Opinión

Torturas

Ensañamiento. El crimen del saudí Jamal Khashoggi en el consulado de su país en Estambul es un ominoso hecho político sazonado con un sadismo escalofriante.

Martes 23 de Octubre de 2018

La poetisa Wislawa Szymborska (Premio Nobel 1996) afirma en su poema "Torturas": "Nada ha cambiado. / El cuerpo tiembla como temblaba / antes y después de la fundación de Roma, / en el siglo veinte antes y después de Cristo; / las torturas son como eran, solo la Tierra se ha hecho más pequeña, / y cualquier cosa que pasa sucede en casa del vecino".

De una lucidez deslumbrante, despojado de todo fácil sentimentalismo y escrito con una llaneza que roza lo prosaico, este poema de la gran escritora polaca adquiere hoy más vigencia que nunca, a raíz del reciente asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi, quien ingresara al consulado de su patria en Estambul para llevar a cabo un simple trámite administrativo, y allí fuera bárbaramente mutilado ―dicen que cuando aún se encontraba con vida―, y eso como "trámite previo" a lo que, en semejantes circunstancias, podría calificarse como un compasivo degüello.

Que el episodio haya tenido lugar nada menos que en el interior de una legación diplomática, vale decir, en un pedazo de Arabia Saudita implantado en suelo turco, a lo que se suma el hecho de que Khashoggi fuera un hombre de prensa muy crítico al régimen que gobierna su país de origen, más otro indicio no menos elocuente, como el desembarco de un nutrido pelotón de sicarios en la ciudad de Estambul, supuestamente instruido para diligenciar "el trámite" -permítaseme seguir usando la palabreja burocrática-, demostrarían a las claras que, una vez más, lo que estaría ventilándose aquí es un ominoso crimen político, sazonado (una vez más, también), con una cuota de ensañamiento y de sadismo escalofriantes.

El filósofo inglés Thomas Hobbes, al que ya me referí en otras oportunidades ―aquel pensador del siglo XVII que propugnaba el sometimiento de todos los individuos a un poder centralizado y absoluto, poder al que no obstante le había dado nombre de monstruo bíblico: el gran Leviatán―, ese filósofo, digo, en algún momento hizo suya la famosa aseveración de que "el hombre es un lobo para el hombre" ―en latín "homo homini lupus"―, cita que en realidad se remonta al comediógrafo latino Plauto, muerto en el año 184 a. C., y quien se la hacía declamar a uno de los personajes en su "Comedia de los asnos".

Pero si analizamos con más detenimiento esta "frase célebre" ―digna de navegar, entre otros apotegmas no menos sabihondos, por el irreflexivo mar de las redes sociales―, ¿no arribaríamos a la conclusión de que solo refleja el cinismo del género humano, endilgándoles a los pobres animales una malignidad y un refinamiento en el ejercicio de la crueldad, que únicamente el hombre, socorrido por su multiforme imaginación, es capaz de llevar a la práctica?

Los lobos ―y todos los otros animales tildados, con bastante mala fe, de "carniceros"―, matan para saciar su hambre y, hasta donde yo sé, nunca se vio a un lobo regodeándose en el tormento de una oveja, antes de matarla para poder engullírsela.

Por eso habría que corregir a Plauto, y decir tal vez que "el hombre es un monstruo para el hombre", ya que "en el siglo veinte antes y después de Cristo", torturábamos y seguimos torturando sanguinariamente a nuestros semejantes, sin que esa suerte de "maquillaje" civilizador que menciona Zygmunt Bauman en un libro póstumo, haya logrado disminuir un ápice nuestra recalcitrante ferocidad, la que, lejos de ser un atributo de los animales, es una particularidad típicamente humana.

Transcribo los últimos versos del poema de Wislawa Szymborska, cuyo tema es precisamente esa lacra que deshonra a la humanidad toda, y que es la aplicación sistemática ―y no pocas veces justificada, tanto política como legalmente― de la tortura: "Nada ha cambiado. / Excepto el curso de los ríos, / la línea de los bosques, de las costas, de los desiertos y de los glaciares. / Entre estos paisajes el alma vaga, / desaparece, regresa, se acerca, se aleja, / extraña para sí misma, inasible, / una vez segura, otra insegura, de su existencia, / mientras que el cuerpo está y está y está / y no tiene dónde meterse".


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