“Me dieron”. Cuando Flora Lacave escuchó la frase sentada en el asiento del acompañante, dio un salto y se arrojó sobre el cuerpo de su esposo, que iba al volante de un auto con otros cuatro ocupantes. El vehículo acababa de recibir una ráfaga de balas y el gesto de la mujer fue un intento desesperado por cubrir al marido, que llevaba un collar de explosivos adherido al cuello.
Pero el gesto de Lacave no sirvió de nada. El auto avanzó a los tumbos, recorrió unos cuantos metros y chocó contra un árbol. Cuando se detuvo, tres de sus ocupantes estaban muertos. Uno de ellos era Carlos Antonio Chaves, el esposo de la mujer que había intentado salvarlo cubriéndolo con su propio cuerpo.
Esta fue la escena final del violento atraco a una sucursal del Banco de la Nación Argentina que derivó en una toma de rehenes y terminó en tragedia. Ocurrió en septiembre de 1999 en la localidad de Villa Ramallo, en el norte de la provincia de Buenos Aires, donde el caso todavía se recuerda como un hito criminal en la historia de la ciudad. Los asaltantes habían entrado al edificio 20 horas antes con armas y varios panes de trotyl. Las otras víctimas de la despiadada balacera fueron el contador del banco y uno de los integrantes de la banda de ladrones.
El caso se conoce como la masacre de Villa Ramallo.
Casi 25 años después de un episodio que duró 20 horas y todo el país siguió prácticamente en vivo y en directo a través de la televisión, la Corte Suprema de Justicia de la Nación condenó a la provincia de Buenos Aires y a dos ex efectivos de la Policía Bonaerense a pagar a la viuda y los hijos de Chaves un millonario resarcimiento por los daños morales y psicológicos que sufrieron.
El caso quedó en la historia como la masacre de Ramallo. El 16 de septiembre de 1999, tres hombres entraron al banco ubicado en la esquina de la avenida San Martín y la calle Sarmiento, en el centro de esa ciudad, armados con pistolas y explosivos. Se llamaban Martín René Saldaña, Carlos Sebastián Martínez y Javier Hernández, el único miembro de la banda que era rosarino. Pero había cómplices fuera del banco, con los que los asaltantes se comunicaron todo el tiempo que duró su alocada y violenta aventura.
Los delincuentes tenían el dato de que en la sucursal bancaria había 130 mil pesos, entre lo que se guardaba en la bóveda y lo que estaba disponible en las ventanillas. Estaban convencidos de que era un botín fácil y de que apoderarse del dinero y huir les llevaría minutos.
Pero apenas entraron al banco se encontraron con dos imprevistos. El primero es que la persona que tenía la llave de la bóveda no estaba en el banco. El otro fue todavía más letal para su idea de un robo fácil: una joven avisó a la policía que había un asalto en el banco. La chica lo sabía porque pasaba caminando con su novio por la sucursal bancaria cuando los asaltantes bajaron de un auto para iniciar el golpe. A su acompañante lo hicieron entrar a punta de pistola para usarlo como rehén durante el atraco.
Una vez que estuvieron dentro del banco, los asaltantes tomaron como rehenes a Chaves, Lacave, el contador Carlos Santillán, el empleado bancario Ricardo Pasquali y dos personas más. Los tres últimos fueron liberados a la noche luego de largas negociaciones entre los delincuentes y la policía.
Después de 20 horas, los asaltantes tomaron la decisión de escapar en el auto del gerente y de llevar como escudos a los rehenes. Pusieron a Chaves al volante y Martínez se sentó en el asiento del acompañante, con Lacave sentada sobre sus piernes. Atrás se ubicaron los delincuentes Saldaña y Hernández, con Santillán en el medio. Eran las 4.10 de la madrugada del 17 de septiembre de 1999.
Los rehenes fueron obligados a abrir las ventanas del Polo Volkswagen para que los policías supieran que eran escudos humanos. Pero algo iba a salir mal.
Mientras cruzaban la avenida San Martín, Lacave escuchó una ráfaga de tiros dirigidos hacia el auto. Fueron 200 proyectiles disparados por unos 50 policías de distintas fuerzas. Cuarenta y ocho de esas balas impactaron en el auto y un puñado atravesó los cuerpos de algunos de los seis ocupantes.
Fue en ese momento, inmediatamente después de oír las ráfagas, cuando Flora escuchó a su marido decir que lo habían herido: “Me dieron”. Se abalanzó sobre él para protegerlo y en ese acto desesperado se fracturó los huesos peroné de las dos piernas.
Lacave también resultó herida por las balas: recibió impactos en una mano, la espalda y el cuero cabelludo. Fue trasladada al Hospital Zonal de Ramallo y luego derivada a una clínica de Lincoln, de donde ella y el marido eran oriundos. En la ciudad de Buenos Aires le operaron la mano herida. Ella tenía 54 años y hacía 31 que estaba casada con Carlos.
En el tiroteo murieron tres personas: Chaves, Santillán y Hernández. El delincuente Martínez sufrió una herida de bala de FAL. El único que salió ileso fue Saldaña, aunque unas horas después lo encontraron muerto en la comisaría donde estaba detenido, la seccional 2º de la ciudad de Ramallo. En la Dirección de Investigaciones (DDI) de la Bonaerense en San Nicolás dijeron que se había ahorcado, aunque la familia siempre denunció que fue golpeado en la cabeza y estrangulado.
Tres años después del cruento episodio, siete personas fueron juzgadas en Rosario por el robo al banco y la pena más dura fue para Martínez, condenado a 24 años de prisión. Entre los sentenciados estaba el policía bonaerense Aldo Cabral, quien le dio a los asaltantes el handy con el que los delincuentes interfirieron la radio policial.
Más tarde, en diciembre de 2004, siete policías fueron condenados a penas de entre 2 y 20 años de prisión por las muertes de Chaves, Santillán y Hernández. Uno de ellos fue el suboficial princial del Comando de Patrullas de San Nicolás, Oscar Parodi, quien recibió una pena de 20 años de prisión.
Cabral y Parodi quedaron con condenas firmes y fueron incluídos en la demanda de Lacave y sus hijos por daños y perjuicios.
Qué dijo la Corte
El fallo de la Corte que ordena a la provincia de Buenos Aires y los dos policías resarcir a la viuda y sus hijos es del 5 de marzo está firmado por todos los integrantes del máximo tribunal (Horacio Rosatti, Juan Carlos Maqueda, Ricardo Lorenzetti, Carlos Rosenkrantz y Rocío Alcalá , aunque dos de ellos (Lorenzetti y Rosenkrantz) emitieron un voto en disidencia con una diferencia sustancialmente menor (la mitad) respecto del monto indemnizatorio.
El argumento de Lacave y sus hijos para entablar la demanda es que después de la muerte de Chaves y las heridas sufridas por la viuda, sus vidas dieron un giro de ciento ochenta grados. La de la mujer, porque perdió a su compañero de casi cuarenta años, un sufrimiento que sintió agravado por los extensos interrogatorios a los que fue sometida que le hacían revivir aquellas horas trágicas, más los fuertes dolores físicos que le quedaron como secuela de las heridas. Sus hijos (tres mujeres y un varón) tuvieron que mudarse con ella para cuidarla y todos se vieron obligados a abandonar sus carreras universitarias.
En los considerandos del fallo, la Corte admitió que los hechos de Ramallo “alteraron profundamente la dinámica familiar” y que desde aquel día la viuda y los hijos tuvieron que dejar de lado sus proyectos personales. Por eso, el resarcimiento ordenado por el máximo tribunal es por daño moral y psicológico.