La ciudad

Terminaron la primaria hace 56 años, pero siguen siendo los alumnos de Velia

Se reúnen desde aquella época rememorando a la maestra que incluso durante años también compartió los encuentros.

Domingo 24 de Diciembre de 2017

El WhatsApp que comparten se llama Los Años Felices y hace justicia a la historia del curso que sigue intacto después de 56 años. Desde la primaria con la señorita Velia, cuando descubrían el mundo en un tiempo de cambios lentos y mandatos fuertes en la Escuela Ameghino, y estrenaban las mañanas con la certeza de pertenecer a un grupo que, desde entonces, presumían eterno.

   Nunca dejaron de verse, de reunirse o hablar por teléfono. Unas décadas atrás eligieron el 27 de noviembre, como día de encuentro, fecha en que murió la maestra que durante años también compartió las reuniones. "Ya tenemos la fecha incorporada, en nuestras familias decimos que nos vamos a juntar con los chicos de la primaria", explican.

   La cita es de honor y de vida, porque los devuelve a un tiempo que añoran, de meriendas compartidas, pelota en el empedrado grueso de calle Buenos Aires y sillones afuera, en las nochecitas con jardines que adornaban hasta las veredas.

   En esta ocasión, agregaron una visita a la Escuela de Buenos Aires 2027, que les abrió la puerta en un día de paro, con clima pesado y en plena tarde. "Es un orgullo que recuerden así este lugar, es la primera vez que viene un grupo tan grande, así que bienvenidos", dijo la directora suplente, Rosana Tardivo, que llegó ad hoc para la diligencia, al igual que la portera que no pudo evitar preguntar al grupo si habían conocido a su padre, que cursó en el lugar para la misma época.

   Paredes coloridas, pizarra de novedades, afiches con trabajos de los niños, la campana, salones nuevos y un patio de juegos en lo que por entonces era el terreno contiguo con un nogal inmenso. El grupo va y viene. Miran y ubican momentos, situaciones, y llegan al salón donde cursaron toda la primaria con la maestra Velia Bracco, a quien resultaba difícil arrancarle una sonrisa.

   "Tenía un carácter muy duro, pero era muy noble, muy justa, ponía límites, en una travesura se lastimó un compañero, nos hizo ir a visitarlo, estaba en cama, nos sirvieron licuado de banana a todos, a muchos no les gustó y lo tiraron debajo de la colcha", festejan. Y completan con la reacción de la maestra: "Nos hizo regresar a todos a pedir disculpas".

   Pero no sólo eran los límites. La señorita Velia vivía en una pensión de Buenos Aires al 1200 y los sábados por la mañana llegaba a la Escuela con facturas para dar apoyo escolar a quienes lo necesitaban. "Tenía una dedicación extraordinaria, no recordamos que haya faltado en toda la primaria", dicen. Años atrás, le hicieron un homenaje en el cementerio El Salvador. Así de indeleble fue la huella que les dejó en "valores y conocimiento".

Los años felices    

"Te invito a probar la calesita", bromean frente a los juegos. Varios están ligados al lugar desde varias generaciones atrás. Como en el caso de la abuela de Norma, que estudió allí, cuando era la escuela particular de los hermanos Givelli, antes de que se sistematizara la enseñanza en la provincia.

   Si terminaron en 1961, se conocen desde seis años antes. ¿Qué tuvo de mágico aquella primaria que los ligó de este modo? "En aquel momento, nos sentíamos muy igualados social y económicamente, una misma manera en la que también nos educaban", dicen ya sentados como en un curso.

   Y hablan del mutuo respeto como barrera infranqueable y de que fue un tiempo al que siempre se quiere volver, como una añoranza de aquella plenitud cuando se afianzó la amistad de tal modo, que la transformó en un presente continuo.

   "Eso hace que también uno tenga un sentido para la vida", aseguran y dicen que, con tantos años de verse y hablarse, son "como hermanos", que aman el grupo y lo quieren con toda el alma. Vivían cerca de la escuela, merendaban y jugaban juntos, se colaban del tranvía para llegar y no recuerdan que los llevaran ni los fueran a buscar los padres; el barrio era el mundo.

   "Eran tiempos especiales, ahora se van perdiendo cosas que a nosotros nos quedaron", dicen sobre los años felices de una infancia que se "vivía diferente". Las anécdotas piden pista y recuerdan que asistieron de punta en blanco, pero con mucho frío cuando hicieron "el cordón" en la inauguración del Monumento a la Bandera, en el invierno de 1957, con guardapolvo, zoquetes y zapatillas. Al Barco Ciudad de Rosario y a los concursos nacionales de pintura que se hacían en calle Córdoba.

   Pero hay evocaciones que también interpelan. El director no los dejó hacer el viaje de sexto grado y con el dinero compraron una colección de enciclopedia para la biblioteca de la escuela. "Habría que preguntarse y los padres qué, ante esa negativa", reflexionan para marcar un clima de época.

   No es la única diferencia que encuentran en el medio siglo escolar: "No éramos envidiosos, ahora hay un nivel de competencia muy grande desde pequeños que nosotros no vivimos, quizás vínculos más sanos, más inocentes". A esta altura no hay duda, es un grupo singular, que se las arregló para trasmutar el recuerdo, para seguir presentándose como los eternos alumnos de la señorita Velia.

El dolor y la tragedia también se cruzaron

“Sin que nos diéramos cuenta, el maestro de música y profesor de piano, José Acoto, nos enseñaba audioperceptiva, con zambas de Atahualpa Yupanki, las clases se prestaban para distenderse, pero él era muy estricto, no negociaba nada”, cuentan los integrantes del grupo de la primaria que se reúnen desde hace 56 años.

   Entre ellos, la memoria también está ligada de un modo doloroso. Uno de sus integrantes, Carlos Bellitieri, buzo de profesión, fue quien rescató el cadáver de Acoto después de que el docente, afectado por una depresión, se suicidara arrojándose con su auto en el río Paraná, unos treinta años atrás, a la altura de la avenida Pellegrini.

   “La Prefectura me pidió si podía ubicarlo, era agosto, y estuve rastreando toda una noche hasta encontrarlo porque el auto estaba enterrado a más de 25 metros de profundidad, a más de diez metros del muelle”, relata Carlos, sobre la tragedia que conmovió a Rosario y ocupó la tapa de La Capital.

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