Vamos a hablar en serio, Messi es rosarino, hincha de Newell’s, se come las eses como vos, como yo, como todos los nacidos y criados en Rosario, aun los que a fuerza de titánicos afanes lo intentan disimular, lo esconden, pero no pueden evitar que se les escape, el temblor de la falsificación, meten una “s” ahí donde no va, una “s” innecesaria, empalagosa, forzada; así es como las escuchan cuando habla un porteño, un porteño de Barrio Norte o de Recoleta o de Palermo Hollywood, no de Palermo viejo, ahí se habla de verdad, sin imposturas, al pan pan y al vino vino, en damajuana, con soda de sifón, y no como en Puerto Madero, donde se mezcla todo, el cambalache, el empresario exitoso y el cuevero más exitoso, el rockero progre y el dealer chic, la chica del momento y el rey sin corona, en fin, la Biblia y el calefón.
Messi es rosarino, toma mate, come churros con dulce de leche, los de acá, no los que venden en Disney, que deben ser mexicanos, porque los venden unos gringos disfrazados de gaúchos con bombachas, Crocs y sombrero de ala ancha, sí, gaúchos con tilde, como los brazukas del sur, que son más uruguayos que cariocas, más paulistas que bahianos y eso, lo sabemos bien, no es un orgullo para la verdeamarela, que es pura caipirinha, carnaval y playa.
Messi hace el asado, bueno, y si no lo hace por lo menos comprá el carbón, la carne, las achuras y hace como que hace el asado, como tantos compatriotas que se llevan las palmas y la verdad es que a la carne la sala la esposa, que también hace el chimichurri y las ensaladas y controla que el asado no se pase (nunca supe qué quiere decir eso), que no se arrebate (eso tampoco) y, cuando el asador se cuelga viendo la Liga, la Ligue 1 o la MSL, donde sea que juegue Messi ese domingo o cualquier domingo, disimuladamente da vuelta la tira o corre los chorizos a un costadito de la parrilla para que no queden más negros que la morcilla y que el aplauso para el asador termine siendo inmerecido, como a menudo lo es.
Messi no cantaba el Himno, pero después lo cantó y ahora a veces lo canta y otras no, hace lo que se le canta y hace bien, porque es bien argento y muy hincha de la selección, pero más rosarino, aunque media vida, un poquito más la verdad, haya vivido lejos, muy lejos del barrio, la canchita, la escuela a la que iba cuando era la Pulga, y de eso hace una eternidad. Creció en Barcelona, la ciudad, el club, y la lleva en el corazón, se hizo hombre en París, viste lo que decía el viejo, que las desgracias te templan el carácter, no lo decía con esas palabras, era más brutal el viejo, todos éramos más bestias, pero por suerte cambiamos, nos deconstruimos.
Messi era hombre antes de París, pero ahí conoció como es el mundo fuera del hogar dulce hogar y vio que no era un mundo agradable, mal que le pese al bueno del David (se pronuncia David), Lebon no hace falta aclararlo, pero lo aclaro por las dudas de que esto lo lea un trapero, uno de eso gallos de riña que se cantan las 40 cara a cara en las plazas de los Fonavi, en Pimpilandia, Parque Oeste y en los pagos del padre Ignacio, y ni se enteraron que Serú volvió de la muerte, como Narciso Ibáñez Menta, pero en el 92, hizo una gira desangelada y grabó un disco en vivo en River y ahí, en ese disco, metió “Mundo agradable”, que era tan dulzona y pegajosa que si hubiera existido el etiquetado frontal debería haber tenido pegado en la frente el exágono negro y la leyenda “exceso de azúcar”. Los pibes de las batallas callejeras seguramente no tienen idea qué hubo un mundo agradable y viven tranquilos, es un decir, claro, porque en los Fonvi, en los barrios, a la noche se escuchan las motitos tirando cortes, pululan los zombies, brillan las luciérnagas que no mató el glifosato y está matando el paco, y el tableteo de las metras tumberas que están de fiesta y no dejan que nadie viva tranquilo.
Esa es la ciudad de Messi hoy y él lo sabe, porque es rosarino, hincha de Newell’s y le gustan los mates con churros y el dulce de leche a morir, también porque los chicos malos le dejaron la vidriera del súper de la familia de Antonela hecho un queso gruyere y fue noticia mundial y en un abrir y cerrar de ojos se terminó el sueño de jugar con la roja y negra en primera, que fue su sueño de toda la vida y al final parece que Don Calderón de la Barca tenía razón, y los sueños sueños son.
Messi es rosarino, hincha de Newell’s, pero se fue a vivir a Miami, la meca del uno a uno, la puerta de entrada al mundo mágico donde los sueños se hacen realidad, ir al súper con la familia sin tener que lidiar con un enjambre de hinchas desesperados por una selfie o un autógrafo, sentarte a ver una peli de superhéroes con los pibes y jugar a ser Spiderman, Thor o Capitán América, salir de fiesta con amigos sin pensar si las Vespa de los paparazzi te van a andar corriendo endemoniadas por el Pont de l’Alma o si la trupe de “Estudio Estadio”, esa maldita hoguera de las vanidades, va a encender el fuego donde se van a hacer un festín los haters de Twitter o X, al final no sé cómo cuerno se llama la red social de Elon Musk, que cambia de manos pero sigue siendo una cueva de villanos más malos que Thanos.
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Messi se pone una camiseta rosa (qué lío que se armó acá cuando Boca osó usar una camiseta rosa), ni roja y negra ni celeste y blanca ni azulgrana, y todo el mudo quiere la camiseta rosa, que se agota en minutos, se falsifica en segundos, da la vuelta al planeta “made in la Salada” y todo el mundo está feliz. Messi más que nadie. Los argentinos, los que pueden, que con el dólar orillando los 800 pé, son unos pocos, tienen una excusa para ir a Miami, que ya no es la ciudad del “deme dos”, pero sigue siendo el sueño (otra vez los sueños) argentino, aun de les chiques de C5N, que se olvidan por un minuto que David Beckham no es el dueño del Inter Miami, bueno, no es el dueño mayoritario, los dueños son los hermanos Jorge y José Mas, los hijos del empresario Jorge Mas Canosa, cubano anticastrista acérrimo que hizo fortuna en Estados Unidos.
Messi hace el gol de tiro libre en el último minuto, se abraza con los pibes al costado de la cancha, se corona campeón una vez más, vive con cara de feliz cumpleaños. Y se come las eses, extraña los churros, el dulce de leche, el asado de los domingos con la familia, pero mucho más al barrio, la casa de Estado de Israel 525, la canchita del club Grandoli y a la abuela Celia, extraña la infancia, que es la patria, y a esa Rosario, que es la que extrañamos hoy los rosarinos, todos, los que pueden pagarse un avión para ir a verlo jugar en Miami y los que no, los que gambeteamos la desgracia como podemos y soñamos con ver al 10 jugar con la roja y negra en el Coloso o en el Gigante con Angelito.