El 14 de marzo de 2017, 35 años después de que su padre muriera en Malvinas, Ezequiel Martel vio los restos del avión Hércules C-130 en los pastizales de la isla de Borbón, a unos cinco kilómetros al norte de la isla Gran Malvina. Había viajado allí especialmente y estudiado con mecánicos aeronáuticos todos los detalles del Hércules para saber si esas piezas pertenecían a las de la nave que tripuló su padre. A un costado de la llanta del tren de aterrizaje encontró un código: era el del TC 63 que el 1º de junio de 1982 fue derribado por un Sea Harrier cuando la tripulación argentina hacía lo que se conoció como “vuelos locos”, por lo arriesgado de cada misión. Rubén Martel tenía 35 años, era de Reconquista, en el norte santafesino, y no concebía otro modo de vida que no fuese volando.
La última vez que Ezequiel se tomó una foto con su padre fue en el verano de 1982 en Pinamar. El apenas tenía siete meses y su papá estaba destinado a la base área de El Palomar, el sitio donde “residen” los gigantes Hércules.
Cuando se desató la guerra, el capitán Rubén Martel fue destinado a Comodoro Rivadavia, la ciudad desde la cual partían los Hércules en misiones de reabastecimiento y de logística para las tropas asentadas en Malvinas. Además, como la Armada había dado de baja los aviones de exploración Neptune, que ya estaba obsoletos, los Hércules debieron también cumplir su rol en una suerte de improvisación, ya que las características de estos aviones no eran los más acordes para esas misiones, pero su radar podía captar las naves enemigas.
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El 23 de mayo Martel volvió a Buenos Aires y pudo participar del cumpleaños de su hija Pilar, que ese día cumplió 6 años. Ezequiel es el menor de tres hermanos. La más grande es María Laura, que por esos días tenía 10 años.
Ezequiel recuerda que su papá le dijo a su madre que había que “festejar a lo grande”, así que el cumpleaños de Pilar se hizo en la quinta de unos tíos en Ezeiza. El capitán estaba contento. Estrenó una cámara de fotos y no paró de retratar cada uno de los instantes del festejo. Las fotos nunca se pudieron ver. Rubén se llevó la cámara con él a Malvinas.
La misión
El último vuelo del héroe de Reconquista fue el 1º de junio de 1982. El “vuelo loco” era literalmente eso: una locura. El Hércules debía volar a 15 metros del mar con los instrumentales apagados para no ser captado por los radares enemigos, subir de golpe, encender el radar, hacer dos barridos para captar al enemigo y descender casi en picada. Eso sí, al encender el radar ellos también podían ser vistos y eso fue lo que sucedió aquel fatídico día.
Un buque inglés captó la posición del Hércules de Martel y dio aviso a dos Harrier. Luego sobrevino la tragedia. Un misil impactó en el ala izquierda y como el avión no caía, el piloto inglés disparó sus cañones. La nave cayó al mar y se desintegró. Sus siete tripulantes fallecieron en el acto.
Derribo del C-130 Hercules TC-63
Ezequiel creció escuchando los relatos de su padre que le contó su madre. En su adolescencia fue al Liceo Aeronáutico Militar y hoy es personal civil de la Fuerza Aérea. En 2009 hizo su primer viaje a Malvinas. “Estuve seis horas, fue para la inauguración del cementerio de Darwin”, recuerda.
Pero aun le quedarían dos viajes más, y el tercero sería el más impactante.
El viaje
En 2015 se quedó una semana en Malvinas. Fue a surfear, su gran pasión, pero “el viaje”, como el lo define, fue el de 2017, el año en que fue a la isla de Borbón.
“Yo sabía que el avión de mi padre había caído a unos 70 kilómetros de la costa de esa isla y quería ir a surfear ahí”, señala. En 1983, un año después de finalizada la guerra, restos de aviones habían llegado a las costas de esa isla y por la cercanía con el lugar del siniestro tenía la corazonada de que eran partes del Hércules. ¿Cómo reconocerlas? Durante meses fue a la Brigada de El Palomar a hablar con los mecánicos de esos aviones para que le contaran qué podía encontrar.
Y allí partió. Rick, el kelper que lo alojó en la isla Borbón lo estaba esperando en su 4 x 4. El 14 de marzo Ezequiel caminó por la playa y avistó un llanta con el amortiguador. “En el borde de la llanta había un código. Le saqué una foto y se lo mandé a los mecánicos. Era el código del avión de mi viejo. el TC 63”, dice hoy con la misma emoción de aquel día.
Al día siguiente volvió y se abrazó a los restos del avión. “Me lloré la vida. Todo lo que no lloré en años lo hice ese día. Escribí los nombres de los siete tripulantes en una parte de los restos y me volví caminando sin poder volver la mirada hacia atrás. Ese día finalmente me pude despedir de mi papá”, admite.
Rick había visto toda la escena. Lo esperó, cargó la tabla de surf en su camioneta y lo llevó a la playa, la misma en la que aparecieron los restos del avión. Esa que Ezequiel conoció a los 35 años, la misma edad que tenía su padre al morir, los mismos años que habían pasado desde aquella trágica muerte.
#Surfology - Surf en Malvinas (2da parte) - Ezequiel Martel
Ezequiel tomó la tabla y se metió al mar. En la mano llevaba el escudo del Escuadrón Hércules atado a una piedra. Surfeó. Gritó “63” (el número del avión de su padre) con todas sus fuerzas y arrojó el escudo al mar. Asegura que en ese instante vio a siete albatros sobrevolarlo. Nadie le saca de la cabeza que algo tenían que ver con aquellos tripulantes del Hércules.
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Ezequiel Martel, surfeando en Malvinas.