Más allá de los resultados del domingo, del paso adelante del movimiento indígena Pachakutik, de la división en tres o cuatro del electorado, las causas del cuadro político ecuatoriano deben buscarse en la economía, y en especial en la mala relación de esta con la política pese a que la figura dominante de Ecuador en los últimos 15 años ha sido Rafael Correa, un economista profesional.
La dependencia de Ecuador del precio internacional de los bienes primarios y en especial del petróleo es tal que un análisis político del país bien puede iniciarse con una introducción del precio del crudo en los últimos años, que son los de crisis y decadencia del modelo correísta. Corría enero de 2015, Rafael Correa era presidente y no descartaba aún forzar otra reelección, pero las alarmas sonaban en Ecuador. Es que el precio de petróleo se había desplomado durante todo el año 2014 y continuaba haciéndolo. Del récord de más de 140 dólares que había alcanzado en los años de oro que le tocaron a Rafael Correa y a su "revolución ciudadana", el 31 de diciembre de 2014 quedaba poco: el barril ecuatoriano, vinculado directamente al West Texas Intermediate (WTI), apenas valía 53 dólares. Las dos variantes más cotizadas del petróleo ecuatoriano de hecho valían algún dólar menos, en torno a los 48. Para tener una idea de la magnitud de la pérdida, en enero de 2014 el barril promedio de la OPEP, de la que Ecuador es parte, se cotizaba a 100 dólares. Durante todo 2019 se mantuvo en torno a los 55 dólares, pero la llegada de la pandemia y la subsecuente caída mundial de la demanda le dio otro golpe fatal al producto estrella de Ecuador: bajó en picada a 23 dólares, aunque luego se fue recuperando y cerró 2020 a 48 dólares. Pero el daño a la estructura económica y fiscal de Ecuador estaba hecho, fue enorme y lo seguirá siendo, y aún si mantiene su valor en torno a ese precio, ya el petróleo no permitirá retornar a aquellos años dorados que Correa evoca como mérito propio.
La debacle de 2015 puso en evidencia que el proyecto político de Rafael Correa era "petróleo-dependiente" en un grado sumo, extremo y sin dudas imprudente. Correa pierde toda chance de buscar su "re-re-elección" en 2017 y debe resisgnarse a que su partido-coalición Alianza País designe a Lenín Moreno como candidato. El modelo ya no funcionaba, carente de ese barril a precio astronómico, y a este dato clave se sumaba el hartazgo que había en la sociedad ecuatoriana con el liderazgo autoritario y asfixiante de Correa. Este malestar se extendía incluso a Alianza País. La narrativa de que Moreno fue "un traidor", un "demente" (Correa dixit) es insostenible cuando se recorre aquel período. Moreno seguramente no es un político con carisma ni un gran estadista, pero le tocó hacer el ajuste, y nadie responsable y con información puede discutir que ya no había margen para postergarlo. El diario español El País, insospechable de tendencias neoliberales, lo señaló sin eufemismos la semana pasada al dar un panorama de la economía de Ecuador.
Si se suma que el país no puede devaluar para ganar competitividad internacional y sumar dólares a su balanza comercial, ni emitir moneda para financiar el déficit fiscal, porque adoptó al dólar -precisamente- como moneda nacional, la crisis era y es inevitable. Esta decisión ortodoxa la adoptó en 2000 Jamil Mahuad, pero el heterodoxo Correa la mantuvo, porque sabe que es la única ancla antiinflacionaria que funciona.
De esta forma, si el "delfín" de Correa, Andrés Arauz, economista como su jefe, llega a la Presidencia, se verá ante un panorama que nada tendrá que ver con el de 2007, cuando el líder carismático e irascible de la "revolución ciudadana" inició su mandato. La realidad actual es mucho mas cruda. La Cepal calculó que el déficit fiscal de 2020 de Ecuador llegó al 9% del PBI. Ante la imposibilidad de devaluar ni de emitir moneda, el gobierno de Moreno debió reestructurar forzadamente su deuda con privados, lo que lo dejó afuera de los mercados de deuda, y debió recurrir al FMI. Un periplo casi idéntico al de la Argentina. El Fondo actuó con rapidez y le engregó 6.500 millones de dólares a Ecuador para hacer frente a la pandemia. Moreno aplicó medidas ortodoxas pero claramente necesarias, como privatizar empresas estatales y cortar el gasto que se financia con deuda. Pero hacer esto en medio de la debacle de la pandemia acentuó la caída de la economía.
Debe agregarse que bajo Correa el Gasto público medido en porcentaje del PBI llegó a niveles de Primer Mundo: en torno o por encima del 40% del Producto entre 2011 y 2015. Eso, que ya resulta difícil de sostener en países desarrollados, es simplemente retrógrado en un país notoriamente subdesarrollado. Anula toda perspectiva de ahorro e inversión doméstica y aleja la inversión extranjera. Sumado al cerrojo que impone el dólar adoptado como moneda nacional, fue la tormenta perfecta.
Tal vez Arauz, de llegar a la Presidencia, deshará algunas de estas políticas, pero no es mago y no podrá hacer resucitar las condiciones casi ideales que tuvo Correa. Un problema muy similar al que padece el gobierno argentino. Ambos llegan o aspiran al poder bajo el impulso de prometer un retorno a un pasado percibido como glorioso, pero las condiciones externas que permitieron aquel expansionismo, fiscal y del consumo, no existen más. Culpar a Lenín Moreno y al FMI le podrá funcionar a Arauz las primeras semanas o meses, pero después no habrá chivos expiatorios a mano.
La enseñanza del caso ecuatoriano es clara. Las opciones populistas como la de Correa tienen éxito temporal porque América latina es el subcontinente con mayor brecha de la riqueza del planeta. Pero a la vez ese triunfo del populismo asegura que la puerta al desarrollo se mantendrá cerrada, dado que el duro camino del crecimiento económico por largos períodos, única receta válida para salir de la pobreza, exige hacer lo contrario a lo que propala el popullismo, que es distribuir riqueza cuando esta todavía no existe o es producto momentáneo de un golpe de suerte, como fue el lejano boom de commodities de los años 2000.
Para dar un ejemplo del camino correcto, bien vale tomar a China. Según datos históricos del Banco Mundial, en 1981, cuando aún estaba sufriendo las consecuencias de la economía comunista ortodoxa dejada por Mao, China tenía 88% de su población en la pobreza. Mucho después, en 2012, la pobreza habia bajado a 6,5%. El BM estima que más de 500 millones de personas fueron sacadas de la pobreza extrema en ese lapso de 31 años. El de Deng Xiao Ping es, claro, un camino de sacrificio y ausente de retóricas facilistas.
Tal vez la idiosincracia latinoamericana no sea apta para esta receta, que claramente sí funcionó en una sociedad asiática, bajo una dictadura inapelable y una ética social tradicionalista y severa, la del confucianismo. Pero se pueden dar ejemplos mas cercanos culturalmente, como la Alemania del "milagro alemán", construida en democracia por los democristianos de Adenauer y sus aliados liberales. Se suele señalar erróneamente a Alemania como modelo de Estado de Bienestar socialdemócrata, pero esto es históricamente falso: la SPD y Willy Brandt llegan al poder recién en 1969, cuando la difícil y austera receta del bienestar alemán estaba realizada. Y con un gasto público de 20 a 30% del PBI, mucho mas bajo del que vino después, cuando sin embargo Alemania ya no creció más al ritmo vertiginoso de los años del "milagro".