Hace unos años, Juliana Abigail Escobar se acercaba hasta el Centro de Día Trans, en Santiago al 700, a buscar un plato de comida. Pero este jueves poco antes del mediodía está al frente de una olla enorme en donde se cocinan las viandas que en una hora llegarán a las casas de otras 140 personas del colectivo travesti trans. "Es la primera vez que tengo un trabajo formal", dice Juliana, de 25 años, cara redonda y ojos rasgados. Una de las integrantes más jóvenes de Rico y Sabroso, la cooperativa de trabajo formada hace dos años que va por más: en mayo abrió un local de venta al público que ofrece comida fresca y a buenos precios para los vecinos del barrio de Pichincha.
El emprendimiento funciona en una casa alquilada de Tucumán al 2800. Una vivienda de dos plantas que en el primer piso aloja también a una cooperativa de trabajo textil que elabora remeras, bolsos y uniformes, por encargo. En total, los dos emprendimientos albergan a 12 mujeres trans que pudieron organizarse, establecer su forma de trabajo y, muchas por primera vez, lograr un empleo formal.
Se trata de una experiencia puesta en marcha a partir de un convenio entre el Ministerio de Igualdad y Género de la provincia y Communitas, una organización social especializada en el abordaje de poblaciones vulnerables. Se trata _según explica Caren Carlini, coordinadora del espacio_ de formar proyectos productivos basados en la autogestión de las trabajadoras, quienes deciden no sólo cómo producir sino las reglas de convivencia en el lugar.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
"Al principio fue todo un proceso porque un primer trabajo requiere respetar horarios, organizarse, capacitarse. Ellas estaban acostumbradas a salir de noche, así que empezar temprano costó, pero se logró. Y ahora decidimos que tenemos que dar un paso más: abrir la viandería, que nos conozcan y afortunadamente los vecinos nos recibieron muy bien", cuenta Carlini y destaca que lo mejor que tiene el proyecto es que "abrió una posibilidad para que las chicas armaran su propio trabajo". Ni más ni menos.
Y eso se notó este jueves al mediodía cuando al local empezaron a llegar los cadetes del reparto y la actividad era frenética: se cortaban remolachas y huevo, se pisaban papas y se calentaba la plancha. El menú del día prometía supremas con ensaladas, milanesas de berenjenas y costeletas con puré, además de tartas, empanadas y sándwiches de milanesas (los mejores de Rosario, aseguran). "Cada una tiene su especialidad, pero también nos cubrimos entre todas", afirma.
Los turnos de trabajo empiezan puntualmente a las 8 y se estiran hasta cuando llega la tarde y la cocina queda impecable, con todo listo para empezar de nuevo al otro día.
Entre ollas y sartenes
El salón de cocina es amplio, de paredes blancas y pisos de mosaico. En un sector están colgadas, en carteles manuscritos, las recetas de las comidas preferidas por la clientela. Están las cantidades justas de harina y huevos para cocinar fideos, budines, discos de empanadas o pan figazza.
Georgina Montenegro (27 años) es la única del grupo que tiene experiencia en el rubro gastronómico. Empezó como ayudante de cocina y llegó a estar como encargada de un comercio. "Soy casi una excepción, tuve suerte de tener esos trabajos", reconoce mientras acomoda la mesada de amasado.
Georgina era una de las mujeres trans que tenían a su cargo la cocina de la Casa Trans. "La principal demanda que teníamos era conformar un ambiente laboral. Y cuando cerró el centro de día nos quedamos casi en la calle, hasta que el 1º de noviembre abrimos Rico y Sabroso, y cumplimos con el principal reclamo que teníamos. Ahora lo que queremos es seguir creciendo y abrir más puestos laborales para más compañeras", cuenta.
Para Gisel Cabral (33 años), formar parte de la viandería fue la oportunidad de "cambiar el ritmo de vida". Trabajadora sexual desde la adolescencia, ahora asegura estar "contentísima" con su nuevo empleo. "Cambió mi vida totalmente, lo primero que se modifica son los horarios, porque vivía de noche y dormía de día. Pero ahora nos levantamos a las 7 para comenzar el día, ponemos la cabeza en el trabajo y después disfrutamos y vivimos un poco más el día y la vida", cuenta.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
La cocina es un arte. Tiene algunos mandamientos y secretos. No pasarse con la sal y con el picante fue lo primero que aprendieron, dicen las chicas. Lo otro se dio solo: escuchar a la que viene mal o alentar a la que trastabilla para que siga adelante es parte de la tareas diarias.
Claudia Berra tiene 50 años y el pelo teñido de rubio, acomodado en un rodete. Enérgica, va y viene por los distintos ambientes del local asegurándose que todo esté en orden. Se mueve como si se hubiera criado entre los enseres de una cocina, pero la viandería es su primera experiencia en gastronomía y, no sólo eso, es su primer empleo formal.
"Siempre trabajé en la calle, pero ya estoy cansada, no quiero andar de noche, estoy grande y tengo mis achaques", asegura. Así descubrió que cocinar, una tarea a la que no le tenía mucha estima, ahora la entretiene y sobre todo le ofrece amparo y tranquilidad.
Cupos escasos
Rosario fue una de las primeras ciudades del país en poner en marcha políticas para la incorporación laboral de personas trans. Desde 2016 cuenta con una ordenanza (la Nº 9.543) que favorece el acceso a puestos de trabajo en la administración municipal. Más recientemente, se reglamentó el Régimen de Promoción al Empleo Travesti-Transexual, que establece descuentos en el Derecho de Registro e Inspección (Drei) a los comercios y empresas de servicios que empleen personas del colectivo.
En marzo de 2020, la Universidad Nacional de Rosario implementó un cupo laboral travesti-trans. Ese mismo año, en la provincia, se reglamentó también la ley N° 13.902 que implementó el cupo laboral trans y creó el Registro Único de Aspirantes que lleva el nombre de Vanesa Zabala, una mujer trans de 31 años, asesinada en marzo de 2013 en el acceso sur de la ciudad de Reconquista. Su muerte impulsó la lucha por el reconocimiento de la figura de travesticidio, como un crimen de odio.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
Pese a estas políticas inclusivas, la inserción laboral de las comunidad travesti trans sigue siendo una deuda pendiente. De acuerdo a datos del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), las mujeres trans son el grupo poblacional más vulnerado de Argentina.
En el ámbito educativo, si bien se refleja un avance en los últimos 15 años, más del 60% no terminó el nivel secundario. La imposibilidad de ejercer sus derechos ciudadanos también se materializa en su situación laboral. Las mujeres trans poseen empleos precarios y de elevada inseguridad, con una informalidad que se estima alrededor del 80%.
Según advierte el trabajo, la identidad es un factor de exclusión. Literalmente, dice, "las trayectorias de las mujeres trans en Argentina son la cristalización de vulneraciones acumuladas: a la expulsión del seno familiar y del sistema educativo le siguen las dificultades para obtener un empleo en condiciones de trabajo decentes, la persecución policial, la violencia sin reparaciones, y la falta de acceso a servicios sanitarios y sociales esenciales".
El ciclo vital de las personas travestis y transexuales ronda los 37 años, mientras que el del promedio de la población es de 77.