En línea con lo que he dado en llamar análisis epistemológico de los fenómenos sociales, intentaré, en unos pocos párrafos, ir al corazón de lo que considero que es el mayor hito en la historia del pensamiento moderno: la idea de conocimiento crítico. ¿Cómo se ha gestado y qué relevancia tiene para nuestra cultura occidental? ¿Qué supone, en concreto, pensar críticamente? ¿Por qué esta modalidad cognoscitiva está en peligro y por qué su abandono supondría perder el último bastión de libertad en nuestras sociedades contemporáneas?
Nace la crítica: la forma de pensar que lo cambió todo
Así como el dominio del fuego y, muchos años después, la invención de la rueda supuso una revolución decisiva en el campo del mundo físico, la disposición mental para formular ideas con el propósito de ponerlas inmediatamente en cuestión es, después del surgimiento de la escritura, el cambio paradigmático más sustancial en la historia del mundo conceptual.
El epistemólogo Karl Popper escribió que, cuando algún jefe en el mundo primitivo enunció la explicación de un fenómeno y acto seguido se dispuso a poner a prueba su propio enunciado –habilitando además al resto de la comunidad a hacer lo mismo–, comenzó a gestarse el pensamiento crítico. Que en el ejemplo se trate de la figura de un jefe no es un detalle menor, porque esto significa que quien se sometió a cuestionamiento no lo hizo obligado por la debilidad, sino voluntariamente, convencido de que es lo mejor. Nótese que pensar en la conveniencia de criticarse a uno mismo se trata de un comportamiento contraintuitivo que supone romper con profundos esquemas mentales.
Esta revolución conceptual trajo la increíble novedad de que la legitimidad del conocimiento ya no esté dada únicamente por la autoridad personal o por la tradición de la costumbre, sino por su valor intrínseco. Surgen dos grandes consecuencias: 1) un conocimiento de mayor calidad y 2) la posibilidad de pensar más allá de la dictadura que impone el poder o la costumbre. Excelencia epistemológica y libertad se hermanan y se transformarán en los dos pilares que abrirán el umbral a lo mejor de nuestra civilización occidental: la filosofía, la ciencia, la idea de igualdad y, con ella, la democracia, el pensamiento libre y los derechos humanos.
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Karl Popper.
El universo del pensamiento crítico
Dentro de este espacio encontramos corrientes epistemológicas con linajes muy diversos, que van desde variantes del positivismo y la hermenéutica hasta las escuelas contrahegemónicas y fronterizas, con eje en el saber situado o el género; pero todas ellas tienen en común la idea de que el conocimiento ha de ser cuestionado primero, antes de que tenga algún valor, y de que es necesario desestimar la costumbre de aceptar o rechazar en bloque los enunciados cognitivos y, en cambio, destacar qué aspectos se toman o se desechan y por qué. De esta forma, se propone la necesidad de fundamentar los argumentos utilizados en un debate de posiciones encontradas y enfatizar, además, el concepto de desenmascaramiento, lo que permite poner en evidencia todo lo que permanece oculto en los juicios de valor, en los intereses políticos, económicos y sociales en juego.
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Gastón Bachelard.
En la ciencia como en la vida
El pensamiento crítico se manifiesta en una actitud cognoscitiva que trasciende los dominios de la ciencia. De tal forma, aplica también al saber de todos los días y supone la diferencia entre una relación pasiva frente a los órdenes de la realidad o una relación activa y de libertad. Es posible, o no lo es, pensar críticamente. El problema es que esta elección no es ni obvia ni segura. Está amenazada tanto por imposiciones externas –sociopolíticas– como por internas, que devienen –siguiendo a Gastón Bachelard– de la dificultad para hacer rupturas con nuestras prenociones. En ambos casos, las amenazas no son evidentes: se esconden y naturalizan en sistemas de vida presentados como naturales, obvios o los únicos posibles.
La crítica supone una lucha contra todo tipo de imposiciones, por lo que a la capacidad intelectual de reconocerlas el pensador crítico ha de añadirle la valentía de carácter necesaria para enfrentarlas.
¿Qué supone, en concreto, pensar críticamente?
Si bien la palabra crítica es de uso común y se utiliza tanto en el lenguaje de todos los días como en propuestas académicas, su significado no deja de ser ambiguo, por lo que me parece de gran utilidad aislar y presentar sintéticamente cuatro de sus características determinantes.
1. Conocer el tema en profundidad. Criticar algo supone conocerlo previamente. Así como yo no puedo criticar un libro que no leí o una película que no he visto, lo mismo ocurre con cualquier otro aspecto de la realidad. Karl Marx, tómese de ejemplo, criticó a la economía política de su tiempo de una manera contundente; pero antes leyó toda la obra de David Ricardo, Adam Smith, William Petty y los demás clásicos, pasando años sentado en la Biblioteca Británica. En los tiempos actuales, donde priman las relaciones superficiales con el conocimiento y la cultura de la inmediatez, este primer punto, cuyo salteo inhabilita toda posibilidad de crítica, es de escaso cumplimiento.
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Karl Marx.
2. Reconocer los argumentos centrales y los accesorios. Un análisis crítico implica la capacidad de saber distinguir qué aspectos forman parte de lo esencial y cuáles de lo secundario. Cualquier estructura conceptual o propuesta teórica tiene una dimensión estructural y ramificaciones periféricas, así como toda acción práctica tiene implicancias necesarias y contingentes. De tal forma, una impugnación puede atacar el núcleo o simplemente afectar tangencialmente a un argumento. Saber manejarse en estas dos dimensiones supone, nada menos, que poder distinguir qué es importante y qué no. La actitud crítica exige tener el criterio para discernir los matices, así como los alcances relativos de cualquier asunto. Nuestra sociedad de consumo fomenta una pereza intelectual que simplifica el mundo y dificulta este principio.
3. No aceptar o rechazar en bloque. La crítica –etimológicamente, separar o discernir para saber ver las cualidades de un objeto– necesita, en este “saber ver”, una mirada compleja que exige abstenerse de categorizar las cosas en blanco o negro. Así como sería una pésima reseña cinematográfica afirmar que una película es buena o es mala, sin discriminar entre banda sonora, fotografía, actuaciones, etc., lo mismo ocurre con cualquier otro aspecto de la realidad. Por lo que el camino crítico debería incluir una mirada analítica que destaque con precisión, qué aspectos o dimensiones se toman o rechazan y argumentar fundamentando el porqué. En la actualidad, los fenómenos sociales tienden a presentarse como bloques monolíticos, promoviendo miradas reduccionistas que amenazan las actitudes libres.
4. Sacar a la luz los valores que subyacen. Cualquier actividad teórica o práctica, al ser hecha por seres humanos dotados de inteligencia y voluntad, necesariamente responde a valores; es decir, tiene su ideología. El problema es que muchas veces estos valores se ocultan de forma intencional o simplemente subyacen implícitos. El abordaje crítico necesita de un pensamiento relacional complejo para poder encontrarlos. No se trata de un juzgamiento moral, en términos de ideologías buenas o malas, sino de poner en evidencia los valores que resultan funcionales a toda propuesta. Este es uno de los ejercicios más difíciles en la actualidad, donde la racionalidad instrumental, orientada a la lógica del consumo, utiliza la tecnología y las tendencias de la moda para ocultar la ideología detrás de una supuesta neutralidad.
El último bastión de libertad
Así como el pensamiento crítico abrió las puertas a lo mejor de nuestra cultura occidental, su ausencia allanaría el camino a lo peor de ella: la ilusión de control en un mundo de reglas trazadas, la opresión camuflada de consenso, la tiranía del mercado disfrazada como libertad; aquello que algunos pensadores ya comenzaron a ver hace casi doscientos años y que Alexis de Tocqueville denominó, con mucho de precisión y algo de poesía: despotismo blando.
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