La ciudad

Madres de historias sencillas que baten récords de descendencia

Ana y Ester tienen 76 y 64 años y disfrutan de bisnietos y tataranietos. No se conocen, pero situaciones y lugares cruzan sus vidas.

Domingo 21 de Octubre de 2018

LAna y Ester son rosarinas, tienen 76 y 64 años y además de compartir historias de vidas sencillas, privaciones y trabajo, asombran con sus descendencias: entre las dos rozan la centena sumando nietos, bisnietos y tataranietos. Dos árboles genealógicos fecundos, que siguen creciendo con el mismo diseño, sus respectivas hijas tienen en curso linajes similares, con bisnietos a los 57.

   No se conocen, pero situaciones y lugares cruzan sus vidas. El puerto, infancias de barrios, el amor temprano y también temprano el abandono. La maternidad casi adolescente, hijos a cargo y el trabajo doméstico para subsistir. En la actualidad comparten una descendencia llamativa: Ana tiene 30 nietos, 25 bisnietos y 2 tataranietos. Ester, 18 nietos, 21 bisnietos y 2 en camino.

   Ana y Ester tuvieron cinco y seis hijos, respectivamente. Nada especial, pero lo llamativo es que esa primera generación, en ambos casos, abrió la fronda del árbol familiar. Con 57 años, la hija mayor de Ana, María de los Angeles, ya tiene dos bisnietos, mientras Gabriela, primogénita de Ester, a sus 47, ya cuenta con 14 nietos.

Vida en espejo    

En la zona oeste, Ana Elsa Weppler, muestra el plátano gigantesco que plantó su padre, cuando era pequeña y llegaron a la sencilla casa de calle Guatemala al 500. El barrio era muy distinto y los predios despoblados estaban tan cerca que cruzaba un alfalfar para ir a la escuela. Sonríe porque hace minutos le anunciaron la llegada del segundo tataranieto y la tarde de sol hace una finta existencial en la vereda, pasado y presente. La gente pasa y mira con la misma ajenidad con la que marcha el mundo mientras la vida puja.

   Desde el sur rosarino, Ester Rojas ofrece un lugar a la mesa de la casa de Nora, que brinda té durante la charla, y donde trabaja desde hace 35 años. Vive en Sánchez de Thompson y Alice, pero el único momento para sentarse con La Capital es hacer un alto en sus quehaceres, que por necesidad comenzaron siendo tan niña, que ella casi no puede pensarse sin ganar el pan con sus manos. Cuando no está allí, atiende otra casa desde hace dos décadas. Ambos quehaceres forman parte de su mundo, los siente y enuncia como extensiones de su propia familia; tal vez exorcicen la infancia en casas ajenas para sobrevivir.

Calle Guatemala    

Cuando tenía 17 años, Ana conoció a quien fue su primera pareja un día de frío en el puerto, donde pescaba con su familia que cruzaba la ciudad a pie para llegar al río. El les ofreció café y surgió el flechazo. Hubo que firmar papeles porque era menor para la unión, algo que resistió su madre, una "española divina" que también luchó sola. Llegó un bebé que falleció a los tres meses y después otros tres hijos en una humilde casa de Ovidio Lagos al 6000, donde todo "era campo y soledad".

   Sin trabajo, su esposo fue a probar suerte a Buenos Aires y no regresó. Ella volvió a la calle Guatemala, a trabajar en casas de familia y a llegar agotada por las noches, cuando su mamá había acostado a los niños y alimentado con lo que había, incluida una "maicenita" que sus hijos evocan con gusto. El esposo volvió, pero la dueña de casa le prohibió el ingreso. Ella rehízo su vida con un hombre mayor y de palabras sencillas con quien tuvo dos hijos y que falleció hace 17 años. En el medio, Ana perdió un ojo en pleno trabajo doméstico, en negro, y de donde la echaron por el percance.

   Ya no trabaja, cuando puede va al casino con "monedas", la pasan a buscar y la traen, y siente que en esas horas está en "otro mundo", es su única salida, quizás eso salda algo que siempre deseó y nunca hizo, viajar más allá de Rosario. No recuerda los cumpleaños de los 57 miembros de su prole, pero los tiene a cada uno en su corazón y en la oración de la noche. "Sólo pido por ellos, para mí no pido nada", dice Ana. Y vuelve al árbol, real y simbólico de su calle.

Horas sin fatiga

Ester aclara que su vida requiere un libro. Así de densos son los recuerdos que vuelan hasta los cinco años, cuando su padre que trabajaba en el puerto dejó su familia de ocho hijos, en Uriburu y Ayacucho. Fue la diáspora entre hermanos "tuvimos que hacerlo solos, nos fuimos quedando en distintos lugares", dice. En su caso, fue a vivir con una familia para hacer mandados con un papelito a la quesería de Arijón y Ayacucho, a cambio de techo, comida y vestido, por las noches pensaba en su mamá; sólo podía extrañar porque le advirtieron "te vas con lo puesto y no volvés". Claro que a los cinco años fue un límite duro que muchas veces cruzó para volver a empezar en otro lugar.

   Pero a la misma edad, también aprendió a leer y fue con La Capital, que llegaba a las casas donde se alojaba.

   De los nueve a los doce cuidó niños, así podía comprar cuadernos y las chatitas para ir a la escuela. A los doce ya tenía sueldo trabajando en casas de familia para ayudar a su mamá con limpieza, lavado y planchado, aunque nunca trabajó cama adentro porque la "maltrataban". La vida pesaba en la villa y a los 15 creyó encontrar una salida cuando se fue con su novio. La esperaban seis años de golpes y maltrato en los que nacieron cuatro hijos que tuvo que compartir con su pareja en un ir y venir que evoca doloroso.

   Formó una nueva familia y llegaron otros dos hijos, "trabajando siempre" y otra vez separada. Hace tres años terminó la primaria en un Eempa, de Esteban de Luca y Pavón. "Fue un sacrificio porque no estaba acostumbrada a salir a las cinco de la tarde de un trabajo, pero fue buenísimo; todos me alentaron y estaban contentos por mi". Once años atrás superó un cáncer y volvió a las tareas domésticas.

   La prole que preside es tan numerosa que festejan los cumpleaños en tanda, sólo Gabriela con su familia aportan 30 a la mesa, festeja Ester y dice que le encanta cuando sus bisnietos más pequeños dicen "abuelita de acá, abuelita de allá; ver todas esas criaturas es divino". Una revancha feliz de su propia infancia.

   Los relatos de Ana y Ester evocan a Peteco Carabajal, cuando canta a las manos de su madre, que como pájaros en el aire, vuelve mágico lo cotidiano. Está en lo cierto. Eso sucede cuando se dimensionan los pliegues de las historias simples. Quizás eso sea el equivalente a una noticia.

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