“Soy medio callejera, siempre lo fui”. Gladys Russo ríe al celebrar su presentación. Aunque tenía su casa, al quedar sola y no encontrar alguien con quien compartirla, debió mudarse al geriátrico del barrio Parque donde vive como si fuese un hotel, con total libertad para salir a ver a la gente amiga del lugar donde nació hace 85 años.
Pero su historia de vida excede la condición de relato y confirma el patrón vincular del barrio Parque, que casi desde su fundación, entrelaza vecinos, a estos con las instituciones y a las instituciones entre sí. Su memoria revela que aún con una urbanización en curso, ocho décadas atrás, el lugar ya se percibía como un entorno acogedor, donde podían sentir la sensación de completud que tanto destacan, es decir una comunidad. La misma definición que dan sus habitantes en la actualidad.
"No quiero irme"
“Por eso no quiero irme del barrio, acá está todo”, argumenta Gladys. Coqueta, activa y muy dispuesta para la charla, fotografía incluida. Todo son las anchas veredas arboladas, las casas que replican la suya, la Biblioteca que lleva el nombre de la calle donde nació, el club Nueva Aurora del que participó y del que ahora no pierde actos ni fiestas y el Parque Independencia. En todos esos lugares la reconocen, la integran, la sienten portavoz de esa comunidad, intangible pero de alta densidad emocional a la que tanto refieren.
“En este momento estoy un poquito mal, al no tener a nadie, el cambio de mi casa al geriátrico es muy brusco, aunque tengo libertad no es fácil, no es lo mismo, pero como siempre caminé el barrio, sigo saliendo a caminar mucho y a ver a la gente amiga”, argumenta. Y sorprende con un proyecto: en marzo o abril, cuando comiencen las actividades en el club y en la biblioteca, decidirá qué actividades realizar: “Voy a ver en qué me puedo anotar, quisiera hacer otra cosa”. A modo de ejemplo, refiere al Nueva Aurora como “una hermosura, atrae a mucha juventud y cuando hacen reuniones sociales van los vecinos y vamos los mayores”.
Partícipes activos del barrio
Unas tres décadas atrás, Gladys y su esposo, ya fallecido, Marcos Goldín, participaban activamente de los ejes articuladores de la vida cotidiana del barrio.
“Mi marido fue presidente de la Biblioteca Alfredo Franzini Herrera, yo también estaba allí, en aquel momento hubo que arreglar muchas cosas, todo con esfuerzo, sin subsidios, tratando de hacer actividades para integrar a la gente del barrio, como incorporar a un profesor de música”, evoca.
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“Ahora por suerte la gente del barrio se integró, hay muchas actividades, hay un cambio notable, los chicos que están ahora son más jóvenes y con muy buenas ideas”, enfatiza.
Las tardecitas de la infancia
Hija única y sin descendencia, para Gladys que hizo el secundario en el Centro Educativo Dante Alighieri el barrio es su mundo. “Siempre fue lindo, con muy buena gente y muy familiar, por eso me gusta estar acá, muchas personas mayores se han mudado porque les pasó lo mismo, las casas quedaron grandes, ahora viene gente joven, con niños, a hogares con mucho patio y jardines”, interpreta sobre los cambios en la composición social del lugar que aún conserva las casas originales, las que “hacen que se vea lindo, ahora han hecho algunas modificaciones en los frentes, más que eso no pueden cambiar”.
“Todas los días iba de visita de mi tía que vivía a la vuelta de mi casa, así que yo todas las tardes estaba en esa cuadra jugando con gente ahora algunos ya no están. A la noche los vecinos nos sentábamos en la vereda, en ese sentido era otra cosa”, evoca. Y aclara que en los años que tiene, nunca vio “algo desagradable o feo, es un barrio familiar, a veces estoy sentada en el Parque y pasan jóvenes y me saludan, los conocí siendo niños, por eso no me quisiera ir de acá”. La reflexión queda flotando, ineludible, sobre los sentidos en los pliegues profundos del lugar de pertenencia, como el barrio Parque, con sus plátanos centenarios que dan frescura aunque para algunos es moleste la pelusita, como dicen los vecinos sonriendo.