La ciudad

Una crónica con el río Paraná como imán

Inés Marcó escribió Niño del río, una crónica que conecta la escultura Muchacho del Paraná, de Lucio Fontana, con otra idéntica instalada en la plaza principal de Concordia.

Sábado 14 de Julio de 2018

"Miro el río como paisaje. Ese es mi mal. ¿Cómo mirar el río sin que se vuelva paisaje? Mirarlo como parte de mí o yo como parte de él. Si se volviera indivisible, si no hubiera límites entre él y yo, no habría bordes ni formas que explicar ni entender", dice Inés Marcó en su libro Niño del río. Inés es artista plástica. El río la empujó a escribir como lo hace en cada brazada cuando despunta otra de sus pasiones, la natación. Nació en Concordia y ama el río. Inés escribió una crónica que conecta la escultura Muchacho del Paraná, del rosarino Lucio Fontana, que se exhibe en el Museo Castagnino, con otra idéntica ubicada en la plaza principal de Concordia. Ella recorre los hilos de esa unión, empapados de mitos. Y aún se asombra de la coincidencia.

   Una visita de Inés al Museo Castagnino en 2011 le impregnó una mezcla de sorpresa y déjà vu. Apenas traspasó la puerta del museo se encontró con la obra de Fontana, Muchacho del Paraná. Una escultura que desde que está instalada en el descanso de la escalera del organismo de Oroño y Pellegrini ha recibido a miles de visitantes. Ese joven con esa extraña expresión entre ansiedad y sorpresa que tiene entre sus manos un pescado y que parece recién salido del río. Ese muchacho que tantas veces ella observó en la plaza principal de Concordia, pero que en ese territorio es Niño pescador, así lo llaman, y hoy un tanto corroído está ubicado dentro de una fuente y rodeado de rejas.

   "Al verlo en el museo tuve como un déjà vu, no entendía dónde estaba", dice Inés sobre ese momento. Es que la misma escultura habita ambos territorios. Y lo cierto es que para unos y otros, rosarinos y concordienses, la pieza es única. La cuestión, en torno a las creencias e imaginarios, fue lo que llevó a Inés a investigar y a medida que avanzó, la historia, como el río, con su ir y venir, la atrapó.

   "No soy ni historiadora del arte ni escritora", advierte en diálogo con La Capital. Inés Marcó es artista plástica, se graduó en artes visuales en la UNA y estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires. En su recorrido en torno a la duplicidad de la escultura de Fontana descubrió otra obra de la que nada se sabía del artista rosarino. Dos obras de Fontana en Concordia, todo un dato para la búsqueda de Marcó.

   Fontana nació en Rosario en 1899 y es uno de los artistas argentinos más reconocidos internacionalmente. Su vida transcurrió entre Argentina e Italia y los italianos reconocen su origen a regañadientes. Su formación artística comenzó de la mano de su padre, un inmigrante italiano que se dedicaba a realizar obras ornamentales en una ciudad que no dejaba de crecer.

   "Fontana tomó la decisión de dedicarse al arte durante su juventud por un hecho traumático. Cuando tenía seis años sus padres decidieron regresar a Italia, donde sufrió los horrores de la Primera Guerra, en la que participó como voluntario siendo todavía un chico", señala el crítico de arte Fernando Farina y agrega que esos horrores fueron los que impulsaron a Fontana a volcarse al arte en su juventud.

   En 1922 volvió a Rosario, inició su actividad de escultor junto a su padre, luego compartió taller con Julio Vanzo y volvió a Italia en 1927 a continuar su formación. Pero la posibilidad de la guerra otra vez lo empujó a volver a Argentina. En 1939 se radicó en Buenos Aires. La obra que se expone en forma permanente en el Castagnino esta fechada en 1942 y logró el Primer Premio de Escultura, en el Salón Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires).

   Al museo rosarino ingresa en 1978, luego de estar ubicada en el espacio público, en un sector del Parque Nacional a la Bandera, donde en la actualidad está instalado el bar VIP. Y los relatos en torno a la historia transcurrida hablan desde la posibilidad de un robo a que fue rescatada al borde la fundición.

   Hoy es una de las joyas de la colección del Castagnino lo que llevó a despertar una particular curiosidad a Marcó sobre la idéntica escultura que está en Concordia y su falta de reconocimiento como tal. Y decidió además publicar su libro en una editorial rosarina, Iván Rosado, por el origen de Fontana.

   En una entrevista con La Capital brinda detalles en torno a la intención de escribir la crónica de esa búsqueda y de lo que en lo personal esa escultura significa para ella.

   —¿La escultura de Fontana aparece como una más ante la mirada cotidiana de Concordia?

   —Yo me di cuenta que esa escultura era de Lucio Fontana en 2011 cuando fui al Museo Castagnino. Vi la escultura en el descanso de la escalinata y ahí me dije "esta escultura está en Concordia", fue como un déjà vu, algo raro. Y bueno ahí me dijeron que era de Fontana. Y yo la había visto toda mi vida en Concordia, nunca la hubiera asociado a Fontana, porque ese es uno de los déficits en mi formación, en la historia del arte que se aborda donde yo estudié (Universidad Nacional del Arte) se da muy poco la tradición local. Lo presentan a Fontana como el que hacía los tajos en las pinturas. No se ve la riqueza de su obra, que va más allá de ese gesto. Eso fue una sorpresa pero quedó ahí, latente, y en 2015 me surgió la idea de que tenía que hacer algo con eso. Me intrigaba que esa misma obra estuviera emplazada en Concordia.

   —¿Y por dónde arrancaste?

   — Lo primero que surgió fue la investigación que había hecho Guillermo Faivovich, que hizo una instalación en el Macro con esa escultura, y me puse en contacto con él. Me facilitó un montón de información sobre ambas esculturas, sobre cómo habían llegado a cada ciudad.

   —¿ Él conocía la de Concordia?

   —Sí, había ido a Concordia, relevó notas periodísticas al respecto. Esa es su manera de trabajar, con archivos. Nos reuníamos periódicamente, vivimos cerca, y yo le iba contando sobre mis entrevistas. Surgían muchos datos falsos en torno a la escultura, algo que a mí me parecía interesante porque forma parte como del imaginario de esa escultura. En Concordia se llama Niño pescador, la gente así le dice, aunque la placa dice Muchacho del Paraná. En lo formal se llaman igual, pero en Concordia es Niño pescador. Yo creo que si alguien llega hoy a Concordia y pregunta dónde está Muchacho del Paraná, nadie va a entender de qué habla. Eso es algo interesante, así está incorporada en el imaginario de la ciudad y creo que tiene que ver con que está en el espacio público, en la plaza principal, ese es un valor en sí. Aunque también es un problema porque la obra está muy deteriorada, no se ha conservado como debería. Pero es algo muy valioso que esté en el espacio público y la gente la vea a diario.

   —¿Y lograste saber cómo llegó?

   —Sí, por lo que reconstruye Faivovich la obra llega porque había recibido el primer premio del Salón Nacional...

   —¿La que recibe el primer premio es la de Concordia o la de Rosario?

   —La que recibe el primer premio es la obra en sí, yo creo que la de Concordia es un segundo vaciado, porque lo que pasó es que hubo como un desfasaje temporal. Fontana la había vendido para Rosario pero cuando le dieron el premio también tenía que quedar una copia en Buenos Aires, porque era un premio adquisición. Es probable que la escultura de Concordia sea de un segundo vaciado del premiado, igual es medio incierto, no lo puedo asegurar. Probablemente Fontana se encontró con el premio a una obra y necesitaba dos. En ese tiempo había una política cultural a nivel nacional de llevar obra al interior del país. Es probable que la obra llegara a Concordia porque el presidente de la comisión que organizaba el premio era de Concordia. No lo sé con seguridad, pero puede haber ocurrido así. Concordia por entonces era una ciudad que tenía otro empuje, luego quedó como más relegada con el paso de los años.

   —¿Cómo recibieron en Concordia tu investigación?

   —Sentí que mis preguntas por momentos molestaban. Me pasó cuando preguntaba por la remodelación de la fuente. Tuve que explicitar más de una vez que yo sólo necesitaba saber. Claro que me preocupa que esté en una fuente, es una escultura de bronce y no me parece una buena idea, la obra se deteriora. Entrevisté a distintas personas, artistas, al director del museo de arte, a quienes tienen archivos, me interesaba mucho lo del imaginario. Algo que me repetían era que había cantidad de copias, que cuál era el problema, que había una en todas las plazas de Entre Ríos. Imaginate si fuera así, sería maravilloso.

   —A lo mejor también es por desconocimiento sobre quién es el autor...

   —Sí, puede ser. Pero hubo un proyecto de llevar la escultura al interior del museo que está en frente de la plaza. Y en algún momento la quisieron restaurar pero sin saber cómo se debía hacer. Creo que hay falta de interés en conservar como se debe a esa escultura. Es una pena, ya está muy deteriorada. La última vez que la vi estaba corroída, yo les escribí para que no le tiren más agua pero evidentemente no les importó demasiado. Me parece fundamental que esté en el espacio público, no hay que guardarla en un museo porque eso reduce el acceso de la gente. Debe estar en el espacio público pero hay que conservarla, ese es el tema.

    —¿Hiciste tu propio descubrimiento también al investigar en torno a esta escultura?

   —Sí, tal cual, descubrí que en Concordia había otra obra de Fontana, que está en una capilla. Fue una donación privada, de una donante que se la encargó a Fontana. Es un vía crucis que está en una pequeña capilla ubicada en las afueras de Concordia. Es una cerámica. Al intentar hacer una crónica también me permitió otro descubrimiento que son mis limitaciones como investigadora, yo no lo soy, no tengo formación de historiadora. Escribí desde mi propia historia, de mi relación con esa obra y con el río.

   —Hay una fundación en Italia que es como la encargada de la obra de Fontana, está al tanto del vía crucis y de la escultura de Fontana.

   —Fontana hizo otros vía crucis. Algunos están en Italia y son conocidos, también en cerámica. Creo que hay tres en Italia, hay otro acá en Argentina en una colección privada. En el catálogo razonado (oficial) no hay ninguno, no es que no está el de Concordia solamente, sino que no está ninguno. Y respecto de la copia de la escultura que está en Concordia sí figura en el catálogo pero como que pone en duda su autorización.

   —Pero vos estás convencida que sí lo es.

   —Sí, por lo que yo pude ver e investigar, por la reconstrucción de cómo esa obra llegó a Concordia, yo creo que fue autorizada por Fontana. Lo que ocurre es que después que él murió se hicieron vaciados acá en el país. La fundación es como muy estricta. De hecho en una muestra de Fontana que se hizo en Buenos Aires en el Museo de Bellas Artes, se mostró una obra que pertenece a la Fundación Klemm y vinieron de la fundación y la desacreditaron, una obra comprada en un remate en Sotheby's, una obra con todas las credenciales. Creo que en torno a estas cuestiones hay toda una construcción de poder que a mí se me escapa.

   —Están esas cuestiones pero también tu universo personal, lo que a vos te mueve en torno a la escultura de Concordia.

   —Sí, claro. Lo que a mí más me interesa es la relación de esa escultura con el imaginario del Litoral, el tema en sí de la escultura, una u otra, su arraigo con el río, con la pesca, que son cuestiones que para los que nacimos y crecimos en el Litoral son algo cotidiano y muy marcado. Algo que llevamos con nosotros: esa presencia del río que es continua. Yo también tengo ese vínculo con el río a través de la natación. Ese vinculo a mí constituye como persona. Creo que cualquier persona que haya nacido en cercanías al Paraná, no puede obviar ese río. Es una masa de agua que funciona como un imán.

Entre las rejas y el agua

"El Niño copia el gesto del pescado que tiene entre sus manos: mantiene la boca abierta, desesperado tratando de tomar aire en un mundo que no hará más que asfixiarlo. Parece sorprendido con los ojos bien abiertos pero decidido a conservarlo. ¿Lo habrá atrapado con sus propias manos en el agua? ¿Se habrá sumergido? La ropa parece mojada. Quizás poseía la habilidad de pescar con las manos. Tal vez los peces confiaban en él porque era uno de los suyos. Ahora el Niño pesca y es pescado (...).

   

"Desde hace un tiempo me pregunto si todo ese agua que le cae al Niño no ha de terminar lastimándolo. Me imagino qué haría el Niño si pudiera salir de su inmovilidad. Creo que saldría de la fuente. Se movería lento al principio, con timidez. Cuando estuviera seguro de que nadie lo viera correría desesperado buscando el río. Se escondería en los matorrales, cerca de donde se apuestan los pescadores. Permanecería escondido un tiempo cavilando si debería o no confiar en ellos. ¿Sabría el Niño nadar en el río? Desde que aprendí a nadar en el río sé que es una buena manera de huir.

   "Pero el Niño permanece inmóvil y con los ojos bien abiertos desde 1949. Ha sido testigo de lo que sucedió en esa plaza durante casi siete décadas. Nadie sabe cuánto tiempo más permanecerá ahí: la frase "en comodato" que enuncia su placa puede ser también su sentencia de exilio. ¿Cómo sacar al Niño de su inmovilidad? Este lugar es demasiado artificial. El agua de la fuente es insoportable".

Fragmentos del libro Niño del río, de Inés Marcó, publicado por Iván Rosado

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