El ciudadano común contempla entre impotente y azorado cómo la delincuencia
aumenta día a día, llegando inclusive a condicionar sus actividades. Sin embargo, lo más grave es
el grado de impiedad y violencia irracional que despliegan los delincuentes. Salvo excepciones,
hace unos años no existía la violencia física y el ensañamiento que hoy se advierte. Ahora los
blancos principales del delito son los ancianos, las mujeres, los hogares y quienes portan dinero o
conducen un vehículo. En los dos últimos años 85 ancianos han sido asesinados en sus domicilios y
muchas veces fueron torturados antes de morir. Los arrebatos callejeros y las salideras bancarias
son el pan nuestro de cada día, al igual que el robo de autos o motos. Ante la menor resistencia se
hace uso de las armas. El famoso corralito fomentó la desconfianza hacia los bancos y la gente
guarda el dinero en su casa. La delincuencia ha aprovechado esa circunstancia para ingresar a los
domicilios, pegando y torturando para lograr la entrega de dinero y alhajas.
Estos son los efectos. Ahora las causas.
Thomas Malthus (1766-1834), padre de la demografía, expuso en 1798 el principio
según el cual la población crecía en progresión geométrica y los alimentos en progresión
aritmética, por lo que llegaría el momento en que no habría sustento para los seres humanos. Este
panorama sombrío se vio superado a mediados del siglo XIX por la incorporación del vapor, el carbón
y el petróleo a la industria. Nacieron las fábricas y se crearon innumerables puestos de
trabajo.
Sin embargo, las teorías de Malthus fueron reflotadas a mediados del siglo XX.
El sostenía que existen "frenos naturales" al crecimiento demográfico (el hambre, las plagas, la
guerra y las enfermedades) y "frenos preventivos" representados por la abstinencia sexual o el
retraso de la edad del matrimonio hasta que la pareja estuviera en condiciones de mantener a sus
hijos.
Mao Tse Tung, máximo dirigente comunista chino, en 1949 se encontró ante un
problema crucial: la población china era de 900 millones. Siguiendo al mismo ritmo demográfico, en
el 2000 llegarían a los tres mil millones. Ante ese panorama se implementaron dos medidas
drásticas: edad mínima para casarse, la mujer a los 23 años y el hombre a los 26, y prohibición
absoluta de tener más de un hijo (actualmente 26 y 29). En caso de violarse esta regla, separación
del matrimonio con exilio a zonas remotas e inhóspitas. Gracias a esto la población china era de
1300 millones en 2007. Si la insertamos en los 6.500 millones de seres humanos, de cada cinco
habitantes del mundo uno es chino. El lector se preguntará qué tienen que ver Malthus y los chinos
con el tema del título de este texto. Tienen mucho que ver.
En nuestro país existe una discusión entre el gobierno y la iglesia respecto a
cuál es el índice de pobreza, si el 20 por ciento o el 30 por ciento. Con una población de 40
millones de habitantes, entre ocho y 12 millones son pobres. Por eso resulta tragicómico oír que
podemos alimentar a 400 millones de personas y no somos capaces de eliminar ese drama de nuestros
compatriotas.
Para tomar conciencia de que el problema se agravará cada vez más, conviene
fijarse en los datos demográficos. En el censo nacional de 1914 Argentina tenía siete millones de
habitantes y en la actualidad sobrepasa los cuarenta, o sea casi un 600 por ciento más.
Mientras que en Europa existe prácticamente un control demográfico natural, en
los países subdesarrollados se produce una explosión de natalidad ingobernable. Esa multitud de
niños que van creciendo en medio de penurias de toda índole, sin una vivienda digna, con
alimentación escasa e inadecuada, en muchos casos sufriendo vejaciones, repentinamente llegan a la
pubertad.
Descubren el placer de lo sexual y sin contención de ninguna índole surge la
figura de la niña-madre. La edad promedio del primer parto está en nuestro país en los 16 años. Los
nacimientos se siguen sucediendo y en los estratos más pobres la mujer de 30 años de edad es más
que frecuente que tenga de 6 a 10 hijos.
¿Qué figura ofrece la pareja hombre? En general carece de educación y no ha
aprendido una actividad que lo capacite para mantener esa familia numerosa. Sólo basta comparar que
en Japón, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos y otros países, los escolares concurren por año 260
días. Aquí se fija la meta de 180 días anuales, que casi nunca se alcanza.
En los países del primer mundo se aplica un control natural que arroja una
generación cada 25 años, o sea aproximadamente cuatro generaciones por siglo. Por el contrario, en
los países subdesarrollados se dan siete generaciones por siglo, cobrando vigencia la teoría de
Malthus.
Los grandes centros urbanos están siendo rodeados por un cinturón de villas de
emergencia con índices de natalidad desenfrenados. Esos niños, carentes de las cosas más mínimas,
ven en televisión que existe otro mundo de bienestar y placeres al cual nunca tendrán acceso y se
preguntarán: "¿Por qué otros sí y yo no?".
Millones de ellos llevan adelante sus vidas con un estoicismo y dignidad
merecedores de los mayores elogios. Pero también muchos de estos menores eligen el camino tentador
del delito. Además, la droga irrumpe en sus vidas y gran cantidad de crímenes y asaltos violentos
se producen bajo la influencia de ella.
No existen soluciones mágicas para detener esta marea, pero sí deben adoptarse
medidas urgentes para reducir la delincuencia a límites tolerables: 1) Bajar la imputabilidad a 14
años. Actualmente es a los 18 años, y si alguien que no ha llegado a esta edad comete un delito,
por grave que sea, es común que sea entregado en custodia a sus padres. 2) Que la condena sea
acorde con la gravedad del hecho, uniendo la figura del castigo con la necesidad de tenerlo
apartado de la sociedad. Nuestra aspiración como ciudadanos a ser beneficiarios de los derechos
humanos es tan válida como la de esos menores delincuentes. 3) Que los institutos de reclusión sean
adecuados para la rehabilitación de los detenidos con edificios limpios y seguros, y personal
especializado. Ello permitirá su recuperación y posterior inserción en la sociedad, en vez de salir
como delincuentes empedernidos. 4) Jerarquizar la tarea policial, proveyendo los medios y
tecnología necesarios para prevenir y reprimir la delincuencia. 5) Campaña de educación sexual en
las escuelas, inculcando la idea de la familia programada y el uso de preservativos y
anticonceptivos, incluyendo "la píldora del día después", que mereció un interesante y reciente
fallo judicial. Resulta imperativo lograr una natalidad controlada para que disminuyan los índices
de pobreza, marginalidad y delincuencia. También ayudará a controlar el sida y la prostitución, que
no son precisamente males menores.
(*) Abogado.