Cuando Antonella Zubeldia conoció las particularidades de la cerámica, su camino profesional en las bellas artes encontró su curso natural. No le cautivó solamente las posibilidades de diseño del modelaje en torno, sino también la investigación de los esmaltes, es decir los colores que pueden crearse y cómo éstos se modifican cuando se expone la materia prima al calor de los hornos. Su curiosidad la llevó, rápidamente, a compartir sus aprendizajes con otras personas y empezó a dar clases. Lo que comenzó en un departamento con unos pocos alumnos, pronto se transformó en una marca propia: Roca Cerámica, con la que ofrecen objetos de diseños y capacitaciones en un instituto habilitado con dos sedes en la ciudad. El plan de negocios tiene así dos vías: por un lado, la capacitación y, por el otro, la venta de sus productos sobre todo a nivel mayorista.
Los espacios de Roca Cerámica están en Pichincha y en Abasto. En cada uno, Antonella ofrece 5 clases por día, con 12 tornos (uno para cada alumno) y un horno por lugar para cocinar las creaciones: “Quería ofrecer un espacio de aprendizaje donde hubiese un crecimiento real. Los alumnos empiezan a modelar a mano, pero después tienen la posibilidad de evolucionar y trabajar en torno, algo novedoso para la ciudad”. La demanda que tiene creció a pasos agigantados, hoy hay 250 alumnos por sucursal con una cuota mensual promedio del taller en $24.500, que incluye los materiales.
A la hora de recordar su historia, Antonella hace énfasis en el primer horno que pudo comprar a través de un programa de fomento para emprendedores jóvenes de la Municipalidad de Rosario. Ese fue otro diferencial que la ayudó a destacarse por encima de otras ofertas similares, ya que antes debía trasladar los diseños de los alumnos a algún horno de alquiler, con la responsabilidad que eso conlleva frente a posibles daños.
La cerámica como distracción
El crecimiento maratónico de Roca Cerámica se debe a la búsqueda constante de Antonella por superarse, pero también a que su propuesta genera un espacio de relajación y distensión para sus aprendices: “La gente lo toma como una distracción, además del valor educativo. Es un rato muy largo donde se concentran en eso, tienen las manos ocupadas y se olvidan de sus problemas diarios”, comenta a la vez de que invita a leer las reseñas de Google Maps donde están los verdaderos testimonios de sus alumnos. Es cierto, basta con buscar la ubicación en el mapa para ver los comentarios de cinco estrellas que dejan sus alumnos. En ellas se leen frases como: “Excelente lugar para desconectarse y sacar a lucir tu versión de manualidades” u otras donde destacan la calidez humana: “Buenos profesores, buena gente, un ambiente muy cálido”.
Los alumnos de Antonella y sus compañeras docentes arrancan en los 16 años hasta la tercera edad. Si bien reconoce que la mayoría son mujeres, también observa que en el último tiempo se han ido sumando cada vez más hombres que vienen desde todos los rubros. Los cursos son anuales y la dificultad va creciendo a medida que pasan los meses: “Primero se comienza con diseño en mesa, luego pasan al torno y también aumenta la cantidad de peso en arcilla”. Aun así, los estudiantes pueden comenzar y terminar el cursado cuando quieran o solo asistir por periodos específicos de tiempo para perfeccionar cualquiera de las técnicas.
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Antonella en acción en sus talleres.
Foto gentileza Roca Cerámica
Además de las cinco clases diarias que hay en ambas sedes, Antonella también coordina eventos que mezclan vermouth o meriendas con charlas introductorias y muestras. Allí convoca a los curiosos que todavía no se animan a inscribirse para que vuelquen sus inquietudes y se tienten con la actividad.
Una marca con buena demanda mayorista
Pero Roca Cerámica no es solo un instituto de enseñanza sino también una marca con diseños propios que se comercializan en la web. Actualmente ofrece una línea de vajilla que comprende platos, cuencos y tazas que empiezan en los $5000 y llegan hasta los $20000. Tanto los diseños como los esmaltes son originales de la marca y se trabajan en el taller propio, que cuenta con tres hornos de cocción y un equipo de dedicado específicamente a esta unidad de negocio. Además de la venta a consumidor final, Antonella también atiende a locales gastronómicos que quieren tener su vajilla en sus negocios. Así es cómo ha creado la vajilla de Chica Kitchen y algunas de las piezas de Smart Helados.
En el relato de Antonella se repite una constante y es la importancia de invertir en infraestructura para crecer. Su orgullo es cómo pudo ir agregando, poco a poco, un horno a cada sucursal de su instituto, cómo llegó a tener un torno para cada alumno o cómo logró tener espacios de cocción suficientes para atender la demanda productiva de su línea de vajilla: “Siempre entendí que para crecer hay que invertir y ser organizado económicamente”, explica Antonella al repasar su ascendente camino. En esa enumeración de hitos de emprendedor también menciona la alegría que le da haber podido sumar a trabajar a algunos miembros de su familia que hoy contribuyen con diversos roles en la marca.