En un principio los autos tenían averías mecánicas, pero ahora, además, se les suman las electrónicas. Como si estuviesen llenos de duendes, los conductores son ayudados a frenar más rápido, a doblar mejor y a gastar menos nafta. Pero a veces, esos duendes son malvados. Por eso no resulta extraño lo que le pasó a un automovilista que rodaba por una de las rutas del sur santafesino. En un momento dado tuvo sed y recordó que en e baúl llevaba botellas con agua mineral. Frenó y se tiró a la banquina. Dejó el motor en marcha pero cerró la puerta; se fue para atrás, abrió el baúl y con la botella en la mano dejó caer el portón trasero. Con espanto sintió un escalofriante click. La computadora de a bordo había cerrado todos los ingresos. El motor seguía en marcha. Acorralado, en medio de la nada, empezó a caminar para buscar ayuda. Al poco tiempo vio un silo y le pidió orientación a un empleado. Este llamó al cerrajero de un pueblo cercano, que, después de un tiempo de mirar las manijas y tratar de abrir las cerraduras, se dio por vencido. Hasta que el mismo empleado recordó que su cuñado tenía un auto similar y una vez le había pasado lo mismo y, como todos los que viven en pueblos, que se tienen que arreglar solos porque no hay tantos especialistas a mano, había encontrado una solución. Lo llamó y a la media hora el hombre apareció con una palanca y unos sunchos y abrió la puerta del conductor. El protagonista de esta historia agradeció a la amable concurrencia el enorme favor y, despacio, enfiló hacia su casa. Primero miró con bronca el tablero y después clavó la vista en la ruta.

























