A poco más de un mes de suspendidas las clases, una vez más, es necesario pensar hacia dónde va la escuela, esta institución que fue pensada hace más de trescientos años con el objetivo de "enseñar todo a todos"

A poco más de un mes de suspendidas las clases, una vez más, es necesario pensar hacia dónde va la escuela, esta institución que fue pensada hace más de trescientos años con el objetivo de "enseñar todo a todos"
En nuestro país, a fines del 1800, con un claro objetivo de homogeneización, se promovió la idea de lograr una sociedad educada que abarque a todos los habitantes, tarea prioritaria para la construcción de la Nación. Sin embargo, casi 150 años después no puede seguir teniendo ese mismo objetivo, mucho menos en este contexto.
¡Paren el mundo, me quiero bajar!, reclamaba Mafalda en los años 60. Y el mundo se paró. Y nos bajamos. Entonces, ¿Ahora qué?
La respuesta pareciera no admitir respuesta errónea, es una oportunidad histórica de romper con el paradigma moderno que moldeó y cristalizó a la escuela.
La era de las tecnologías y de las comunicaciones irrumpieron en el siglo XX y cambiaron el escenario de manera categórica; de esta manera, produjeron disrupciones en grandes empresas, pero también en pequeñas instituciones. Sin embargo, la escuela se mantiene firme con su prototipo rígido y perimido.
En estos días, una vez más, la realidad la pone en jaque. Hace que, repentinamente, se piense en otro contexto, la intima a romper con la presencialidad que tanto defiende y la obliga a dejar de pensar la homogeneidad para dar lugar a la alteridad. La pregunta es si puede hacerlo.
Y es aquí donde fluye la posibilidad de dar el gran golpe de timón a las prácticas tan tradicionales y donde surge, o al menos debería hacerlo, la tarea docente, la capacidad para motivar, para crear, para imaginar y, por ende, aprender y reconocer que no todos los niños y niñas son iguales y que no todos están insertos en el mismo contexto.
Días pasados, dialogando con mi sobrino, quien cursa la escuela primaria, me dice: "tengo temas nuevos y es como que mucho no los entiendo, pero con las tareas voy bien, en eso voy bien. Así que no voy a tener problemas". Me imagino a su maestra corrigiendo dicha tarea que ese niño hace bien, aunque, quizás, sin preguntarse si lo aprendió y, en todo caso, cómo lo aprendió.
Y así como en algunos sectores hay sobreexigencia de contenidos nuevos y actividades; sin embargo, en otros, se hace lo que se puede. Ya es sabido que garantizar contenidos pareciera ser una opción para unos pocos y asegurar que llegue a todos de manera equitativa es un objetivo a largo plazo.
Semanas pasadas se publicaron dos casos en los diarios; el de María Eugenia Zumoffen, docente rural, quien da clases en las islas entrerrianas y, en medio de la pandemia mundial, sigue saliendo con su lancha y va, casa por casa, a llevar la tarea a sus alumnos.
El segundo ejemplo es el de Mariana Asegurado, docente de la ciudad, quien armó un programa en una radio comunitaria para darles clases a estudiantes que no tienen acceso a Internet y no pueden ir a la escuela por el aislamiento social. La maestra puso en contacto a la radio barrial de la comunidad Qom con la Escuela 1344 bilingüe y, a través del aire, enseña a estudiantes del nivel primario.
En los suburbios, las docentes dejan en el kiosco del barrio las actividades para fotocopiar porque tener al correo electrónico, internet o impresora es un paisaje lejano en las algunas familias, tan diferente a otras que tienen bienes materiales y simbólicos y llevan todas las de ganar: explicaciones por zoom o google classrom, material on line, entre otros beneficios.
La escuela ya no será la misma, o al menos ese es mi deseo. Con la pandemia ha implosionado, se le ha cuestionado, casi sin querer, sus formas de ser y estar en el mundo. Ahora bien, habrá que ver si toma conciencia de esta ruptura de paradigma, para dar lugar a otra mirada de los estudiantes y docentes. Ir a la escuela es mucho más que hacer actividades o ejercicios, es poder instituir un espacio y un tiempo colectivos, es compartir experiencias, es socializar saberes que impliquen a las niñas y niños jugar y relacionarse y estar juntos, más allá de aprender un determinado tema. Es el tiempo de enseñar la empatía, el ponerse en el lugar del otro, es el tiempo de dejar de dar por supuesto lo supuesto y romper con algunos prejuicios y de plantear otras alternativas para estar en el aula. Pero nada hará posible un cambio medular si no se reflexiona, si no se cuestionan los modelos de gestión y de enseñanza y se los transforma.
El mundo paró y nos bajamos, ahora es nuestra la responsabilidad de movernos en él y convertirlo en un paraíso o en un infierno. Los niños y las niñas nos esperan, hagámoslos partícipes de este cambio, dándoles la palabra y solicitándoles que nos digan en qué mundo quieren vivir. Son ellos las y los protagonistas.



Por Matías Petisce

