Como la mayoría de las cosas por estos tiempos, todo comenzó a través de las redes sociales. Allí, Martín Funes leyó que un comedor comunitario pedía ayuda para poder dar respuesta a la creciente cantidad de familias que, ni bien iniciada la pandemia de coronavirus, se acercaban a pedir un plato de comida, algunos por primera vez. El hombre no lo pensó mucho, se subió al utilitario con el que a diario hace reparto de alimentos y les pidió a sus clientes que le donaran mercadería para acercar a la humilde vivienda donde un grupo de mujeres cocinaba a diario para sus vecinos. Y esa red de complicidades que empezó a tramarse casi de casualidad durante la crisis sanitaria no sólo se extendió en el tiempo, sino que sigue creciendo. "En los sectores más vulnerables, las necesidades son las mismas", señala Martín.
La experiencia del hombre de 50 años, repartidor de alimentos, cristiano y papá de tres niños y una niña _"algunos propios, otros de corazón", aclara_, se refleja también en los registros de la Secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad. De acuerdo a datos del organismo, la inversión en asistencia alimentaria del municipio creció un 105 por ciento en el último año, producto tanto de los efectos de la inflación en el precio de los alimentos como del aumento de la demanda.
A fines de marzo de 2020, ni bien comenzó el aislamiento para evitar contagios de Covid, Martín empezó a recolectar mercadería para un comedor de zona sur, en Moreno y Quintana, después se sumó otro de Avellaneda al 4500. A los meses aparecieron otros dos merenderos de Villa Gobernador Gálvez, y más recientemente otra cocina del sector más empobrecido de Fisherton, en Malabia al 200 bis.
Pero además, el objetivo no sólo es aportar alimentos para mejorar los menúes que se preparan a diario en esos lugares, sino sumar otras actividades. Por ejemplo, jornadas recreativas o festejos de fechas especiales, como el Día del Niño.
79288191.jpeg
La comida llega a los vecinos gracias al esfuerzo de los voluntarios y las donaciones anónimas de alimentos.
Foto: Silvina Salinas / La Capital
Martín dice que casi todo se fue dando de una manera natural. "Empecé con un comedor y se fueron sumando. Es que me gusta ayudar", explica con la misma simpleza con que respira, trabaja, sonríe o marca con el pie el ritmo de una canción que conoce de memoria. Y con la misma convicción con la que movilizó a otros tres amigos a seguirlo en la tarea a la que dedica casi todas las tardes después de las 14, cuando termina el reparto.
Entonces, cuando llega a su casa, "empiezo a mandar mensajes, por Facebook o por WhatsApp, para contar las cosas que estamos haciendo", señala. Los últimos que están circulando dicen: "Estimados amigos y colaboradores. Nos acercamos al Día del Niño y queremos hacer de este día una celebración inolvidable para todos los niños de nuestra comunidad. Para ello, estamos solicitando su generosa donación para poder brindarles a nuestros pequeños amigos un día lleno de alegría y diversión", y cuentan que están recolectando juguetes y golosinas para entregar en la celebración.
Así, los comercios que visita a diario, y quienes compran habitualmente allí, empiezan a juntar las donaciones que esa misma tarde, o al día siguiente, llegarán al comedor. "Siempre traté de ayudar con lo que podía. Lo que pasa es que en algunos barrios la necesidad es tan grande que no te dan los brazos", admite.
Lunes, miércoles y viernes
María Genes sabe lo que es pasarla mal. Hace un año se le incendió la casa y no pudo rescatar nada de lo que tenía. Junto a su pareja y sus cinco hijos varones quedaron en la calle. "Entonces yo recibí ayuda, por eso quiero devolver algo de eso", dice esta mujer de 32 años que todos los lunes, miércoles y viernes, llueva o esté soleado, sale de su casa para ir a cocinar al pequeño comedor de Malabia 271 bis.
A veces recorre las 20 cuadras que separan su vivienda del merendero a pie, otras en bicicleta. No puede faltar. A partir de las 17.30 empezarán a llegar algunas de las 70 personas que retirarán su vianda. El menú de este lunes fue arroz amarillo con menudos y caldo de carcaza de pollo.
79288188.jpeg
María Genes perdió todo hace un año en un incendio. Hoy es la cocinera que abastece a un comedor de la zona noroeste. "Yo se lo que es la necesidad, por eso no puedo ser indiferente", asegura.
Foto: Silvina Salinas / La Capital
Cuando comenzaron con el comedor, no hace muchos meses, hicieron 30 raciones. Pero la mesa se agranda. Entre las caras conocidas hay muchas mujeres desempleadas y jefas de hogar, adultos mayores y personas en situación de calle. "Hay cinco personas fijas que viven bajo un árbol, acá nomás, enfrente del comedor. Y varios abuelos a los que les llevamos la cena a la casa, para que no anden de noche y no corran riesgos de caerse y quemarse con la comida caliente", cuenta María.
El comedor se mantiene con las donaciones de Martín y de otros particulares. "Con mi pareja somos cartoneros, yo además hago changas de limpieza, así que siempre nos dan algo para el comedor", agradece María. La verdura se retira del Mercado de Concentración y nunca falta quien sume arroz o fideos. "Yo se lo que es la necesidad, por eso no puedo ser indiferente", remata.