Opinión

Pasión de nadie

Fúbtol. Los partidos ya no se juegan para el campeonato sino para la TV, y la pandemia profundizó este rasgo. En esa falsedad, de todos modos, no deja de alojarse una verdad.

Viernes 03 de Julio de 2020

Jean Baudrillard lo decía, a comienzos de los años 90, a propósito de la guerra del Golfo: que la CNN se transmitía a sí misma. Bajo la falsificación hiperbólica de un título efectista ("La guerra del Golfo no ha tenido lugar"), captaba, pese a todo, una verdad, derivada finalmente de la conocida sentencia de Marshall Mc Luhan: que en la espera en suspensión de los acontecimientos diferidos o atenuados (diferidos en el tiempo o atenuados por la distancia), lo que la televisión transmitía era la propia televisión. Y esa instancia no se diluyó del todo cuando los hechos finalmente se desencadenaron.

Hay otro precedente, más cercano para nosotros. Es el de Moria Casán, integrante del jurado de "Bailando por un sueño", cuando designaba al público presente en el estudio como "el decorado" (y sobre esa base, lo mandaba a callar). Y es que, focalizando tanto la cuestión del elitismo en las operaciones de exclusión cultural, parece haber quedado relegada esta otra forma, acaso más lacerante: la de la inclusión con menoscabo, la de la inclusión por subestimación, la de la inclusión para el desprecio. El público como decorado: Moria Casán ejercía la descalificación, pero a la vez la revelaba, quebrando la hipocresía habitual y dejando la situación a la vista, sin velos y sin tapujos.

Son aspectos a tener en cuenta en el presente, dado que ahora mismo se están produciendo algunos cambios de importancia en la larga historia en la que, en un terreno bien definido, el del fútbol, la cultura popular y la cultura de masas vienen librando una lucha sustancial.

La tendencia es por demás notoria: lo popular se ha ido viendo progresivamente relegado, si es que no directamente suprimido, por el avance imperioso de la industria del espectáculo. La televisión ya no acude a las canchas, como antes, a transmitir lo que allí ocurra; cada vez más, eso que ocurre, es montado por y para la televisión. Ejemplos sobran: la supresión del desborde impar en el jolgorio de las vueltas olímpicas y su reemplazo por una ceremonia banal, inspirada en las fiestas escolares de fin de curso; la eliminación de la escena fervorosa de la salida de los equipos a la cancha y su reemplazo por un desfile mustio, inspirado en las salidas de excursión de los jardines de infantes; el retroceso (a veces, a cero) de las tribunas populares en los estadios, por la expansión rentable de los sectores de plateas (dos hitos de resistencia, a modo de ilustración: en octubre de 1997, las butacas instaladas en la popular visitante del Estadio Monumental fueron arrancadas de cuajo y arrojadas al vacío en el preludio de un Boca-River; actualmente, la gestión de Jorge Amor Ameal recupera en La Bombonera las populares que el macrismo había transformado en plateas).

El estado de excepción impuesto por la pandemia ha provocado en el fútbol, no menos que en la sociedad en general, la interrupción de la normalidad de un estado de cosas; pero también, en lo uno y en lo otro, ha venido también a potenciar algunas características que ya imperaban en esa normalidad ahora perdida. Ya lo vimos en el fútbol de Alemania, ya lo vimos en el fútbol de España, ya lo vimos en el fútbol de Italia: se juega sin gente en las canchas. Envasados al vacío, los partidos vuelven audibles los golpes en la pelota, las indicaciones que se dan desde afuera, las cosas que los futbolistas se dicen entre sí. Por eso (y por la frecuente disparidad de fuerzas de los partidos de esas ligas), se asoció esta circunstancia con la que es propia de los entrenamientos. Lo cual podría, pese a todo, tener hasta cierto atractivo.

Pero los partidos no se juegan para el campeonato (que allí suelen estar cantados), sino para la televisión. Y la televisión, precisamente porque, desde hace mucho tiempo ya, no se limita a transmitir el juego, sino que lo produce, ha intervenido sobre la situación. Insatisfecha con la realidad que tiene que televisar, decide, así sin más, adulterarla: inventa lo que no hay, nos hace ver (y escuchar) algo que en verdad no existe. Y lo hace sin disimulo, no precisa enmascarar. Los asientos están vacíos, el estadio está en silencio; pero en la pantalla nos ofrecen un efecto de público presente, figuras en las gradas, rumor en el ambiente. Lo que vemos no es cierto. Pero parece no importar que no lo sea.

Y es que si pueden hacer, como hacen, del público un decorado, es porque ya venía siendo, en cierta forma, un decorado. Reducido largamente a la quietud contemplativa, a la mesura de los buenos modales, al merchandising autorizado, a la felicidad o la infelicidad moderadas, ya estaba listo para ser lo que es: un efecto visual de diseño, un efecto sonoro programable.

En la televisación de partidos hoy se transmite una escena que es falsa. En esa falsedad, de todos modos, no deja de alojarse una verdad.

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