defensor rosarino que fue campeón con el Estudiantes de Simeone le contó a Ovación detalles de su paso por el sudeste asiático, destino casi inédito para los futbolistas argentinos.

Domingo 21 de Julio de 2019

Es sábado a la noche y llueve. Y en Da Nang, la tercera ciudad en importancia de Vietnam, la humedad teje una atmósfera que ahoga. En la concentración no hay comida y el restaurante que funciona habitualmente cerró. Ezequiel Brítez va hasta la garita de seguridad del predio, ve al chofer del micro del equipo y le pide ayuda, pero el chofer lo mira con cara rara. No lo entiende. Otros vietnamitas descalzos, mojados, fuman sin parar. Y también se ríen. De pronto uno se da cuenta que ese flaco alto que juega al fútbol desde hace unos días en el SHB Da Nang y que no comprende nada del idioma local tiene hambre. Sí, esas señas que hace llevándose las manos vacías a la boca, indican que tiene hambre. Entonces, el vietnamita que lo advierte le dice “go, go” lo invita a su moto, se pone un pilotín doble y le da la segunda capucha de ese mismo pilotín a Ezequiel, que se sienta atrás. El vietnamita acelera a toda velocidad y de pronto encara por una avenida en la que se lee “KFC” en un cartel enorme. Son pollos fritos. “Stop, stop, es acá”, dice Ezequiel. Su chofer de circunstancia clava los frenos, raspa el asfalto mojado y cruza hasta el local atravesando un cantero. “Acá me muero”, piensa Ezequiel. Se baja, compra pollo, mucho pollo. Pollo para esta noche y pollo para mañana a la mañana. También compra para los vietnamitas de la garita. Vuelven, la escena no varía en demasía. Ezequiel se va a su habitación y devora la comida. “Fue el pollo que más disfruté en mi vida”, piensa. Afuera sigue lloviendo, la humedad crece. Los vietnamitas están más mojados, siguen fumando y siguen riendo. Pero Ezequiel Brítez ya está más tranquilo.

Hacer una experiencia futbolística en un país tan lejano y del Tercer Mundo como Vietnam no es para cualquiera. Las dificultades pueden tener que ver con la comida, pero también con mucho más. Lo que sí es seguro es que si las cosas salen bien, la ganancia en enseñanzas es inmensa. De afuera, la vida de un futbolista parece color de rosa, pero no lo es siempre ni en su totalidad. Aunque las adversidades a veces suman. Un poco de eso fue lo que le pasó a Ezequiel Brítez, este rosarino de 34 años que se consagró campeón del fútbol argentino con el Estudiantes de Diego Simeone, que logró el ascenso a primera con Talleres de Córdoba 2013, que vistió 10 camisetas en 5 países de Latinoamérica y que después de un mal trago con los agentes que lo representaban “quedó colgado”. Fue en ese momento que Adiur le abrió las puertas para que no perdiera ritmo y en donde, a los pocos días, un amigo le dijo de jugar en Vietnam: “¿Pero hay fútbol en Vietnam?”, fue la primera pregunta. A las dos semanas estaba allá, llegando a Da Nang para unirse al club homónimo que lo esperaba y en el que jugó un año.

Terminada la aventura en el país en el que el promedio de motos por habitantes es más grande que en cualquier lugar (1,5), donde el deporte estrella se llama bádminton y donde el caos vehicular y el ruido son identidad, Ezequiel volvió a Rosario, de nuevo a Adiur (jugó el Federal y Copa Santa Fe), donde espera con paciencia una oferta para volver al fútbol profesional. Ahora, lejos de los zumbidos de los motores y de todo tipo de ruidos, se sienta con Ovación y desanda con una sonrisa imborrable y unos ojos que viajan permanentemente, aquella experiencia. Pero también habla de sus otros años en el fútbol, de sus aprendizajes y de los deseos que tiene con la redonda. “Jugando un poquito para Adiur cumplí algo de aquello que no había tenido, porque me fui joven de Rosario”, cuenta el zaguero central y agrega que “Vietnam me sirvió muchísimo humanamente, pero también me hizo crecer como jugador”. Mientras aguarda lo dicho con un nuevo club, no tiene dudas respecto a los sueños: “Anhelo coronarme nuevamente campeón, sentir esa emoción”.

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Ezequiel con la camiseta de Da Nang.
Ezequiel con la camiseta de Da Nang.

¿Cómo y por qué, antes que nada, surge que este año juegues para Adiur aunque sea unos meses?

Llegué a Adiur a fines de enero, principio de febrero, cuando estaban cerrando todos los libros de pases. Fabián Soldini, el director deportivo, y Facundo Biondi, el técnico, me ofrecieron sumarme a jugar el Federal. Me dieron la chance de hacerlo y si me salía alguna posibilidad en el fútbol profesional podía irme. Fue luego de mi vuelta de Vietnam cuando, después de estar un año allá, problemas con representantes hicieron que quedara “colgado”. En ese momento tenía la ilusión de irme a Europa porque era una experiencia que no tenía, pero estas cosas no me lo permitieron.

¿Y cómo fue volver a jugar, aunque sea unos partidos a un nivel que es amateur?

Decidí agarrar ritmo en el Federal y pasar por una vivencia que no había tenido, nunca lo había jugado completo. Fue nuevo para mi volver a estar en Rosario. Al principio me costó adaptarme, con algunas cosas muy del amateurismo, pero uno lo hace. Después de pasar tantos años de un lado a otro lo hacés. Además, antes de ser profesional fui amateur, mis inicios fueron en Mitre de Pérez, de ahí me fui a Estudiantes de la Plata. Y acá me encontré con gente muy linda, muy amena.

¿En el medio no surgió ningún club profesional?

No hubo arreglo. La verdad es que la gente que me representaba y que ya no lo hace estuvo buscando varias opciones, no arreglaron y quedé un año colgado. Por confiar me perdí un año de fútbol.

Encima podría decirse que en tu carrera arrancaste bien arriba porque enseguida fuiste campeón de primera división con Estudiantes (LP), en 2006, con Diego Simeone como DT.

Te digo la verdad, la peleé mucho para llegar a un club de AFA. Y cuando se me dio la oportunidad de ir me pasó todo muy rápido porque llegué a Estudiantes a fines de 2004 y en 2005 ya estaba jugando con la 4ª, a la vez que hacía partidos en reserva. En 2006 empezamos a hacer la pretemporada a la par de ese equipo y en febrero, por una lesión de un compañero, me subieron a primera. A la semana debuté contra Racing.

Ni lo pudiste pensar...

No tuve tiempo. Al año de llegar ya era campeón del fútbol argentino, me fueron pasando cosas muy rápido y a mis 19 ya estaba en la cresta de la ola.

Con un plantel tremendo, que entre otros tenía nada menos que a Juan Sebastián Verón.

Sí, es que uno en ese momento... Cuesta caer, cuesta asimilar con quién estás y después cuando te das cuenta ya te vas de ese lugar.

Cuando decís que la peleaste para estar en un club de AFA, ¿a qué te referís?

Porque se me hizo difícil llegar a Estudiantes; desde que arranqué a jugar al fútbol me fue difícil. Irme a Mitre me formó, entre los 15 y 18 años me vino muy bien. Pero en esa época cuando estás por pisar los 18, si no estabas en un club de primera de AFA tenías que empezar con otras cosas.

¿Y vos querías jugar al fútbol?

Sí, yo la ilusión la tuve siempre y por eso me esforcé para seguir, nunca me olvidé de ese sentimiento a pesar de que estaba llegando a los 18. La gente me decía que tenía que ver qué empezar a hacer, qué estudiar, qué oficio. En el club había surgido de irme a probar a otros lados, pero nunca se concretaba. Ibamos a ir a Independiente, justo se muere el referente que era José Pastoriza y se me iban truncando las posibilidades. Hasta que un día Carlos Polenta, que era el coordinador en ese momento, empezó a llamar a sus contactos. Claudio Vivas había agarrado las inferiores de Estudiantes y se dio.

Tu recorrido tiene muchas experiencias en América Latina, pero la última fue en Vietnam, ¿por qué Vietnam?

Volví de México en 2016, hice base en Rosario, esperé concretar con algún club, no cerré y me quedé en pelotas. Vine a entrenar a Adiur y un día un amigo me dice “fijate que hay una posibilidad de ir a Vietnam, ¿te interesaría?”. Nunca escuché que en Vietnam hubiera una liga, pero me explicó que la había y muy competitiva. Me contó su experiencia, me dijo que me fijara y que le mandara mi currículum. A los 15 días la gente de Vietnam por medio de un empresario me hizo saber que al club SHB Da Nang le interesaba contratarme y me mandó los pasajes para principios de diciembre.

Y te fuiste...

Sí, primero fui solo, siempre voy solo como para conocer el lugar donde voy a vivir, hago un tiempo de adaptación y después va la familia. A los dos meses viajaron mi esposa y mis dos hijos. ¡Son 38 horas de vuelo! (Risas). Porque tenés de Buenos Aires a Río, de Río a Dubai y de Dubai o Qatar te vas a Vietnam, a Hanoi, que es la capital actual, o a Ho Chi Minh (antigua Saigón), que es la anterior, al sur. Yo viví en Da Nang, era en el centro de Vietnam, una ciudad espectacular, con playa, muy turística, atractiva y que tenía una proyección muy buena.

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De paseo con su hijo Santino en Hoi An, uno de los pueblos más antiguos de vietnam.
De paseo con su hijo Santino en Hoi An, uno de los pueblos más antiguos de vietnam.

¿Pero cuando transitaste por primera vez esas 38 horas no te preguntaste qué hacías ahí?

Me parece que lo primero que dije fue “wow” cuando llegué a Dubai y vi ese aeropuerto todo lleno de distintas culturas, razas y vestimentas. Me quedé maravillado, ahí se juntaba todo. Ya en Vietnam me encontré con la persona que me iba a buscar, tuve dos días para adaptarme al cambio de horario. Veía el lío que era Ho Chi Minh, caótica mal, iba en el taxi, el centro súper transitado, las motos por la vereda, no me daban los ojos para mirar... Y las bocinas... La verdad que fue fantástico. Llegué al hotel, se me caían los ojos, pero no me dejaban dormir por el jet lag para que aguante. A los dos días me encontré con la gente del club, ya para jugar un torneo.

Ahí también las cosas se sucedieron rápido, ¿te familiarizaste a tiempo?

Cuando llegué sólo tenía la versión de mi amigo. Iban pasando cosas que eran de verdad. Ellos tienen un idioma, vietnamita, yo tenía un traductor que hablaba en inglés, pero mi inglés es más que básico, de secundario. Tuve la fortuna de contar en el plantel con un chico argentino que me ayudó muchísimo. Lo fui agarrando, sí, pero me costó. Igual, lo más chocante fue lo de la moto.

¿La moto?

Una moto (risas), cosa que nunca me había pasado... Esa era la cuestión, no sabía andar (más risas). Uno de esos primeros días estaba en la concentración y ya al final del día el traductor me dice: “My friend, motobike”, me da la llave y me señala un montón de motos. Miro, eran como 50 motos. No entendía nada, “qué hago con esto”, pensé. De pronto veo que mis compañeros arrancan las motos, se van todos. Me quedé solo, ahí en la concentración ese fin de semana, sin comida y con la moto. Tuve un episodio con eso (es la escena que se cuenta en el inicio) y entonces al día siguiente dije “ya está, si pasé esta...”. Así que me levanté temprano y salí a andar en moto, una tipo Scooter, no podía ser tan difícil, tenía que ser como andar en bici, así que empecé a practicar. No tenía carné, nada, pero prendí la moto y arranqué por la concentración, empecé a observar cómo se manejaban. Andar en moto era mucho más fácil y rápido que andar en auto.

¿Con qué fútbol te encontraste?

Al principio vi que eran muy verticales al jugar. Los vietnamitas son técnicamente muy buenos y rápidos, pero a su vez imprecisos por su ataque. Ven mucho fútbol inglés, quieren asimilarse, pero con decisiones rápidas.

Un vietnamita no es jugador de fútbol por naturaleza.

No. A la gente le encanta el fútbol, pero lo viven más relajados. Ellos van a ver un espectáculo, los jugadores también lo viven así. Es raro ver a un vietnamita presionado, eso es más en los partidos importantes o contra rivales que son buenos, donde tienen extranjeros destacados. A la liga la hacen fuerte los extranjeros, hay dos por equipos. Sacás ventaja cuando tenés un extranjero más y ellos los buscan grandotes, de potencia física, africanos, europeos o brasileños.

¿Y el afuera? ¿Hay algo ínfimo del folclore argentino?

Allá no... (risas). Es todo muy ruidoso, pero ruidoso de cosas, de las manos, de trompetas. Le metían color, pero yo no entendía nada.

¿No sabías si te estaban puteando u ovacionando?

No, no sabía qué estaban diciendo, pero vos veías que por ahí se enojaban si había alguna pelea adentro de la cancha. En lo personal lo viví de una manera sumamente especial. Empecé a ver que tenía que rendir muchísimo, solucionar cosas tácticas que ellos no tenían y enfrentarme con jugadores extranjeros que también eran potentes, tenía que estar muy concentrado todo el encuentro.

¿Fue una presión?

Era una exigencia mía y también que nos imponía el entrenador porque nos demandaba mucho a los extranjeros. Un vietnamita se podía equivocar, estar en un mal día, pero con los extranjeros era desgastante mentalmente, incluso en los entrenamientos porque estaban todo el tiempo con los ojos en nosotros. Que no nos equivoquemos en los pases, que hagamos los trabajos bien. No te podías relajar un minuto. Te veían que te estabas riendo y el traductor ya te decía cosas. En ese aspecto laboral se hacía cansador. Me encontré con cosas muy buenas y cosas que me obligaban a estar fuerte de la cabeza. A veces tenía que estar 7 horas en el club, almorzar, dormir, entrenar, muy rigurosos en la rutina. Rescaté que ellos al conductor lo respetan muchísimo y no hay discrepancias.

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Con Helena y Santino en moto, el vehículo por excelencia de los vietnamitas.
Con Helena y Santino en moto, el vehículo por excelencia de los vietnamitas.

Palabra santa. El entrenador te dice “andá a correr a la montaña” y lo tenés que hacer. Eso es un poco difícil de llevar. Los días de partido a la mañana temprano había una hora de charla, cuando acá las charlas son de 15 minutos, como mucho media hora, nunca me había pasado en mi carrera. El técnico hablando, en vietnamita y mostrando imágenes. De ese tiempo la mitad eran indicaciones para los extranjeros. Hubo momentos en los que tenía que tener la cabeza fuerte.

¿Qué fue lo más loco que te tocó vivir a nivel deportivo?

En lo que es en la parte de trabajo, eso. La semana que teníamos que hacer pretemporada entrenábamos en un punto de una montaña que había ahí en Da Nang y ahí nos esperaban, subían todos los entrenadores y el cuerpo técnico para correr, subir la pendiente... Kilómetros. Bueno, más la humedad, terrible, un calor bárbaro. Por eso los días o ratos libres iba a la playa. De las circunstancias que más me sorprendieron primero, claramente está el tránsito, pasan en rojo, se suben a las veredas en moto.

¿Cómo era la relación con los compañeros vietnamitas?

Al principio parecían un poco cerrados, pero después cuando te agarraban cariño y se daban cuenta que no venías a imponerles nada se soltaban. Porque me parece que a ellos no les gustan que les impongan cosas, son un país muy golpeado.

¿Hay cosas que hayas visto o vivido que hoy te sirvan, en lo cultural o deportivo?

Las enseñanzas en lo deportivo tienen que ver con la disciplina y el respeto hacia el que conduce, cuando hablaba el entrenador no volaba una mosca. Después, en lo social, me di cuenta que son una sociedad que es feliz con poco, recorrí bastante y vi cómo viven. Lo tomé como algo bueno, positivo, la unión entre ellos, todos se apoyan. Entre clases hay mucha diferencia, pero se igualan en algún punto. Humanamente me sirvió muchísimo esta experiencia, pero también me hizo crecer como jugador. El país no se va a adaptar a vos ni a tu cultura, es uno quien tiene que hacerlo.

¿Y ahora?

Las expectativas son las mismas, volver a reinsertarme en el fútbol profesional, acá en Argentina, donde no estuve mucho o en el lugar que sea. Como arranqué el curso de técnico me tira quedarme, aunque estaría en condiciones de irme al exterior.

Entonces si hoy te llama un club y te pregunta cómo estás, ¿qué respondés?

Estoy físicamente bien, mentalmente muy fuerte y futbolísticamente también muy bien. Estoy entrenando todos los días y esperando esa posibilidad para sumarme a un lindo equipo profesional donde esté cómodo para poder entregarle a ese club que confíe en mis condiciones toda mi experiencia y juego para los objetivos que se programen.

Si tuvieras que señalar un sueño más para cumplir en el fútbol, ¿cuál sería?

Es un anhelo, pienso. Anhelo llegar a mi último día de carrera en un equipo donde pueda coronarme nuevamente campeón, sentir esa emoción de haber cumplido un objetivo y cerrarlo con un título. Y el día que me toque dejar esta profesión sentirme tranquilo y vacío porque lo entregué todo.

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