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Adiós a Maradona: la despedida de quienes se quedan "solos para siempre"

Los relatos de la espera por entrar al velorio de Diego en la Casa Rosada

Jueves 26 de Noviembre de 2020

El grito llega borroneado en medio de la noche quieta, cerca de Plaza de Mayo. “Maradooo, Maradooo…”. Se repetirá a lo largo de las horas, abriéndose paso entre chasquidos de petardos, ladridos, ambulancias. Insiste, insiste ese grito. Y al mediodía siguiente seguirá allí, coreado como un himno o una plegaria o el estribillo de un rock furioso (cada quien lo siente a su manera) por las miles de personas que a lo largo de la avenida de Mayo esperan llegar a la Casa Rosada. También rankea alto “El que no salta es un inglés, el que no salta es un inglés”. Entonces esa fila paciente de gente cubierta con barbijos –que llevan rosas rojas y carteles y sombreros y lentes para atajar el sol pleno del mediodía– se convierte en un estallido festivo, que baila en tribu y se le planta a la muerte. No se podía esperar menos tras el paso a la inmortalidad de Diego Maradona.

Lorenzo tiene once años, más o menos la misma edad que tenía su padre, Mariano, cuando en el Mundial de 1986, Maradona protagonizó el mejor gol de la historia en el estadio Azteca. Mientras saltan juntos, el chico dice que sí, que él conoce la historia. “Yo lo quiero mucho a Diego así que le pedí a mi papá que me trajera”, cuenta mientras sostiene un poster del Diez y una coca cola.

Maradona - Gol del siglo (HD)

Sobre las parrillas que se multiplican desde la avenida 9 de Julio (donde los policías son cada vez más numerosos) a lo largo de la avenida, hay chorizos, bondiolas, patys a 150 pesos “con queso cheddar”, según se ufana un cartel escrito en tiza. Las horas pasan y el hambre exige tanto como la sed, mientras la temperatura sobre el cemento porteño llega casi a los 30 grados. El grupito de chicos y chicas que irrumpe en la plaza toma agua de unas botellitas, sí, pero también se la arrojan a la cara, en un carnaval improvisado frente al Cabildo. Las muestras de alegría se mezclan con las rosas rojas y los claveles que los floristas cuidan del calor y venden como ofrenda mortuoria, dos por cien pesos. La plaza es zona liberada para reír, llorar, todo mezclado. Igual que la pantalla gigante donde se suceden imágenes de Diego, del velorio en la capilla ardiente y también, del Ministerio de Salud insistiendo con la distancia de dos metros imposibles, en una plaza colmada. Nada hace pensar que en el transcurso de las horas habrá represión y corridas pero el aire está cargado, electrizado de emociones, igual que cuando falleció Néstor Kirchner, despedido en la misma plaza.

El adiós a Néstor Kirchner. 13hs

“A los pilusos, a las remeras”, insiste Matías, un vendedor ambulante de Florencio Varela que acampó en el lugar durante la noche, rodeado de sombreritos que dicen “Gracias D1Os”. Jonatan encuentra un poco de sombra y ahí se queda. “Yo llegué de José C. Paz anoche y ya me fui a la cancha de Boca, a ver a mi hija, y ahora me quedo acá. Pero no voy a hacer fila para ver un muerto. A mí no me agarran. Diego no está ahí. En todo caso está acá. O en el cielo. ¿Vos te imaginás la festichola que se va a armar cuando se encuentre con Pappo y Fidel?”, dice, y se ríe, y agita su melena larga.

“Te espero en Segurola y La Habana” dice el cartel escrito a mano que lleva un hincha de River que, explica, nació en La Boca en este singular ecumenismo maradoniano. También la gente abraza fotos y banderas mientras la fila avanza con lentitud en medio de un vallado estricto. Una estudiante cordobesa cubierta de tatuajes exhibe el ramito de flores y un pañuelo que dice “Abuelas de Plaza de Mayo Presentes”. En la mochila lleva otro pañuelo, verde. “Sí, soy feminista y no veo contradicción entre serlo y venir acá”, dice en alusión al conflicto que genera un ídolo popular con enorme conciencia de clase pero que, también, carga denuncias por maltratos hacia novias y un rosario de hijos reconocidos y no y amores reconocidos y no. “Estoy acá porque hay que estar acá. No me interesan ciertas discusiones, al menos por hoy”, agrega.

Maradona a Toresani: Segurola y Habana 4310, Séptimo piso

Sobre Hipólito Yrigoyen, un camión sanitario móvil estatal con personal de enfermería reparte barbijos y alcohol. Alguien logró estacionar por ahí su Chevrolet que en la luneta posterior tiene dos stickers. Uno dice “no fue magia” y el otro “Olavarría 2017” junto a un dibujo del Indio Solari. Un muchacho duerme en un cantero junto a un carro cubierto de cenizas. Otro exhibe su remera de la selección argentina mientras abraza a un perro diminuto y peludo, que ladra aterrorizado por ese montón de humanos a su alrededor.

Sergio llora en medio de la calle mientras fuma un cigarrillo. Lleva una bandera argentina atada sobre los hombros y habla a raudales mientras, asegura, su esposa está haciendo fila para entrar a la Rosada. “Tengo 41 años así que el Mundial del 86 para mí era un lío de papelitos. Yo no entendía nada pero en el Mundial 90 sí entendía. ¿Cómo no te vas a enamorar de Diego, de su pasión por el fútbol, de su picardía? ¿Cómo no vas a querer que sea tu amigo?”. Se enjuaga los ojos y continúa: “Nos gusta porque es uno de nosotros, porque puede ser soberbio y desvivirse por las hijas, porque te habla de defender Venezuela y Cuba desde un edificio en Dubai y vos le creés todo. Es argentino, entendés, nos embola que sea así de contradictorio porque nosotros somos eso”.

El velatorio de Diego Maradona: Alberto Fernández le da el último adiós al Diez

Camila y Chela, de 20 y 40 años, llevan puestas las pecheras del Movimiento Evita de Vicente López. Están en silencio, toman agua, miran la efusividad desde lejos. “Es que recién entramos. Estaba el féretro, la familia. Justo llegaba Alberto. ¿Qué te vamos a decir?”, murmuran sentadas debajo de un árbol, mientras alisan el pasto como si fuera un mantel. Desde el vallado, Silvia les pide un poco de agua. Un poco, que ella está bien. Tiene 60 años, es de La Matanza, madre de seis hijos, “todos maradonianos”, enfatiza. Espera su turno. No le importan ni el calor ni la espera desde hace más de tres horas en la plaza y las otras tres que le llevó atravesar el conurbano para llega a Capital. De hecho, se sorprende un poco cuando se le pregunta por qué se tomó el trabajo de llegar hasta acá. “Es como despedir a otro hijo, no sé cómo explicarte”, responde. Piensa un poco más y dice: “Ahora estamos todos cantando, juntos y el día pasa. Pero no sé qué vamos a hacer después, a la noche. Porque ahí nos vamos a dar cuenta de que nos quedamos solos para siempre ¿entendés?”.

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