La ciudad

Estudiar con la ayuda de algunos profesores, y la desidia y la falta de comprensión de otros

"Por suerte yo pude escuchar mis deseos y fui detrás de ellos", comentó en relación al desarrollo de su carrera universitaria.

Domingo 10 de Diciembre de 2017

Julieta vive en la actualidad con Ana María, su madre, y Carlos, su hermano, en un departamento interno de calle Corrientes al 2500, donde reside desde que nació. Su padre Héctor murió hace 12 años, y esa partida representó uno de los golpes más duros que recibió y se transformó en un auténtico punto de quiebre en su vida. Después del duelo, se animó a derribar barreras sociales, con más fuerza y determinación. Y ese ímpetu renovado le permitió vincularse mejor con las personas, con su entorno, y con sus anhelos. "Crecí aprendiendo que no tenía que estar todo el tiempo mirándome el ombligo. Y yo siempre quise estudiar, esa fue mi meta. Escuché mis deseos y fui detrás de ellos", destaca con firmeza.

Así, esta mujer de 31 años y canalla por herencia familiar, se reconoce como "muy rosarina". Hija de un empleado ferroviario y una licenciada en Ciencias Políticas, docente de docentes, nació en 1986. "A los ocho meses de embarazo, mi madre presentó en los monitoreos sufrimiento fetal. Se vio que yo tenía vueltas de cordón muy ajustadas, así que los médicos decidieron hacer cesárea", cuenta Julieta.

"Eso me produjo una falta de oxígeno muy grande, que me afectó el parietal izquierdo y el cerebelo, que derivaron en cuestiones de coordinación motora y de equilibrio. Me afectó el movimiento, aunque por suerte me dejó el frontal sano", rememora.

"Mis padres se dieron cuenta a los seis meses porque no sostenía la cabeza ni el tronco, no tenía equilibrio. Así, al año me hicieron una tomografía y se vio lo de parálisis cerebral (encefalopatía crónica), que es una lesión que afecta sólo determinadas áreas", se encarga de precisar.

Y agrega: "Lo mío es una cuadriparesia, porque tengo afectados los cuatro miembros, y en la motricidad fina se nota. Por suerte, mis padres siempre estuvieron atentos, y tuve profesionales que me ayudaron mucho para afrontar los procesos de rehabilitación. Al principio no sabías si iba a poder caminar sola, y ahora soy una profesional".

Nada fue fácil en la vida de Julieta, mucho menos atravesar la Facultad de Psicología (UNR). "Algunas personas me ayudaron mucho, otras nada. Pero todo me sirvió para seguir estudiando y llegar al título, que era lo que yo siempre quise", reconoce.

Otros obstáculos

En su etapa universitaria tuvo que superar otra clase de obstáculos. "Tuve algunos profesores que, sabiendo que tenía dificultades para escribir, no me tomaban exámenes orales. Y yo terminaba con menos nota porque no podía trasladar a la escritura todo lo que yo sabía. Incluso, hubo un profesor que dijo «Andá y practicá». Y me daban dos horas para un examen que a mí me llevaba más del doble. Fue un profesor de DPC (Desarrollo Psicológico Contemporáneo", recuerda claramente.

"Después de reclamar, me tomaban la evaluación oral y mis notas pasaban a ser muy buenas. Yo sabía porque siempre estudiaba, y eso me daba más bronca todavía. La verdad es que tuve que cruzarme con algunos monstruos o fantasmas que no entendían nada", exclama.

Julieta admitió que también hubo muchos que la ayudaron. "Por suerte no fueron todos malos, y además en la Facultad de Psicología no sos un número, como en otras facultades", apunta con certeza.

"Mi herramienta es hablar, y eso lo fueron comprendiendo a medida que fui avanzando en la facultad", y remarca que "en ese paso aprendí que las cosas se hacen fáciles, cuando las personas quieren hacerlo. Todo dependía de cada profesor, y yo me acuerdo de todos".

Y reclama: "Algunos profesores creen que los discapacitados quieren sacar ventaja de todo, y no es así".

En relación al descubrimiento de su vocación, Julieta reconoce que "siempre pensé en hacer una carrera profesional, de muy chiquita. Yo crecí en las salas de espera de los consultorios, y era un mundo que ya conocía y me fui dando cuenta de que quería estar ahí como profesional".

Consultada sobre el momento que supo que quería seguir psicología, comenta que hubo algunos episodios puntuales que fueron puliendo la determinación. "En el consultorio donde yo me atendía, había una chica que era autista y yo veía que cuando entraba ella, parecía un operativo de Swat, y no entendía por qué tanto lío. Siempre pedía entrar a ese consultorio, y me dejaban los últimos 10 minutos de la nena. Yo la veía jugar y me atraía mucho esa temática", confía.

"Siempre tuve esto de querer acercarme y llevarme bien con los chicos, y hacer cosas para que estén mejor. Y esta carrera me lo permite", remarca orgullosa.

En esta etapa profesional, Julieta atiende en diferentes consultorios, trabaja en la clínica del Campus, en zona sur de la ciudad, y también en una fundación que hace equinoterapia en Casilda. Siempre cerca de los chicos con dificultades. Su proyecto es tener un consultorio personal y su propia casa.

Julieta destaca que tuvo muchos profesionales que la ayudaron mucho, y que su contidianeidad cambió mucho desde marzo del año pasado, cuando le entregaron la silla motorizada, después de cinco años de luchar y recurrir a amparos con Iapos.

Hoy su sueño personal pasa por ser madre y armar una familia. Y profesionalmente le interesa seguir haciendo diplomaturas, cursos y postgrados. "Quiero seguir estudiando y trabajando para los chicos. Para promover un mundo mejor para ellos", concluye.

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