La Ciudad

Cierra el negocio de "Adri" y los pibes y pibas del Politécnico salen al salvataje

El lugar de los panchos, los sándwiches de milanesa y el encuentro social, desde hace 16 años en Ayacucho 1622, ya no resiste las deudas y la baja de la recaudación por la falta de clases.

Lunes 05 de Octubre de 2020

Organizarle una vaquita para juntar fondos, hacerle delivery de los almuerzos con las propias bicicletas u organizarse para caerle en grupos a desayunar. Esas fueron solo algunas de las propuestas que los alumnos y alumnas del Politécnico y de la Facultad de Ingeniería le hicieron por Whatsapp a Adriana Miguez. Desde hace 16 años vende los más famosos panchos (con hasta cuatro salchichas) y sándwiches de milanesa que cocina su mamá, de 82 años, y atiende con sus hijos el minimárket de Ayacucho 1622. Al que hace 15 días decidió bajarle la persiana "ahogada por las deudas" y la baja en la recaudación que generó los meses y meses sin clases por la pandemia.

Decir que el "Mini de Adri" (tal como figura en Instagram), o simplemente "lo de Adri" (que es como lo llaman los chicos) es solo un comercio ubicado frente al colegio es una mezquindad. Los sándwiches siempre fueron bautizados con el nombre de algún estudiante y habitual parroquiano: "Tincho", el pancho de dos salchichas, jamón, queso y salsa; "Lincoln", el de tres milanesas, que siempre pedía alguien de apellido Abraham.

Pero además, era para muchos el lugar adonde encontrarse antes o al salir del colegio, donde los chicos pedían el control remoto y veían el partido de fútbol, rugby o tenis que se les antojaba, donde iban a parar las quejas por las "malditas cuatrimestrales", según dicen, o los llantos por algún bochazo.

"Adri nos fiaba, nos prestaban siempre el baño sin problemas y hacía los mejores panchos, por eso estamos acá y eso que terminamos el colegio hace siete años", cuentan Luciano Doria, Martín Marinsalti y Lucas Pulliese, tres expolipibes de la sexta división de la promoción 2013. La Capital los encontró desayunando y recordando anécdotas, con Adriana y su hija Paola.

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"Conocimos a Catalina, la madre de Adri, vimos embarazada a su hija y luego a sus nietos correteando por acá", cuentan quienes hoy tienen 25 años. Dos de los jóvenes hoy estudian ingeniería, uno trabaja.

"Al terminar el año era común tirarnos con huevos o bombuchas, pero este lugar siempre fue sagrado: a Adri eso no se le hacía eso", aseguran los tres devotos del lugar. Y ni hablar del préstamos del envase. "Acá el combo era el pancho y la Coca en botella chiquita que había que devolver: nunca nos cobró ni nos anotó en un papel sólo nos decía, ´no te olvides de traérmelo cuando puedas´ y te juro que se lo traía", confiesa uno de los tres.

La situación de este negocio es casi un calco para la mayoría de los kioscos, fotocopiadoras y cantinas que dependen de los colegios y naufragan o colapsan por la pandemia. Es más: hay un kiosco y una panchería a pocos metros del local que directamente no pudieron abrir desde marzo. "Adri", en cambio, se reconvirtió a duras penas en almacencito y encima cuenta ahora con una red solidaria única. Pero aún así , no puede sostenerse.

"La semana pasada, desde el lunes al sábado ,empezaron a caer ex alumnos de todas las épocas y actuales, no lo puedo creer, pero no puedo seguir", solloza la mujer, de 60 años, famosa por sus comidas, viandas y una oreja atenta y comprensiva para los pibes y pibas del Poli, a los que les supo hacer el aguante hasta la medianoche cuando se armaba el tradicional festival de música Polirock. A los que cada 15 de marzo, día del cumpleaños del negocio, les convidaba y agradecía la presencia leal, especialmente con un bizcochuelo.

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Cuentas por acá y por allá

Al alumnado del Poli supuestamente las cuentas les cuestan poco. Los tres ex alumnos que que están de visita y desayunan calculan que en 16 años unos "15 mil" adolescentes del colegio pasaron por allí. Y mientras ellos hacen esa cuenta, Adri, en su típica fisonomía informal de zapatillas y delantal azul, hace otra: la de sus deudas, que no la dejan dormir.

"Nunca nos atrasamos en nada: ahora debo dos meses de alquiler (de 12.500 pesos) que por suerte está congelado, debo un mes de monotributo, dos meses de cable, el teléfono lo corté. Me gasté mis ahorros, debo el Drei, la luz..." y sigue. Y para retratar por qué llegó a eso, apela a cuentas gastronómicas: "Antes de la pandemia, acá vendía seis docenas de panchos por día, seis kilos de milanesas y cincuenta hamburguesas. ¿Sabés qué vendemos hoy? Cinco panchos, seis milanesas y una hamburguesa".

La mujer que vive con su hijo Seba y su nieto, en zona sur, barrio Matheu, y a cuadra y media de su hija, ahora está pensando qué hará con su vida.

"Por suerte no alquilo mi casa. Posiblemente me ponga a vender zapatillas por las redes. Una vecina me hizo esa oferta, mi hija me ayudará: ella es joven, tiene 39 años, y algo encontrará, yo no sé. Quiero pagar las deudas y seguir", comenta en la trastienda de su local, visiblemente desprovisto de mercadería, con un baño, un lavadero y un rincón que funcionaba como lugar de elaboración de los famosos panchos, que se podían acompañar con diez variedades de salsas y cinco aderezos. "Y algunos les ponían todo", se ríe Adri.

Cuando se les pregunta a Adriana y a su hija Pao, si la decisión de cerrar les da "pena o alivio", contestan detrás de los barbijos: "Las dos cosas".

"Es que son muchos años", dice la mamá. "Supe llevar a algún chico descompuesto a su casa o acompañarlo a tomar el ómnibus acá enfrente. A darles toallitas a las nenas, a aconsejarle a una adolescente que lloraba porque el chico que le gustaba no le hablab. Pero desde marzo mi caja es de apenas el diez por ciento de lo que era". Y la hija, Pao, también responde: "no es fácil sostener un comercio acá y no hablo sólo de la pandemia, sino de pagar tantos impuestos, que te hagan problemas por tener un banco en la vereda, o el cartel asó o asá: no es fácil".

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Ellas dicen que se van. Los chicos y las chicas del Poli, creen que no está dicha la última palabra. Por eso seguirán por estos días con el salvataje económico a base de panchos, y sándwiches de milanesa.

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