hospital

Las historias de los profesionales que volvieron en plena pandemia

Estuvieron varados en el exterior, hicieron la cuarentena y ya están trabajando. Qué sintieron y con qué se encontraron en Rosario.

Domingo 02 de Agosto de 2020

Son rosarinos, profesionales de salud y estuvieron varados en el exterior, antes de retornar llenos de compromiso a dar una mano en su país en plena pandemia. Los tres contaron a La Capital cómo fue atravesar el periplo de volver a Rosario, hacer la cuarentena, y reintegrarse a trabajar en el sistema de salud pública. Con qué se encontraron, qué sintieron, y cómo perciben el ánimo social en la ciudad luego de meses conviviendo con el coronavirus.

El clínico

pro1.jpg

Yair Atum tiene 33 años y es especialista en clínica médica. Trabaja en el hospital Provincial, en el sanatorio Rosendo García y en el Heca. Su historia se hizo conocida porque, tras quedar atrapado en Tailandia, a fines de marzo se subió a un vuelo de repatriación en el que había un hombre infectado con Covid-19 cuya vida pudo salvar, aunque murió semanas después en suelo argentino.

El regreso fue algo intempestivo. Terminó la cuarentena y se puso a trabajar nuevamente en todos los lugares. En el Provincial coordina la guardia de emergencia de adultos, en el Clemente Alvarez realiza una concurrencia de gastroenterología, y en el hospital de la UOM hace consultorio clínico. “Todos los lugares se han preparado mucho, ha cambiado la dinámica. El cuidado de lo que veníamos haciendo normalmente se acrecentó”, cuenta.

Por estos días, hay mucha incertidumbre respecto de lo que va a venir, respecto de si va a crecer o no la demanda. “Por ahí los ánimos se caldean mucho, entre médicos. Estamos todos con la mecha corta”, admite. Pero resalta que a pesar de las rispideces, la emergencia acercó a muchos a trabajadores de diferentes servicios, y han buen diálogo con las autoridades.

Si bien no tuvo que volver a aislarse por el momento, tuvo compañeros que han tenido que hacerlo, aunque por suerte dieron negativo. “Seguimos dándole batalla, tratando de insistir siempre en el cuidado con todos los equipos, la atención protegidos de los pacientes, porque es la única forma de disminuir el porcentaje de contacto. La gente llega con muy poca paciencia a la guardia. Tiene miedo, y espera hasta lo último, hasta que no da más antes de venir”, describe.

Respecto de lo emocional, menciona que se ha vuelto “un poco paranoico con el cuidado de las distancias y el lavado de manos”. Tiende a no salir de su casa más que para trabajar, para evitar el contacto. “Me persigo mucho. Hay momentos en los que estamos un poco más tranquilos, después los casos aumentan y se nos crispan los pelos”, dice. Al tener personal a cargo, debe estar atrás de todos para que respeten las medidas de prevención, la ropa, la distancia, que no compartan el mate y no estén mucho tiempo juntos. “Estás enojado con todos, y no hay nadie para echarle la culpa. El culpable es el virus. Hay que adaptarse, y a nosotros los latinos nos cuesta la distancia y la frialdad. Pero hoy es necesaria”, confía.

La trabajadora social

pro2.jpg

Carla Dotta tiene 28 años, es licenciada en trabajo social por la UNR y se desempeña en el hospital Eva Perón de Granadero Baigorria, donde hace la residencia interdisciplinaria en Salud Mental. Estuvo varada en Barcelona, España, adonde llegó en febrero a hacer una rotación formativa y laboral. Llegó el 14 de mayo a Rosario. La vuelta no fue en las mejores condiciones: estuvieron hacinados en el traslado desde Buenos Aires, pasaron 20 horas arriba del colectivo sin que les permitieran usar los baños de ningún lugar. Llegar a casa fue algo muy esperado.

Después de 15 días de cuarentena se reintegró al Eva Perón, pero se encontró con un panorama radicalmente distinto. De trabajar en un hospital de tercer nivel, en un servicio junto a la guardia, con atención ambulatoria, se encontró con un efector que se volcó a la atención exclusiva de pacientes Covid. “Fue un cimbronazo. Se modificó bastante el modelo de atención, intentando instalar prácticas de cuidado y prevención de contactos, de circulación de gente adentro del hospital”, detalla.

Poco a poco se empezó a abrir una atención ambulatoria a cuestiones de salud no Covid, que también son indispensables para poder garantizar los tratamientos y las estrategias terapéuticas. Sin embargo, apuntó que esta situación “expuso la precariedad de las condiciones” en las que trabajan. “Tratamos a personas que viven hacinadas, con grandes obstáculos para acceder a derechos básicos como el agua potable, o la alimentación”, subrayó.

Es que en el comedor del hospital, un montón de pacientes de la zona consumen la única comida que tendrán en el día, por lo que cuando cerró debieron hacer un trabajo “artesanal” para que esas familias puedan seguir alimentándose. En los barrios hay situaciones muy complicadas de las personas que trabajan en la informalidad, muchos de los cuales ni siquiera reciben la IFE, y otras situaciones de vulnerabilidad.

“Abordamos las situaciones de consultas, de los internados y las guardias mínimas. Pero no es fácil sostener la continuidad de tratamientos ambulatorios por la falta de transporte”, afirmó la trabajadora social. La situación complica hacer visitas domiciliarias y encontrarse en los barrios con los usuarios. “Siempre tuvimos dificultades para tener movilidad, un taxi o un remis para hacer visitas y acompañar a los usuarios. Eso se agudizó, no contamos con ese recurso y es fundamental para garantizar el derecho a la salud”, lamenta.

El psicólogo

pro3.jpg

Javier Kelman (35) es psicólogo, trabaja en el Hospital Provincial y da clases en la UNR. Estuvo varado 90 días en Tailandia con su pareja Antonela desde marzo. El 21 de mayo arribó a Rosario. “La vuelta fue rara”, esboza. Desde que salió desde Bangkok hasta que entró a su casa pasaron 48 horas. Muchos controles en el medio. Largas esperas. Y frío. Javier y Antonela se fueron derecho a casa, a aislarse. “Veníamos de un país que estaba re tranquilo en contagios, y llegar acá fue severo, la situación epidemiológica era otra y había medidas más fuertes”, señala.

Las dos semanas les vinieron bien para “bajar un cambio”, descansar y prepararse psicológicamente para retomar la rutina. Ambos son psicólogos y venían trabajando desde Tailandia con algunos pacientes por videollamada. Pero el regreso al hospital fue chocante: “El Provincial era otro. Hace 12 años que trabajo ahí, es como una segunda casa. Hay otras divisiones, la guardia general está preparada para cuestiones que antes ni se pensaban, y hay protocolos”, cuenta.

El Provincial no había recibido casos hasta este nuevo brote. “Se siente hasta caminando en el patio que ahora hay otro clima”, destaca. “En nuestro caso que laburamos con el discurso, recibimos pacientes con barbijo con visera, marca cierta distancia pero, como a todo, uno se acostumbra. Antes de volver te vas preparando, leyendo los diarios”, aporta. Eso les aportó precaución, ya que tienen familiares que son población de riesgo.

“Cuando estábamos allá, al principio vi que la cuarentena tuvo un grado de hostilidad fiel al estilo argentino, a todo o nada. Cuando llegué encontré algo más relajado”, indica. Kelman observó que el modo de vivirlo de la población del sudeste asiático era de alguna manera más tranquilo, con menos tensión. Tal porque vez están acostumbrados por haber vivido pandemias, o ya usaban barbijo desde antes. “Creo que tiene que ver más con la filosofía de vida de los latinoamericanos, que sentimos y después pensamos”, manifiesta con desenfado.

Para el psicólogo, la experiencia que hoy es casi una anécdota los puso en una situación “atípica e inesperada”: “Vivimos una odisea tremenda sin saber si íbamos a volver. Una vez que pudimos retornar sanos, quisimos que al volver le podamos sacar jugo”, dice. Ahora recalculan para ver cómo salen adelante, cubriendo las deudas que contrajeron para subsistir en oriente. “Pensábamos mudarnos y lo tuvimos que postergar. Pero con cualquiera que hables, seguro la pasó peor. La idea es disfrutar esto, porque tuvimos suerte”, se sincera. Y sus palabras muestran que no volvió siendo el mismo que se fue.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Segui Leyendo

Opinión

Etica, ¿estás?

El descuido de la ética pública y la ausencia de mecanismos que la garanticen explica y predice que actuales o potenciales funcionarios públicos sean tentados a caer en prácticas de corrupción, por lo que el rescate y fomento de la ética construye, reconstruye, fortalece, motiva y crea una identidad en la administración pública que conduce a una mayor responsabilidad funcional, contribuyendo a evitar o disuadir actitudes y posicionamientos reñidos con la ética y la corrupción, así como, consecuentemente con ello, la recuperación de la confianza ciudadana en sus instituciones públicas.

Por Roberto Fermín Bertossi - Experto Coneau / Cooperativismo

Dejanos tu comentario