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Pánico

En la primera escena de Soy leyenda, adaptación al cine de la novela de Richard Matheson, el científico Robert Neville.

Domingo 17 de Mayo de 2020

En la primera escena de Soy leyenda, adaptación al cine de la novela de Richard Matheson, el científico Robert Neville, uno de los escasísimos sobrevivientes a un virus masivo que aniquiló a la mitad de la población y convirtió a la otra mitad en zombies, dedica sus mañanas a perseguir ciervos con su auto deportivo por las calles vacías de Nueva York. Tras muchos intentos, Neville arrincona a un ciervo, le apunta con el rifle y se prepara para disparar cuando se le adelanta… un león, que despedaza a su presa y se lo lleva. El coronavirus no mató a medio planeta (220.000 al cierre de esta nota) pero las imágenes de avestruces caminando por el centro de Ituzaingó, pingüinos en las playas en Miramar y ciervos paseándose por Tigre, por mencionar solo ejemplos locales, subrayan el carácter sobrenatural de lo que estamos viviendo.

La pandemia es un "hecho social total", como sostiene Ignacio Ramonet, cuyos efectos se sienten en todo el planeta (1). Pero a diferencia de otros mega-acontecimientos del pasado, como la Segunda Guerra Mundial, la caída del Muro de Berlín o los atentados del 11 de Septiembre, cuyo impacto llegaba a algunas zonas de manera diferida, esta vez el shock se siente en todo el mundo al mismo tiempo. Esta es la singularidad, el signo verdaderamente diferente de lo que estamos viviendo: la simultaneidad de la crisis y, con ella, su capacidad de trastocar el tiempo. La historia, como señala Richard Haass, se está acelerando, los acontecimientos se condensan con espectacular rapidez (2): el primer caso de Covid-19 sucedió el 8 de diciembre, cuatro meses que parecen siglos. Y después siguió la cuarentena y su paradoja del tiempo: achicar el espacio para estirar el tiempo, recluirnos para dar tiempo a que el sistema de salud se prepare, mientras nuestro tiempo personal —el transcurrir lento de los días— se nos hace eterno.

Pero el signo de lo extraordinario reside también en el carácter igualador del virus: todos nos lo podemos pescar en cualquier momento, aunque desde luego no todos dispongamos de los mismos medios para enfrentarlo. Nadie puede no hacer nada frente al virus, e incluso si lo intenta el virus lo atacará igual (el hecho de que líderes mundiales que lo subestimaban como Boris Johnson hayan caído resulta ilustrativo). Medio planeta en cuarentena, clases suspendidas en casi todo el mundo y, de acuerdo a las estimaciones de la OIT (3), 81 por ciento de la fuerza laboral total o parcialmente paralizada. El historiador francés Patrick Boucheron sostiene que nunca experimentamos tan íntimamente la historia, que literalmente penetra nuestros cuerpos (4).

¿Era previsible? Parece que sí, a juzgar por los informes, libros y advertencias de organismos oficiales que llevaban años alertando sobre un virus de este tipo, lo que no le quita su carácter sorpresivo, del mismo modo que los antecedentes (Sars, Ébola, gripe aviar) no lo hacen menos inédito. Sencillamente, una pandemia de estas características no estaba en el radar de los grandes líderes mundiales ni en el de los organismos internacionales (salvo la Organización Mundial de la Salud).

Tan sorpresivo resultó el impacto que países ricos (Estados Unidos, Italia, Francia) y con sistemas de salud sólidos (España, Gran Bretaña) resultaron más afectados que otros, más pobres y con esquemas sanitarios frágiles; del mismo modo, el club de los "solofiebristas", como denominan en España a los que defendían la idea de que el virus era "solo una fiebrecita", está integrado por líderes de derecha, como Donald Trump o Jair Bolsonaro, y de izquierda, como Andrés Manuel López Obrador o Daniel Ortega. En rigor, la eficacia a la hora de contener la propagación del Covid-19 resulta de una combinación de: la celeridad para declarar la cuarentena (la empobrecida Grecia salió mejor parada que Italia), los niveles de conexión con el mundo y sobre todo de ingreso de personas provenientes de los países inicialmente afectados (lo que explica el éxito de Venezuela, expulsor neto de personas), la capacidad de cibervigilancia del Estado (como demostraron los países asiáticos e Israel, que recurrió a la ley anti-terrorista) y, por supuesto, la cobertura del sistema de salud.

El hecho de que los alineamientos no se expliquen, al menos en una primera etapa, por la riqueza del país ni por la ideología de quien lo gobierna demuestra que efectivamente estamos ante algo nuevo, diferente a todo lo anterior. ¿Qué mundo nos dejará la pandemia? La tentación es la de siempre: adaptar el pronóstico a nuestros deseos. Desde que el virus se instaló como un plato volador en nuestras vidas, los ambientalistas se ilusionan con un resurgir de la conciencia ecológica, los izquierdistas con una crisis fatal del capitalismo, los nacionalistas con muros y fronteras. Ahí donde Giorgio Agamben anticipa un refuerzo del estado de excepción (justamente el tema que investiga hace décadas), Slavoj Žižek, autodeclarado comunista, prevé un retorno… ¡del comunismo! (aunque sería un comunismo distinto).

Más atención merecen en cambio los planteos del progresismo liberal acerca de la necesidad de enfrentar el tema con una mayor articulación global, recuperando instancias de coordinación destartaladas como la Organización Mundial de la Salud. Nuevamente el deseo: quizás sería deseable, pero ¿es lo que va a ocurrir? Que el problema sea global no significa que la solución será global, como sostienen las Naciones Unidas. De hecho, la energía colectiva para enfrentar la pandemia —el sacrificio del quedate en casa, el esfuerzo financiero del Estado— es, hasta ahora, nacional: la Nación sigue siendo la referencia más eficaz a la hora de pedir sacrificios, lo que una vez más demuestra que quizás existan Argentina y los argentinos (o Grecia y los griegos) pero que no está tan claro que exista tal cosa como "la humanidad".

Sucede que la crisis del coronavirus trastoca el tiempo pero también reconfigura el espacio. La pandemia, cualquier pandemia, es una experiencia muy territorial: como el peligro llega de afuera, la naturaleza territorial de la autoridad política se refuerza. Y recupera centralidad el Estado-nación, única instancia con capacidad para cerrar fronteras y declarar confinamientos, que además sigue siendo el dispositivo más adecuado para gestionar el miedo, el sentimiento que prevalece en momentos en que la textura de la vida cotidiana, como sostiene John Gray (5), está cambiando, alterada por una espeluznante sensación de fragilidad.

El miedo suena de fondo, es la música funcional de la pandemia. El futurólogo Emiliano Gatto, que está diciendo cosas muy interesantes sobre la transformación en curso, sostiene que el pánico que nos atenaza se debe no tanto a la incertidumbre activada por el virus como a lo que éste tiene de certeza. El problema no es no poder hacerse una idea, sino no poder deshacerse de una idea, compuesta en este caso por sirenas de ambulancias, salas de terapia desbordadas, adultos mayores conectados a respiradores, gente obligada a morir en total soledad (solo un miedo muy profundo puede hacer que aceptemos sin protestar algo que hasta hace poco hubiera resultado intolerable). En este marco, quizás la tarea de un buen gobierno consista en asumir la incertidumbre y, parado bajo ese enorme cono de sombras, transformar el pánico irracional en temor productivo, el mismo que hace que nos lavemos las manos treinta veces por día. Al fin y al cabo, desde Maquiavelo sabemos que gobernar es en esencia gestionar el miedo.

Pero recuperemos la pregunta inicial. ¿Qué mundo nos dejará el virus? ¿Cómo imaginar un mundo que no sea una simple prolongación —mejorada, deteriorada, idealizada— del presente, pero tampoco una simple proyección de nuestros deseos? ¿Un mundo semejante al de la Primera PosGuerra, inestable, recesivo, con nacionalismos en ascenso? ¿O un mundo más parecido al de la Segunda PosGuerra, con crecimiento, un nuevo Estado de Bienestar y paz en Europa?

La suerte se está jugando en este momento. Si el futuro por un lado asoma sombrío, por otro es posible adivinar también algunos destellos de esperanza. En el editorial de el Diplomatique de abril mencionamos avances positivos, como el renovado protagonismo de la ciencia y el regreso del Estado. Un mes después podemos agregar dos más. El primero es cierta revalorización de la vieja idea de industria nacional asociada a la necesidad de recuperar segmentos de cadenas de suministros hasta hora deslocalizados: los especialistas coinciden en que el hecho de que Argentina disponga de dos de las pocas fábricas de respiradores artificiales que hay hoy en el mundo (se trata de una tecnología del siglo XX, es decir de la época en que el país contaba todavía con una industria pujante) constituye una ventaja sanitaria importante: la industria nacional como resorte de soberanía. El segundo es la recentralización en el gobierno nacional de áreas de gestión que habían sido cedidas al mercado, la sociedad civil o las provincias: el intento, finalmente frustrado, de declarar de interés público las camas de las clínicas privadas durante la emergencia, como hizo sin ir más lejos España, podría ser un primer paso hacia una mayor articulación del sistema de salud, cuyo problema no es tanto el gasto como la segmentación.

Pero es posible incluso pensar más allá. Las crisis suelen ser el momento en el que los gobiernos populares imponen decisiones audaces que en tiempos más normales hubieran generado una fuerte resistencia corporativa y años de interminables discusiones: la crisis del 29 dio pie al New Deal, la Segunda Guerra al Estado de Bienestar, Argelia a la Quinta República. En Argentina, la dictadura y Malvinas habilitaron el Juicio a las Juntas, la crisis del 2001 permitió el tratamiento de la ley de genéricos y la crisis del 2009 ayudó a estatizar las AFJP y concretar la Asignación Universal por Hijo. Hoy, a un costo fiscal nada desdeñable, el gobierno de Alberto Fernández está pagando el Ingreso Familiar de Emergencia, una ayuda extraordinaria para el amplio universo de trabajadores informales, irrepresentados e invisibles: transformarlo en un derecho permanente, en una versión local de la renta básica universal que se discute en el mundo, podría ser el primer gran saldo progresista de la pandemia.

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