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El ADN de una lágrima

En Funes y otras localidades del país se hicieron talleres en las escuelas para que los chicos aprendan cómo la ciencia, de la mano de la genética, ayuda a encontrar a los nietos apropiados.

Domingo 10 de Diciembre de 2017

En el salón de clases estaban explicando el trabajo que hacen las Abuelas de la Plaza y cómo la ciencia ayuda a encontrar a los nietos apropiados. Los chicos de cuarto y quinto grado de la Escuela Nº 1.397 de Funes aprendían cómo se recolectan las muestras que permiten confirmar si una persona es la nieta o el nieto buscado. La sangre es lo más fácil y efectivo, aunque hay otras alternativas, les dijeron. Hasta que una de las alumnas preguntó: "¿Y se puede sacar el ADN de una lágrima?". Aún hoy, cuando recuerda ese día, Milena Romano se estremece. La duda de la niña era una metáfora potente..."una lágrima".

Milena es vecina de Funes y fue una de las coordinadoras de la Pueblada por la Identidad que llevó a esa ciudad la propuesta organizada por Abuelas de Plaza de Mayo para sus 40 años de lucha. Junto a un grupo de vecinos y vecinas decidió pasar la posta a los más chicos y sumarlos a la búsqueda de los nietos que aún no conocen su identidad, tal como esta semana lo logró Adriana Garnier Ortolani, la nieta Nº 126 recuperada por Abuelas.

La idea de abordar el tema de la búsqueda con los alumnos que terminan la primaria intentaba, también, llegar a esos chicos cuyos padres y madres tienen la edad de los nietos apropiados que aún desconocen su verdadera identidad. "Nos pareció un buen puente llegar a través de esa cuarta generación, la de los bisnietos de las abuelas", cuenta Viviana Trasierra, docente y otra de las coordinadoras de la Pueblada en Funes.

El logo elegido para esta actividad es una abuelita recorriendo el país en moto. Por eso, decidieron desarrollar en las escuelas unos talleres divididos en tres estaciones: "Historia de una búsqueda", "Derecho a la identidad" y el "Indice de Abuelidad", ésta última sobre los avances en los estudios de ADN que permitieron determinar si una persona es hija de desaparecidos.

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Natalia Santucci vive en Funes, es biotecnóloga e investigadora del Conicet y fue una de las profesionales que estuvo a cargo de la estación "científica" de las charlas con las escuelas. Había participado del programa "Los científicos vuelven a la escuela" del Conicet, pero esta vez era distinto. No iba a hablar con los alumnos de células, respuesta inmune, microorganismos y vacunas, sus temas de investigación. Tenía que buscar la forma para hablar con los chicos de los test de ADN. "El aporte específico que podía hacer yo desde mi campo disciplinar era contarles que la identidad no sólo tiene que ver con el derecho a saber quiénes son nuestros padres sino que también se juega a nivel biológico desde un montón de lugares y que eso puede determinarse científicamente".

Entonces les habló de los genes, del cariotipo y sus cromosomas y cómo se hacen los test de investigación genética. Y les explicó que cuando las personas están vivas, las muestras de sangre son las más sencillas para identificar una filiación. De lo contrario, se puede recurrir a tejidos óseos o dentales para extraer algunas células, aunque sean mínimas, y en todo caso expandirlas mediante un procedimiento conocido como reacción en cadena de la polimerasa (PCR, por sus siglas en inglés).

Fue en ese contexto que la nena de la 1.397 de Funes le preguntó si de una lágrima también se podían sacar células para un estudio genético. Natalia Satucci recuerda perfectamente ese interrogante y la respuesta que dio: "Yo le expliqué que no había suficiente cantidad de células en una lágrima. Que además habría que llorar durante el test para poder sacar suficientes lágrimas como para hacerlo. Pero de quien hablábamos para sacarle la muestra era del supuesto nieto o nieta que iba a ser recuperado. Por eso claramente hay una metáfora: la de la tristeza que genera no conocer tu identidad y tu historia. Porque no solamente no es que no conocés tu identidad porque fuiste dado en adopción por padres que lo decidieron así y por lo general están vivos, estamos hablando de padres que fueron desaparecidos".

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La "abuelidad"

Octubre de 1977. Desde hacía varios meses las Madres habían comenzado a caminar alrededor de la plaza cada jueves. "Circulen, circulen", les habían dicho. Y ellas transformaron esa orden policial en una ronda que hoy es símbolo de lucha. Hasta que un jueves, una de las Madres preguntó si, como ella, alguna otra estaba buscando además a un nieto o nieta de sus familiares desaparecidos. Poco tiempo pasó para que comiencen a juntarse y a reclamar por chicos que son las hijas e hijos de los desaparecidos por la dictadura. Algunos nacieron en cautiverio y otros despojados de sus familiares cuando eran muy chiquitos. Se estima que en total fueron cerca de 500 los niños apropiados por el Terrorismo de Estado.

En noviembre de 1982 Chicha Mariani y Estela de Carlotto estaban en Norteamérica para denunciar ante la Asamblea de la ONU la apropiación de los nietos y los representantes de la dictadura argentina les habían prohibido hablar como Abuelas ante la Comisión de Derechos Humanos. Fue entonces cuando Cruz Melchor Eya Nchama, militante por los derechos humanos de Guinea Ecuatorial, prestó su organización (el Movimiento Internacional para la Unión Fraternal entre las Razas y los Pueblos) para que las Abuelas puedan hablar en la ONU y por primera vez hacer llegar su reclamo ante el mundo. Ya había pasado la Guerra de Malvinas, la dictadura estaba a punto de llegar a su fin y el Nunca Más iba a abrir la puerta a una nueva etapa.

Pero en ese viaje a los Estados Unidos también nació otro hito en la historia de Abuelas. A poco de caminar, se habían encontrado con otro escollo: cómo reconocer a ese chico que era buscado y, una vez hallado, comprobar que era hijo de desaparecidos. Cada individuo hereda los genes de sus padres y, a través de ellos, de sus cuatro abuelos. Pero cómo hacer los exámenes de ADN si los padres biológicos estaban desaparecidos.

En Nueva York Chicha y Estela se contactaron con científicos del Blood Center y de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia. "Qué puede haber más importante para un genetista argentino que encontrar la manera de identificar genéticamente a los nietos robados", le dijeron las Abuelas a Víctor Penchaszadeh, quien estaba exiliado en Nueva York, luego de tener que emigrar perseguido por la Triple A. "Para un genetista con conciencia social y activista de los derechos humanos era un poco incómodo, porque sabía que la genética en el pasado había sido utilizada para violar derechos humanos", recordó hace poco Penchaszedeh en una de las charlas TED del Río de La Plata.

Pero él encontró en ese desafío una oportunidad. Aceptó el reto y tras un año de trabajo y el aporte de matemáticos, epidemiólogos, especialistas en estadística y genetistas como Mary-Claire King y Cristian Orrego, entre otros, lograron determinar el "Indice de Abuelidad", que contemplando la carga genética de las abuelas y otros familiares, permitió saber con un 99,9 por ciento de efectividad si esa persona pertenece o no a ese núcleo familiar. Tal como explica el libro "Las Abuelas y la genética", el ADN es la molécula hereditaria que se transmite de padres a hijos y se encuentra en un 99 por ciento en los cromosomas, el núcleo de las células. Por eso se lo llama ADN nuclear. Pero entre las excepciones a esta regla, está el ADN mitocondrial, que proviene de la línea materna y se hereda exclusivamente de la madre a sus hijos. Como sostiene la genetista norteamericana Marie-Claire King, "pareciera que Dios hizo el ADN mitocondrial para que lo usen las Abuelas".

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La genetista Mary Claire King explica a las Abuelas Nélida Navajas y Estela de Carlotto  cómo se determina el “índice de abuelidad”.
La genetista Mary Claire King explica a las Abuelas Nélida Navajas y Estela de Carlotto cómo se determina el “índice de abuelidad”.

Así la Justicia debió incorporarlo como prueba y se utilizó por primera vez en 1984 en el caso de Paula Eva Logares, una joven que nació en junio del 76 y que había sido secuestrada cuando tenía dos años junto a sus padres Mónica y Claudio, en Montevideo. Su abuela materna Elsa comenzó a buscarla sin éxito hasta que recibió una foto y un dato: Paula estaba en manos de un subcomisario de la policía bonaerense que la había anotado con su apellido y como nacida en 1978.

La abuela Elsa comenzó a viajar de Banfield a Chacarita para ver a su nieta aunque sea de lejos. Con el retorno de la democracia el caso llegó a la Justicia y había que probar que la identidad de la nena era falsa. Se ordenó la extracción de la sangre y se cotejó con muestras de sus abuelos paternos y de la abuela materna. El marido de Elsa había fallecido poco después del secuestro de su hija, pero reconstruyeron su perfil genético con el de sus otros hijos, los hermanos de Mónica. Tras varias idas y vueltas de la Justicia, finalmente Paula Logares quedó en 1984 al cuidado de su abuela Elsa. Cuando la llevó a la casa Banfield donde la nena vivió hasta el año y medio hasta que fue secuestrada, Paula la empezó a recorrer como si hubiese vivido allí toda su vida. Hasta que llegó a la que era su habitación, miró su cama y preguntó: "¿Dónde está mi osito de peluche?".

Tres años después, en 1987 y por impulso de Abuelas, el Congreso creó por ley el Banco Nacional de Datos Genéticos, que guarda los perfiles genéticos de los familiares que buscan a los chicos y chicas desaparecidos por el Terrorismo de Estado, así como de todos aquellos que sospechan ser hijas e hijos de desaparecidos y dejaron allí su muestra de sangre.

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Sincronizadas

De chiquito, Horacio Pietragalla Corti sintió que su estatura de casi dos metros no encajaba en su familia. Era alto como un jugador de básquet y sus padres bajitos. Algo no le cerraba. A los 27 años se contactó con Abuelas y recién ahí confirmó su sospecha: sus padres biológicos eran otros, habían sido asesinados y él arrancado de resto de su familia cuando tenían 5 meses de vida. Cuando en 2003 recuperó su identidad, su tía le contó que tenía la cara de la madre y la altura de su padre.

La historia de Horacio, el nieto Nº 75, está relatada en uno de los cortos del ciclo "Así soy yo", emitidos por Pakapaka y uno de los materiales que utilizaron en las escuelas de Funes para hablar con los chicos sobre el derecho a la identidad. También el de Catalina de Sanctis Ovando, hija de Raúl De Sanctis y de la rosarina Miryam Ovando, ambos desaparecidos. Nació en un parto clandestino en el hospital de Campo de Mayo y se crió con sus apropiadores. De chica estaba fascinada con el nado sincronizado, sentía una pulsión muy fuerte por el agua y no sabía por qué. Tiempo después se enteró que Miryam, su mamá, practicaba ese mismo deporte. Ahí le cerró todo.

Horacio Pietragalla
Catalina Ovando

Natalia Santucci, la biotecnóloga de las charlas de la Pueblada por la Identidad de Funes, destaca que esos materiales permitieron abordar con los nenes y las nenas de las escuelas que, además de la genética clásica, existe la epigenética, "lo que un bebé vive en el ambiente materno y trae impreso en sus genes de experiencias de generaciones anteriores".

"Uno a veces no puede explicar por qué en una familia de artistas todos son artistas. Y a veces no es solo cultural, también hay ciertas cuestiones del placer que están ligadas a nuestro ADN", agrega la investigadora del Conicet.

"Jugá mucho"

El último sábado de noviembre, cuando se realizó el cierre de la Pueblada por la Identidad en la Quinta de Funes y se empezó a abrir el lugar como espacio de la memoria, dos potentes imágenes se reiteraron a cada paso: por un lado, el abrazo emocionado y los ojos rojos por el llanto de los históricos militantes que volvían a pisar el predio por donde habían pasado sus amigos y familiares desaparecidos. Por el otro, chicos y chicas correteando por el parque y trepándose a los árboles. Ocupando el lugar, diciendo presente. Dándole vida a un sitio donde anidó el horror.

"Nuestros hijos ahora van construyendo su propia mirada. Para muchos de ellos es natural los juicios a los genocidas, nos acompañaron siempre en las marchas. Pero desde su creatividad van construyendo una mirada incluso más innovadora", resume Juan Emilio Basso, uno de los referentes de Hijos Rosario.

Sobre el fondo de predio, una fila de banderas nombraba a cada uno de los desaparecidos que pasaron por la Quinta. A pocos metros de allí, en la galería de entrada a la casa, habían colocado una mesita con un teléfono antiguo a disco de Entel y la réplica de la una carta que le escribió Tulio Valenzuela en enero de 1978 desde su exilio en Amsterdam a Sebastián Alvarez Negro (el "Quinqui"), hijo de su mujer Raquel Negro, quien como él pasó por el centro de detención de Funes. La carta cierra diciéndole: "Te quiero muchísimo y te mando un beso enorme. Te repito la frase con la que te despedí la última vez: portate bien, jugá mucho y no te olvides de mamá y papá".

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