El poder político busca cualquier atajo para ser absoluto, indignante y opresor.
Esta es la causa mayor de los errores, injusticias y vicios de la democracia. Una democracia
endeble modelada por las elites que no creen en sus postulados y desplazaron al ciudadano como
centro del sistema.
Son políticos que abandonaron la vocación de servicio, despreciando la voluntad
popular al no cumplir con sus promesas.
Consolidaron la injusta coparticipación de los fondos federales a las provincias
y municipios. Retacean el acceso a la información pública para evitar la transparencia de los actos
de gobierno.
Solamente la libertad de expresión, la participación activa del ciudadano a
través de sus organizaciones no gubernamentales y la independencia absoluta entre los poderes
básicos del Estado, son el reaseguro para el control de la gestión administrativa que tiende hoy al
desborde y al engaño, destruyendo la República, al instalar el miedo al vacío y el imperio espurio
de la ley.
La democracia, que es el mejor sistema conocido, debe ser una auténtica igualdad
de condiciones y de oportunidades; y el respeto absoluto de la Constitución.
Cuando el gobierno de turno vulnera esas normas y leyes, se generan tensiones
que ponen en peligro al sistema, porque la democracia está siendo pervertida, al presionar a los
representantes de los ciudadanos a los que obligan a delegar esa representatividad. Pretende
hacerlos depender más del partido que los designó que de los ciudadanos a los que representan,
apelando a una peligrosa manipulación de la opinión pública.
Intenta convencer a los ciudadanos de que la única democracia posible es la que
ese gobierno representa, que acumula todo el poder y toma las decisiones en nombre de todos, como
si fueran herederos de los antiguos poderes absolutos, alejándose de los verdaderos valores
democráticos como la austeridad y la humildad.
Lo ocurrido con la rebelión del campo es un fiel reflejo de la enorme distancia
que separa hoy a algunos políticos del pueblo que dicen representar.
Esas conductas ambivalentes aumentaron el desprestigio de la clase política y
dañaron la confianza de los ciudadanos en el liderazgo, que es una condición vital en democracia y
su ausencia permite un sutil retorno de ideas totalitarias.
La democracia atraviesa hoy graves desafíos: subsisten la violencia, la
desigualdad, la pobreza y la exclusión social. Son promesas incumplidas, que a pesar de los
importantes avances en la justicia, el empleo y en la solidaridad, arrojan un balance decepcionante
que responde a un crecimiento sin equidad.
Lamentablemente, tenemos una dirigencia que pretende engañar a la población a
través de la propaganda de índices falsos e instaló el miedo para poder reprimir las protestas con
el fantasma del golpismo, el desorden y la violencia. Esto se agrava por la falta de una oposición
orgánica con propuestas alternativas y creíbles.
El gobierno exhibe su poder para impresionar y generar más sumisión, expandiendo
la inseguridad, las incógnitas y los misterios, para desacreditar las diferentes respuestas que
emanan desde las autoridades religiosas, desde la razón y desde la ciencia. Pero la sociedad civil
resiste y la cultura disidente permanece viva y descubre las trampas.
El escepticismo ante el poder es mayor que nunca. La gente siente el deseo de
organizarse, de asociarse, de hablar y debatir.
Así renace la esperanza de que las cosas pueden mejorar, priorizando el interés
general sustentado en principios y valores.
Regenerar la verdadera democracia republicana y construir con ella una verdadera
Nación constituye hoy un deber ineludible para todo ciudadano honrado.
Apelamos a nuestros representantes políticos a poner un final definitivo a los
superpoderes y a los DNU (Decretos de Necesidad y Urgencia) y a toda forma de gobernar que vulnere
el sistema republicano de gobierno. Y a los jueces de la Corte Suprema de Justicia a defender a
ultranza los principios de nuestra Constitución nacional.
(*) Vicepresidente del Foro Regional Rosario