Cuando el gobierno tiene todo a favor, por las dudas se busca problemas. Es de diván: no tiene paz. Ahora fue el Indecgate. Primero, retrotrae a las discusiones durante el kirchnerismo, emparentándolo. Segundo, genera sospechas en los mercados y el mundo de los negocios. Tercero, puede disparar acciones legales sobre los bonos ajustables por inflación, como ya venimos arrastrando. Y cuarto, no es solo un problema de ajuste de precios, sino también de cómo impacta en la medición de pobreza y el nivel de salarios y jubilaciones. Es decir, se trata de maquillar estadísticas menos favorables.
Pero estamos en verano y el gobierno parece tener la situación bajo control, por lo tanto, ese traspié no tendrá efecto de corto plazo en la opinión pública. Claro, eso no significa que nunca vaya a pagar ningún costo, porque estas cosas tienen efectos retardatarios: en algún momento entran todas las balas juntas. Es injusto, pero es así. Por supuesto, tampoco debe esperar crecer en la consideración ciudadana. Como ya mencionamos, el Indice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Di Tella marca dos meses seguidos de estancamiento/caída.
A esto le agregó un nuevo debate a partir de la batalla cultural que quiere dar, aunque hace mucho que no se mete en temas urticantes como los del discurso de Davos en 2025. Ahora se concentra solo en lo económico, ya que lo otro no daba raiting, es más, se lo hacía perder entre los propios votantes moderados. Por lo tanto, corrimiento al centro como mandan los manuales históricamente. La semana anterior dieron debate sobre la licitación por los tubos que ganaron los indios, usando a Techint de punching-ball, y en esta se la agarraron con la industria textil. ¿Cuánto rinden esas discusiones en un contexto de consumo popular recesivo y pérdida de puestos de trabajo en la actividad manufacturera? Veremos, veremos, y después lo sabremos.
De todos modos, su principal preocupación ahora es la reforma laboral. Pedida por amplios sectores de poder nacional e internacional desde hace mucho, el oficialismo no se puede quedar sin ley. Por eso, las bravuconadas respecto a “es esto o nada, porque si no, no nos sirve”, hay que leerlas en el marco de una lógica guerra de nervios en la previa al punto del penal. Los libertarios les dicen a los gobernadores “no se preocupen, loco, todo va a estar bien, ninguna bala parará este tren”. Traducido: lo que se les caiga de recaudación este año, lo van a compensar el año que viene con la formalización de 400.000 puestos de trabajo. Los caciques provinciales (que fuman abajo del agua) siguen la máxima de Vicente Saadi respecto a que “en política se trabaja al contado”. Es toma y daca concreto, no “promesas vanas de un amor”, como reza el tango.
Dato inquietante
Esta semana se conoció un dato que complica la discusión. Entre noviembre 2025 y enero 2026 las provincias dejaron de percibir un 3 % de las transferencias nacionales. Solo en enero perdieron casi un 7 % interanual, además de un deterioro leve comparado con diciembre. Esto agrava la baja que vienen sufriendo las arcas de los gobernadores en los últimos meses (post agosto). El gobierno nacional les dice a los mandamás que ajusten sus cuentas, pero nadie quiere comprarse conflictos sociales con empleados, docentes, personal médico y policías, entre otros, además de estar muy escasos de obras públicas para reanimar las economías locales. Solo un dato para ver cómo está la economía de calle: en diciembre 2025 hubo un 93 % más de cheques rechazados comparado con diciembre 2024.
Si el gobierno se quedase sin ley generaría grandes interrogantes en los mercados sobre la gobernabilidad, aun cuando hubo un crecimiento exponencial de diputados y senadores libertarios a partir del 26-O. El tema es que el oficialismo volvió a mandar al Congreso otra “ley ómnibus”, la cual incluye un montón de temas que no tienen que ver con la cuestión central. Eso dispara más lobbys operando sobre sus respectivas problemáticas.
La calle pide reactivación, empleo y mejores salarios. Si es con reforma laboral o sin ella, poco importará. La inflación pasó a un segundo plano, ya que (más allá del incremento progresivo del índice en los últimos 7 meses) dejó de ser una angustia central y la tendencia seguiría mejorando este año y el próximo (aunque no tanto como proyecta el gobierno). El gobierno se auto endulza con los números macro: superávit fiscal, ingreso de más dólares por créditos privados y exportaciones agro, acumulación permanente de reservas, dólar oscilante a la baja y un riesgo país que se acerca más que nunca al ideal después de dos años de mandato. Pero la calle no come estadísticas, sino que se ata a sus propias percepciones.