El maestro Tolstói
Reflexiones, por Mario Vargas Llosa / El País (Madrid). Desde afuera, la casa
tiene un semblante imponente, con sus balcones de barandas labradas y sus maderas pintadas de
blanco, pero en el interior todo es sencillo, más bien rústico, y algo apretado, pues aquí
vivieron, además de Lev y Sofía, su esposa, los ocho hijos que sobrevivieron de los 13 que concibió
la pareja...
13 de julio 2010 · 01:00hs
Desde afuera, la casa tiene un semblante imponente, con sus balcones de barandas
labradas y sus maderas pintadas de blanco, pero en el interior todo es sencillo, más bien rústico,
y algo apretado, pues aquí vivieron, además de Lev y Sofía, su esposa, los ocho hijos que
sobrevivieron de los 13 que concibió la pareja, además del médico de la familia, el secretario y
una nube de mayordomos y sirvientas. El cuartito en el que Lev se confinó cuando decidió renunciar
al sexo es minúsculo y espartano, la celda de un monje.
El escritorio es pequeño y emocionante, con sus plumas, tinteros, secantes,
fotografías familiares, y los dos libros que Tolstói estaba leyendo a sus 82 años, el mismo día que
se fugó de la brava Sofía para ir a morir a la minúscula aldea de Astapovo: los Ensayos de
Montaigne y los Pensamientos de Pascal. Los estantes que pululan por todos los rincones de la casa
tienen libros en cinco idiomas -se dice que leía 14-, pero entre los extranjeros prevalece el
francés. Vi varios de Victor Hugo, de quien Tolstói elogió Los Miserables con un entusiasmo inusual
en él.
En los últimos meses de su vida, este octogenario había comenzado también a
estudiar chino, prueba irrefutable de la juventud de su espíritu y de esos lampos de locura que
jalonaron siempre su genialidad. Para entonces hacía años que había dejado de ser sólo uno de los
más grandes novelistas de todos los tiempos, para convertirse en un profeta, un místico, un
inventor de religiones, un patriarca de la moral, un teórico de la educación y un fantasioso
ideólogo que proponía el pacifismo, el trabajo manual y agrícola, el ascetismo y un cristianismo
primitivo, libertario y sui generis como remedio a los males de la humanidad. A esta casa le llegó
la noticia de que la Iglesia Ortodoxa lo había excomulgado, algo que en vez de perjudicarlo lo hizo
más popular, por lo menos fuera de Rusia. Las cosas que decía reverberaban por todo el planeta y
por lo menos en cuatro de los cinco continentes surgieron, ya en vida de él, esas comunidades
agrarias de jóvenes tolstoianos -muchos artistas y poetas entre ellos- que abandonaban las
ciudades, renunciaban al espíritu de lucro e iban a regenerarse moralmente compartiéndolo todo y
trabajando la tierra con sus manos. Que estas colonias anarco-pacifistas no duraran mucho tiempo no
impidió que el pacifismo mesiánico de Tolstói dejara una marca en la historia: Mahatma Gandhi fue
uno de sus más ilustres discípulos, al igual que Martin Luther King, y el sionismo se inspiró en
muchas ideas de Tolstói, sobre todo en la concepción del kibutz.
Pero el inmenso prestigio que llegó a alcanzar en el mundo entero no hubiera
sido posible si, detrás de sus audaces, pintorescas y a veces temerarias teorías, no hubieran
existido las novelas que escribió, sobre todo ese prodigio que es Guerra y Paz. ¿Cómo lo hizo?
Aquí, a Yasnaya Polyana, vienen investigadores del mundo entero a tratar de averiguarlo,
escudriñando sus borradores, notas, resúmenes de lecturas y de testimonios que fueron la materia
prima de esa ciclópea empresa, acaso la más ambiciosa que haya emprendido jamás un escritor. Pero
aunque de esos escrutinios salgan a veces ensayos lúcidos e interpretaciones profundas, es seguro
que ninguno de ellos llegará jamás a explicar entera y cabalmente el misterio que es siempre una
obra maestra absoluta.
Yo la he leído tres veces, en francés, en inglés y en español, y cada vez he
sentido ese malestar impregnado de maravillamiento y envidia que produce una obra de arte que
parece haber roto los límites, ido más allá de lo posible al común de los mortales, al recrear un
mundo tan diverso y vertiginoso como el real, pero mucho más nítido, coherente, comprensible y
perfecto, con sus casi 600 personajes tan bien diferenciados, sus epopeyas y sus miserias, su
aptitud para elevarse sobre sus limitaciones y defectos y alcanzar el heroísmo, la sabiduría y la
santidad, o hundirse en la vileza, en la mediocridad del montón y llegar ya siendo nadie a la nada.
En ninguno de sus ensayos describió mejor Tolstói la condición humana, lo que somos y lo que no
somos, que en esta novela, que emprendió sin pretensiones filosóficas, sociológicas ni religiosas,
en la que, como escribió en el epílogo del libro, se propuso sólo contar una historia militar.
Guerra y Paz también es eso, desde luego, una crónica de la resistencia del pueblo ruso a la
invasión de las tropas napoleónicas, que se lee con la atención absorbente que merece una buena
novela de aventuras. Pero es al mismo tiempo tantas otras cosas que cualquier definición resulta
pobre comparada con esa miríada de experiencias y situaciones que hay en ella: lo militar, lo
religioso, lo político, lo artístico, el amor, el odio, la generosidad, la amistad, los demonios de
la irracionalidad y los instintos más oscuros, el candor, la pureza, la soledad. El calificativo
que más le conviene es: total. Nada le falta, nada le sobra para darnos esa impresión fantástica
del aleph borgiano: todo está allí.
Probablemente Tolstói nunca fue consciente de su logro. Estaba siempre demasiado
entregado a sus proyectos revolucionarios, la escuela para los hijos de los siervos donde ensayó
métodos educativos de su invención y cuyo local aún se conserva, o la manera de refrenar la
concupiscencia y los apetitos materiales a los que sucumbió tantas veces, siempre con atroces
remordimientos y propósitos de enmienda, o en su empeño de hacer de la religión algo que desechara
toda forma de prejuicio, oscurantismo y superstición y congeniara con la naturaleza humana. Aunque
podía ser arrogante y soberbio en el plano intelectual, y exigía de sus amigos y discípulos la
incondicionalidad, carecía de las mediocres vanidades de muchos de sus colegas, y no le importaban
la fama, los reconocimientos ni el poder. Sufría de verdad por los privilegios de que él y toda la
clase aristocrática gozaban y se compadecía por la condición de los humildes y de todas las
víctimas de la pobreza, la explotación y la injusticia. Que los remedios que imaginara para poner
fin a la desigualdad y al abuso fueran ingenuos y a menudo irreales no disminuye el valor moral de
sus esfuerzos, en su vida diaria, por privarse de todo lujo, imponerse costumbres ascéticas y
multiplicar las iniciativas a fin de acercarse espiritualmente a los desheredados.
Lo más hermoso de Yasnaya Polyana es la tumba de Tolstói. Está en medio del
bosque y no hay en ella inscripción alguna: un pequeño montículo cubierto por la hierba y rodeado
de altísimos árboles. El aire susurra entre las hojas y las ramas y hay en el lugar una paz y un
sosiego que Lev Tolstói no conoció jamás en toda su existencia.