No es un libro para hojear o leer por arriba. "Volver a pensarnos: salud mental, política y pospandemia" (Futurock) es una obra para reflexionar y masticar hoja por hoja, para leer tranquilos y compartir. Porque lo que pone en juego allí Santiago Levin, psicoanalista, psiquiatra y columnista radial, es algo humano que nos atraviesa a todos y todas: el sufrimiento, individual y colectivo.
Y analiza más problemas individuales y poblacionales que no se resuelven con la voluntad, ansiolíticos, placas contra el bruximo, autoayuda, yoga o vacaciones. ¿Quién no sabe que es mejor dormir ocho horas, comer sano y hacer actividad física al aire libre? Pero, ¿se puede? ¿Lo logra una persona con trabajo y con posibilidades de consultar a un terapeuta? ¿Y un cartonero o un niño? Si la respuesta es "no", tal vez valga la pena repensar qué provoca el malestar de esta cultura y cómo se puede estar mejor.
La Capital le preguntó algunas de estas cosas a Levin, quien este jueves, a las 18, estará presentando su libro en el primer piso de la Feria del LIbro (sala Beatriz Guido), donde conversará con Nicolás Vallejo.
-El cine, desde la ficción, suele hacernos repensar cosas. Y con la taquillera película "Oppenheimer" se vuelve a reflexionar sobre cómo la ciencia llevó muchas veces a la violencia y a la autodestrucción de la humanidad y el planeta. Sin embargo, usted en su libro dice que "la destrucción ya empezó". ¿Por qué?
-No ví la película aún, pero leí criticas y comentarios, la voy a ver. Básicamente, digo que la destrucción ya empezó por dos cosas. Primero, porque desde el punto de vista ambiental venimos claramente destruyendo el planeta en la era en que muchos pensadores contemporáneos llaman el Antropoceno, la era del ser humano conquistando la naturaleza con un concepto imperialista de destrucción de culturas, lo que incluye en el último siglo y pico destruir el planeta mismo sin considerarlo la casa de todos. Vemos catástrofes climáticas cada vez más frecuentes y la pandemia puede inscribirse también allí porque dejó a la vista todo lo que sucede de bueno cuando el mundo se para. Y también lo que sucede de malo cuando el sistema capitalista desalmado se pone en juego y el espíritu de lucro individualista y explotador genera enorme proporción pobres y de desocupados y altísima tasa de inequidad e injusticia social mientras los millonarios planifican vivir sus vidas. Ya no podemos desagregar el discurso político por un lado, el ecológico por otro y el partidista y el feminista por otro lado más. Hay que integrar todos los discursos críticos, todas las narrativas que abren la puerta a un futuro compartido y solidario, contra todas las urgencias entrelazadas entre sí, con el hambre y la marginación a la cabeza.
-En Rosario, hace dos años, el municipio y la Universidad hicieron un censo de gente en situación de calle y dijeron que había 500 personas. Se supone que ya hay más: caídos del sistema y psiquiátricos, cada vez más jóvenes y con consumos problemáticos. ¿Hay manera de revertir esto?
-Esto se llama pobreza, marginación, inequidad social, violencia y tiene relación con la salud mental, pero se resuelve desde la política, implementando un orden social justo, con derecho a la prevención, la salud , la paridad de género, trabajo y educación. Los marginales son muchos y en este mundo la van a pasar cada vez peor. En la ONG Británica Oxfam, que mide la pobreza en el mundo, se asegura que cada año mueren cinco millones de niños menores de 5 años. Cuando esto se entrecruza con la locura, el resultado es peor. ¿Qué hacemos con los locos y las locas? Esto es una pregunta filosófica y política, porque todos somos locos y locas, pero hay locuras microscópicas, llevaderas, creativas, y otras arrasadoras que las padecen las personas más frágiles. ¿Cómo las ayudamos? El manicomio no es la respuesta, pero cuando no hay instituciones que alojen a estas personas, la calle se transforma en un manicomio a cielo abierto. El manicomio no es un edificio, es una filosofía de segregación. Y el consumo problemático requiere que no criminalizacemos, que hablemos del alcohol como el peorcon más números y daños y que sepamos que el abordaje es un gran problema que incluye varias aristas y el rol del narcotráfico y del rol del Estado como organizador de la vida cotidiana y cuidador de las diferencias.
-La Organización Mundial de la Salud (OMS) prevé que la depresión estará en 2050 subida al primer lugar del podio de las enfermedades. ¿Qué significa esto en términos individuales y colectivos?
-Es así, se prevé como la principal enfermedad humana superando a las cardiovasculares que reinaron durante mucho tiempo. Solo es un dato ominoso, catastrófico, que lo único que puede significar es que hemos fracasado como civilización. No pudimos construir un mundo justo y solidario para vivir todos, donde se pueda construir un futuro. La esperanza y la proyección de una vida con sentido también son un derecho. Esto y los suicidios son una alarma roja, tenemos que pensar qué mundo estamos dejando para los que vienen después. La depresión será a la salud mental lo que el calentamiento global es a la ecología. Además, ya ha nacido una nueva especialidad que es "salud mental y ecología", que aborda el peso de los padecimientos mentales en relación al pánico climático: un nuevo jugador en la cancha.
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-¿Cómo se entiende que cada vez se receten más psicofármacos a adultos y niños y haya cada vez más diagnósticos de ataques de pánico, déficits atencionales o autismo?
-En un análisis preliminar, que se consuman cada vez más psicofármacos y crezcan cada vez más los índices de sufrimiento psíquico indica que algo no funciona. Pero hay que distinguir lo individual y lo social. Porque podría pensarse que los psicofármacos no funcionan y no es así. Un buen diagnóstico y un tratamiento con psicoterapia y el eventual agregado de un psicofármaco no sólo hace bien sino que en algunos casos salva vidas. Pero si pasamos al nivel poblacional y epidemiológico, ahí sí cabe la afirmación de que no existe un vínculo fácil de ubicar entre estos fenómenos. El uso descontrolado de psicofármacos hay que discutirlo por sí mismo, y también el aumento muy significativo de sufrimientos psíquicos subjetivos, trastornos mentales y la disminución del bienestar de la mayor parte de la humanidad. Todo esto amerita un análisis político que incluye preguntarse en qué mundo vivimos y queremos vivir, qué distancia hay entre unos y otros, y si todo padecimiento subjetivo depende de la salud mental. No todo es psiquiatría ni psicología ni medicina.
-Hay personas que trabajan, hacen terapia o análisis, van al médico y sin embargo expresan que no duermen bien, se sienten solos, les cuesta vincularse/enamorarse, están irritables, ansiosos, les falla la memoria. ¿Qué queda para quienes no tiene las necesidades básicas cubiertas? ¿Los medios -TV y radios- que llegan a los sectores populares les hablan a estas comunidades cuando dan consejos médicos o de mejor calidad de vida?
-Tu planteo me interpreta e interpela completamente. Desde los medios se hace una lectura muy clase media de los temas de salud y salud mental. Trato como comunicador de no caer en ese error. Es imperdonable hablarles solo a los que tienen la heladera llena y un sueldo a principio de mes. Hay que volver a pensar y pensarnos, como intento decir en el libro. Las consignas de salud o salud mental solo son posibles con equidad social o búsqueda de esa equidad, porque de lo contrario se convierten en algo vacío y pelotudo, en consejos disociados que llegan a oídos de personas que a veces ni completaron su nutrición básica diaria. Es urgente el replanteo de cómo hablamos y a quién hablamos. Y qué pasa con el binomio pobreza y trastornos mentales, pobreza y malestar vital, pobreza y depresión, pobreza y suicidio. Caminos poco explorados en la investigación y en la comunicación. Y con respecto a las personas que acceden a terapias y análisis habría que agregar que la psicoterapia es un instrumento muy importante para conocerse a sí mismo, pero no es para toda la vida, ni para todo el mundo, todo el tiempo ni garantiza la felicidad. Tiene que ser un espacio activo, creativo, de compromiso y de buen encuentro entre el profesional y quien quiere analizarse. También hay que discutir esto: por qué, qué, cuándo, con quien y por cuánto tiempo.
-La pandemia fue "ayer nomás". ¿Qué cuestiones serias para nuestra subjetividad individual y colectiva cree que aún no se analizaron ni se tuvieron en cuenta?
-La pandemia fue una catástrofe desde todos los puntos de vista y a pérdida pura. Desde la salud mental dejó al desnudo la fragilidad psíquica, aumentada por un orden social injusto, violento, individualista y antisolidario. Va a llevar mucho tiempo, tal vez décadas, comprender sus efectos. Se van a escribir tesis de doctorado, libros, películas, pero no cabe duda de que el mundo quedó peor en materia de salud mental y en otras áreas, menos en investigación infectológica y desarrollo de vacunas. La tasa de padecimientos mentales aumentó y la de suicidios de adolescentes y jóvenes también, en todo el mundo es la segunda causa de muerte en esta franja. El aislamiento y la cuarentena salvaron nuestras vidas, pero nos angustiaron. Entonces, quienes trabajamos en salud mental tenemos la oportunidad nueva también de poner algunos asuntos sobre la mesa en atención pública. Si la psiquiatría siempre fue la Cenicienta de la medicina, y más la infanto juvenil, la pandemia nos dio una visibilidad y tenemos la obligación de recoger y analizar en conjunto.
-El libro apunta a la divulgación, quiero decir que no es para un nicho de gente ligada a la salud mental ni a los académicos. ¿Lo pensó para gente que simplemente padece cuestiones económicas y sufre?
-La idea fue de Julia Mengolini con quien estoy en Futurock con mi columna, cada lunes, desde hace tres años. Intenté quitarle al texto el tono de "yo te voy a enseñar a vivir bien", que tienen muchos comunicadores de salud. Encontré la vuelta en la primera persona, hablando de mis propios dolores, de la muerte de mi padre, del exilio. Conla idea de comunicar que quien escribe no baja del Olimpo sino que es un sufriente más.