La Ciudad

El bar de Adri sigue en pie gracias a la ayuda de un ex "polipibe"

El tradicional comercio frente al colegio sigue en pie y da batalla para superar la pandemia. Ahora la dueña espera que el comienzo de clases semipresenciales traiga algo de alivio

Miércoles 03 de Marzo de 2021

"Hola, ¿hoy vinieron por el examen de ingreso? Están rindiendo los chiquitos y también vienen a laboratorio los que hicieron quinto el año pasado". La que le dice esto a La Capital, con precisión de horarios, días y turnos, no es una docente del Instituto Politécnico, es Adriana Miguez, la dueña del minimárket de Ayacucho 1622, toda una institución para varias generaciones de alumnos y alumnas. Este miércoles, cuando rindieron los aspirantes a primer año, Adriana también fue noticia, porque su negocio -que estaba por bajar las persianas en octubre del año pasado golpeado por la crisis económica de la pandemia y abarrotado de deudas- sigue abierto gracias a un ex "polipibe".

"Un ex alumno, un muchacho de treinta y pico que se enteró que iba a cerrar se acercó y me prestó dinero para afrontar el alquiler hasta que empiecen las clases y poder volver a trabajar casi como siempre", dijo la mujer con más de 16 años en esa esquina de barrio Martin y famosa por sus exquisitos panchos y magistrales sándwiches de milanesa.

Y la noticia no solo lo es porque la mujer y su familia mantuvieron su fuente laboral sino por la solidaridad que imperó por parte de los alumnos y ex alumnos del colegio de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) durante toda esta pandemia.

>>>Leer más: Cierra el negocio de "Adri" y los pibes y pibas del Politécnico salen al salvataje

Adriana dijo hoy que le agradece a todos. A quien le prestó el dinero, casi una vacuna en medio de la pandemia; a los alumnos que convocaron por las redes a hacer una vaquita económica para evitar el cierre, a los "obreros y empleados de la zona que continuaron consumiendo los almuerzos" y a su mamá de más de 80 años que le cocinó y donó tartas y empanadas, para que pudiera destinar ese gasto a la compra de golosinas y otras mercaderías.

Los folletos también fueron una solución a la que echó mano sola ya que su hija Paola, quien había trabajado codo a codo con ella durante años, debió emigrar hacia una boutique hasta este mes, momento en que aspira volver al rubro gastronómico-estudiantil.

"Ofrecí menúes económicos, ya no sabía que hacer, pero pude mantener abierto. Mi hija se fue por un tiempo, tiene dos hijos y acá sin clases y con poco ingreso no alcanzaba para las dos. Pero bueno, la remamos y acá estamos, aunque las deudas moratorias y planes de pago siguen en pie", confesó.

La vaquita solidaria

Cuando el año pasado anunció que cerraba, se armó un operativo salvataje para ayudar a "Adri" -como la bautizaron los alumnos y alumnas del Poli- con más velocidad que la luz. En las redes se viralizó el tema y comenzó una colecta de fondos, algunos se ofrecieron como cadetes para entregar los almuerzos en bicicleta o directamente le cayeron a desayunar en manada.

Todo para que no se vaya del lugar la mujer que instaló en la comunidad escolar los panchos de hasta cuatro salchichas o con nombres de estudiantes habitués: "Tincho" (el ejemplar de dos salchichas, jamón, queso y salsa) y el "Lincoln" (el de tres milanesas, bautizado asì porque lo pedía siempre alguien de apellido Abraham).

Pero "lo de Adri" no es solo comida y eso es lo que ha pesado sin dudas al momento de ofrecer ayuda. Es un lugar de los chicos y chicas y se resisten a perderlo. Es el bar para ver los partidos en grupo por televisión, sean de fútbol o de tenis; es el espacio para hablar y discutir todo, para encontrarse con los afectos y amores, para estudiar a último momento y hasta para llorar tras un bochazo.

"Adri nos fiaba, nos prestaba siempre el baño sin problemas y hacía los mejores panchos, por eso estamos acá y eso que terminamos el colegio hace siete años", contaron Luciano Doria, Martín Marinsalti y Lucas Pulliese, tres ex polipibes de la sexta división de la promoción 2013, la mañana que La Capital los encontró desayunando y recordando anécdotas, con Adriana y su hija Paola, épocas en que el cierre era "inminente", pero finalmente no fue.

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